Ignacion Carrión
Ignacion Carrión - ABC

Ajuste de letrasLo que aprendí de tus consejos

La correspondencia Ignacio Carrión-Plàcid Garcia-Planas, en «Cartas a Lola desde USA», es una lección de reporterismo

Actualizado:

Ignacio Carrión reproduce en «Cartas a Lola desde USA» (editorial Renacimiento) la carta que envió el 22 de marzo de 1986 a un estudiante que le pedía su opinión sobre la influencia de las técnicas de la novela en el periodismo y al revés, del método periodístico en la novela.

«Querido colega: puedes y debes tutearme. Gracias por la carta. Me parece interesante tu tesina. También creo que será difícil por su amplitud».

Carrión, que había sido corresponsal de ABC en Londres y San Francisco y de «Diario 16» en Washington, y que viajaba por el mundo para «El País», escribía en su carta:

Plàcid Garcia-Planas
Plàcid Garcia-Planas

«Hay un intento de hacer periodismo plástico y colorista. No sé si eso es un reto al cine. Pero desde luego es un reto hacia el mismo periodismo escrito que naufraga entre oleajes de palabrería bajo un cielo negro. Tétrico, de verdad».

El aspirante a plumilla no respondió a Carrión de inmediato. Lo hizo, pidiendo disculpas por el retraso, 29 años después:

«Te confirmo el naufragio. La mayor parte de lo que se publica es palabrería. Pero es justo eso, mi alergia a los oleajes de la palabrería, lo que me agarró al reporterismo. Tomó su tiempo, claro. En la Primera Guerra del Golfo solo vi misiles y pozos de petróleo ardiendo. No aprendí nada. Empecé a aprender en Bosnia: aprender, esencialmente, que el mundo cabe en pocas palabras».

Carrión le decía en 1986 que el color es la vida: «Y el periodismo que no lo tenga puede llamarse cualquier cosa menos periodismo». Decía preferir el amarillo al gris. La respuesta del estudiante sigue:

Carrión, por Mampaso
Carrión, por Mampaso

«¿Amarillo? ¿Gris? El 30 de diciembre del 2006 ahorcaron a Saddam Hussein. Ese día yo estaba en Líbano. Había cubierto los intensísimos bombardeos israelíes del verano y regresé a Beirut para pasar el fin de año en una discoteca que fascinaba a ‘Wall Paper’: tenía forma de ataúd y su techo, como tapas de un féretro, se iba abriendo conforme avanzaba la noche para que los primeros rayos de sol fulminaran a los zombies que bailaban dentro. “Queremos reacciones en Beirut a la ejecución de Saddam”, me pidieron de la redacción. Pero a nadie en Beirut le importaba una mierda ese ahorcamiento. Lo que yo quería, esa mañana, era hacer un reportaje de las pistas de esquí de Mzaar: inauguraban la temporada y se podía esquiar con el Beirut bombardeado ahí abajo. La redacción insistía: queremos reacciones al ahorcamiento. Les dije que ok, que haría reacciones, pero desde las pistas de esquí. Y me subí con el telesilla a la pista más alta. Salté y esperé al chico que venía detrás. “¿Sabes que han ahorcado a Sadam?”, le pregunté… “Algo he oído... Dicen que esta noche nevará más”, me dijo antes de lanzarse con placer por la vertiente. Así empezaba mi texto. Ese día, alguien en la redacción me calificó de frívolo. Desde entonces, cada vez que alguien me llama frívolo sé que he reporteado con las palabras precisas».

Carrión, en 1986, no sabía qué era la objetividad. Tampoco lo sabe hoy el estudiante que le pidió consejo:

«Cada vez que alguien me llama frívolo sé que he reporteado con las palabras precisas»

«Lo he ido descubriendo en estas tres décadas: lo más objetivo es el dolor, la indiferencia y la paradoja. Y, a veces, esa objetividad me da vértigo. Porque es un espejo: buscas la paradoja en los demás y el reporterismo te acaba echando en la cara tus propias contradicciones».

Carrión apostaba por ser subjetivo: «¿No es el ser humano un ser subjetivo?». También esta reflexión tuvo respuesta:

«¿Subjetividad? ¿Sabes lo que me han llegado a decir por reportear en primera persona? Pero ha sido en primera persona, y solo en ella, como he descubierto la noticia más objetiva: el paso del tiempo. Ver a los últimos serbios de Prizren, en Kosovo: el final de mil años de presencia serbia en Prizren. Los echaron a pedradas en un par de horas. Hablar con la última judía de Basora: el final de tres mil años de presencia hebrea en la tierra de los Dos Ríos. Vivía en un palacio de madera putrefacta. Abrazar a los últimos cristianos de Nínive, crucificados por el Estado Islámico: el final de dos mil años como cristianos y de cinco mil años como asirios».

Carrión recibió este correo electrónico el 22 de marzo de 2015.

«¿Subjetividad? ¿Sabes lo que me han llegado a decir por reportear en primera persona?»

«En fin. Perdona de nuevo el retraso, pero antes de contestarte he querido experimentar lo que me sugieres en la carta. Y eso requiere un cierto tiempo. “Suerte y ya sabes dónde me tienes”, te despides. Efectivamente, ya sé dónde te he tenido durante estas tres décadas: en tu carta. Un abrazo, Plàcid».

Garcia-Planas es redactor jefe de La Vanguardia y corresponsal de guerra, dice el autor en su libro Cartas a Lola desde USA. «Le contesté el mismo día. Le dije que no se le ocurriera dentro de otros 29 años pedirme ningún consejo porque ya no estaré ni para darlos ni para recibirlos».