Así ilustra Carlos Cubeiro «Orgullo y prejuicio» en las páginas de «En un lugar de la Mancha», de Jordi Vicente
Así ilustra Carlos Cubeiro «Orgullo y prejuicio» en las páginas de «En un lugar de la Mancha», de Jordi Vicente - CARLOS CUBEIRO

Ajuste de letrasLa primera frase

Un saludo, un guiño, una sacudida. Eso puede ser el arranque de un libro. Primeras frases en las que ahonda Comanegra

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El comienzo de una novela, como el de un poema, surge de repente de una especie de silencio. Inaugura un mundo ficticio que hasta ese momento no existía. Lo dice Terry Eagleton, doctor en Literatura Inglesa, en «Cómo leer literatura» (Península). «Tal vez sea lo más parecido que podamos encontrar al acto divino de la creación».

La primera frase es un saludo, o un guiño, o una sacudida. O todo al mismo tiempo. La «frase de ataque» es una «frase provocadora», enseñaba el editor estadounidense Gordon Lish a los alumnos que acudían a sus míticas clases de escritura en los años 80 y 90: «Luego debéis continuar con más frases provocadoras».

La primera frase. El mito de la primera frase ha dado para innumerables listas con los mejores arranques de novelas: el «Llamadme Ismael» de «Moby Dick», el «Lolita, luz de mi vida» de «Lolita», el «¿Encontraría a la Maga?» de «Rayuela»…

Jordi Vicente, con ilustraciones de Carlos Cubeiro, recoge y comenta en «En un lugar de la Mancha» (Comanegra), un librito de una edición exquisita, 50 grandes inicios de la literatura. El de «Orgullo y prejuicio», de Jane Austen, es uno de ellos: «Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa».

¿Por qué este arranque es tan bueno? Porque es una «pequeña obra maestra de la ironía», aunque no se perciba de forma evidente, explica Eagleton en «Cómo leer literatura». La clave está en la diferencia entre lo que se dice —la verdad universalmente aceptada— y lo que se quiere decir: que son las mujeres solteras en busca de un hombre marido adinerado quienes suelen hacer esas conjeturas.

«Las palabras escrupulosamente diplomáticas de Austen exoneran a las mujeres solteras y a sus ambiciosas madres de los cargos de codicia o escalada social —dice Eagleton—. Sugiere que las personas conviven mejor con sus deseos más bajos si consiguen racionalizarlos como parte del orden natural de las cosas».

Austen se crió en una familia acomodada, educada bajo los cánones clásicos lecturas-música-costura. Su primera novela, «Sentido y sensibilidad», fue publicada con el nombre «Una dama». En 1795 la escritora conoció a Tom Lefroy, pero los escasos medios económicos de ambos impidió que la relación prosperara. Años más tarde, Austen rechazó casarse con un hombre ricachón. Solo le interesaba la escritura.

Publicó «Orgullo y prejuicio» en 1813, firmado «por la autora de Sentido y sensibilidad». No podía imaginar que esas primeras líneas serían tan comentadas porque en aquella época nadie prestaba atención a los inicios de las novelas. En ninguno de los artículos que se publicaron entonces se hacía referencia al comienzo del libro de Austen, dice Andrew Heisel en un reportaje publicado en «Electric Lit». «Tal vez los lectores ni siquiera captaron la ironía».

Los críticos y reseñistas no destacaron la importancia de los comienzos hasta finales del siglo XIX, según Heisel. Para encontrar la primera referencia hay que ir hasta 1867, cuando dos articulistas mencionaron el arranque de «Nina Balatka», de Anthony Trollope: «Nina Balatka era una doncella de Praga, de padres cristianos, y ella misma cristiana, pero amaba a un judío; y esta es su historia». Un reseñista escribió que cualquiera que leyera este arranque quedaría «cautivado por la belleza de su estilo y no se resistiría a leer el libro entero».

De repente todos empezaron a hablar de la primera frase, dice Heisel. En 1894, «The Critic» lamentaba de una novela que su autor no fuera capaz de dominar «el truco de la primera frase, ese inicio de los movimientos en el juego de la vida». En 1921, un crítico decía en el «Times Literary Supplement»: «Supe que el libro era bueno cuando leí la primera frase».

A la hora de comprar un libro, influyen más el diseño de la portada, la campaña publicitaria o el «boca a boca»

La escritura periodística, con su estilo directo e informativo, y la publicidad, con su necesidad de captar la atención de los clientes, influyeron de forma decisiva en los autores que ya sí trabajaban sus obras con la voluntad de hacer un comienzo potente. La mayoría de los libros que suelen aparecer citados como ejemplos de buenos arranques se publicaron en el siglo XX.

Pero una buena primera frase no garantiza el éxito. A la hora de comprar un libro, influyen más el diseño de la portada, la campaña publicitaria o el «boca a boca», según Heisel. Como dice Mike Napa en «77 razones por las que tu libro fue rechazado», la tiranía de los arranques quizá solo sirva como «primera línea de defensa de los editores y agentes que quieren rechazar tus obras». De nada sirve un comienzo sugerente si no hay un cierre que lo mejore. El punto final es la última caricia que se lleva el lector. O la última bofetada.