Fernando Castro Flórez

Nada vale más que Marilyn Monroe, para más inri

El martillo subastero adora las repeticiones compulsivas warholianas, asumidas como el culmen de lo decorativo pseudo-transgresor

Fernando Castro Flórez
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Nada vale más que Marilyn. Sobre todo si está «ruborizada» por el don Tancredo del arte contemporáneo. Warhol nunca la retrató pero sentía, como declaró en 1966, auténtica fascinación por ella; en eso no se diferenciaba nada del resto de los americanos: la estrella estrellada (icono trágico de la época de la juventud rebelde sin causa) prometía todos los placeres y, especialmente, soñaban con que les cantara, a su manera, el «happy birthday to you».

La serigrafía anaranjada del maestro de ceremonias de La Factory rompió el techo de las cotizaciones del arte contemporáneo y, desde entonces, sus cuadros se han convertido en la medida más fiable de la salud de una realidad que en muchos momentos es delirante. Incluso cuando todo se iba por garete, en plena debacle del turbocapitalismo, Damien Hirst consiguió vender el vellocino de oro por un pastizal. Parodiando a Marx podríamos decir que todo lo etéreo se torna sólido en el mercado artístico global.

Los «enteraos» recomiendan acopiar vaqueros eyaculadores de Murakami o cualquier broma neo-infantil de Cattelan, las gigantomaquias que Koons perpetra con globos de helio son exvotos fundamentales del ritual estético y hasta un cansino «barrido» de pintura de Richter puede dar el tono en el casoplón de un ricachón. Pero, para aclarar a desnortados, sin un Warhol © no se puede aspirar a ofrecer una merendola respetable. Eso es algo que hasta debió aprender Pitita Ridruejo en aquellos ochenta de la movida madrileña cuando se codeó con el gurú neoyorquino.

El martillo subastero adora las repeticiones compulsivas warholianas, asumidas como el culmen de lo decorativo pseudo-transgresor. Las películas de ese tipo son demasiado guarreras y aburridas a más no poder; basta con aprenderse algún título (no son díficiles: «Trash», «flesh» y tal y tal) y declarar que hasta tenemos en las estanterías de casa el libro aquel de «Mi filosofía de A a B y de B a A». Lo bueno de la Marilyn Naranja es que se ríe por nada, con menos misterio que la Gioconda. Acaso se burla de nuestro papanatismo irredento, irrisorio, irisado. Para más inri.

FERNANDO CASTRO FLÓREZFERNANDO CASTRO FLÓREZ