George Plimpton, en el centro de la imagen, sentado a una de las mesas del Elaine’s (Nueva York, 1999)
George Plimpton, en el centro de la imagen, sentado a una de las mesas del Elaine’s (Nueva York, 1999) - LARRY FINK

Ajuste de letrasDe fiesta con George Plimpton

Si Warhol daba fiestas, el salón literario del director de «The Paris Review» no se quedó atrás. Plimpton fue «El hombre que estuvo allí»

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«¡Jackie!», dijo George Plimpton. Su vieja amiga Jacqueline Kennedy acababa de llegar a la fiesta. Eran los años 60: John F. Kennedy ocupaba la Casa Blanca y su esposa acudía con naturalidad al salón literario del director de «The Paris Review», la revista que ha publicado las mejores entrevistas a escritores.

Plimpton guardó el abrigo de la primera dama, le presentó al indio Ved Mehta, a William Styron, amigo del grupo que fundó la revista, y evitó cruzarla con Norman Mailer, que acababa de publicar en «Esquire» un artículo que la dejaba en mal lugar. Cuando 15 minutos después la señora Kennedy se marchó, muchos de los 70 invitados ni se habían enterado de su llegada.

Gay Talese, el reportero que contó esta escena, recordó años después cómo Plimpton movía sus ojos de un lado a otro eligiendo a quién presentar a «Jackie» y a quién no. Plimpton se comportaba como un editor «de su propio salón literario», y alejó a la primera dama del «macho Mailer». «Cualquiera sabe lo que podría haberle dicho».

Las fiestas que organizaba Plimpton en la calle 72 de Nueva York eran la alternativa literaria y heterosexual a las de Andy Warhol en su estudio. Fueron cientos de veladas a lo largo de 45 años, a veces a una media de una por semana. «George veía su casa como un lugar de encuentro para todo el mundo», dijo Sarah Plimpton, su mujer.

Plimpton convocaba sus fiestas con solo unas horas de antelación: cubría la mesa de billar y la llenaba de canapés. Para beber, encargaba 38 botellas de whisky escocés, una de vino blanco y otra de Dubonnet. Odiaba hacer listas de invitados, así que las puertas estaban abiertas para casi cualquiera, ya fuera un cantante o una conejita del Playboy Club.

Cualquier excusa servía: que un autor había publicado por primera vez en «The Paris Review» o que una editorial quería presentar un libro. La firma pagaba las copas y Plimpton ponía su salón. Truman Capote y Gore Vidal eran habituales. También Philip Roth, Lillian Hellman o Robert Silvers. Plimpton tenía esa capacidad de seducción. «Fue uno de los hombres más enérgicos, increíbles y atractivos que he conocido», llegó a decir Nan Kempner, de profesión famosa.

Con esta hoja de servicios, la cadena pública de televisión de Filadelfia pensó que sacar a subasta salir una noche con Plimpton sería una buena forma de recaudar fondos. Un tal Jerry Spinelli pagó 425 dólares, todos sus ahorros, por conocerlo. Plimpton lo cuenta en «El restaurante Elaine’s», uno de los artículos recogidos en la antología «El hombre que estuvo allí» (Contra). Porque Plimpton también escribía. Publicó unos treinta libros y acuñó el término «periodismo participativo»: el reportero no debía conformarse con contar los hechos, debía vivirlos en primera persona.

Dos semanas después de la subasta, Spinelli y su mujer viajaron a Nueva York. «La cosa era invitarlos a casa a tomar algo; jugaríamos un poco al billar, y luego, sin prisas, cenaríamos en algún restaurante cerca del centro de forma que resultara fácil asegurarse de que los Spinelli cogieran el tren de vuelta a Filadelfia a una hora razonable», dice Plimpton.

«Entonces tendremos que convertir esto en una velada literaria. Tendremos que ir al Elaine’s»

Pero su invitado era escritor. «¡Cielos!». Spinelli estaba trabajando en una novela y llevaba un tiempo bloqueado. Pensaba que si conocía a alguien relacionado con el mundillo literario superaría su crisis. «Entonces tendremos que convertir esto en una velada literaria», le dijo Plimpton a su mujer. «Tendremos que ir al Elaine’s».

Cerrado en 2011, el Elaine’s era un punto de encuentro de artistas, deportistas y políticos. Woody Allen grabó una escena de «Manhattan en» este restaurante. Aunque la comida era terrible, como dijo el director neoyorquino, el ambiente era fantástico.

Plimpton rezó por que aquella noche hubiera gente de letras. Y en la primera mesa se encontró a Kurt Vonnegut: «Kurt, este es Jerry Spinelli, de Filadelfia. Jerry, Kurt Vonnegut». Más allá estaban Irwin Shaw, Willie Morris, exdirector de Harper’s, y el novelista Winston Groom. «Hubo amables saludos con la cabeza y apretones de manos». En la siguiente mesa estaban Gay Talese y A.E. Hotchner: «Sr. Talese, Sr. Hotchner, permítanme presentarles a Jerry Spinelli, el escritor de Filadelfia». El escritor de Filadelfia. Eso entusiasmó a Spinelli.

Nadie podía acercarse a la mesa de Woody Allen. Era una norma de la casa

Entre saludos y presentaciones, cada vez estaban más cerca de la mesa más deseada, la que ocupaba Woody Allen. Nadie podía acercarse. Era una norma de la casa. Plimpton estuvo a punto de pasar de largo. Entonces pensó en el largo viaje en tren de Spinelli, a quien solo le quedaban 5 dólares en su cuenta corriente. Woody, dijo, este es Jerry Spinelli, el escritor de Filadelfia. «Woody levantó la vista despacio. Fue muy teatral, como si levantara la vista de debajo del ala de un gran sombrero. “Sí”, dijo sin alterarse. “Ya lo sé”».

Tres meses después Plimpton supo que Spinelli había publicado su primer libro. Hoy es un reconocido autor de novelas infantiles.