Germaine Hoschedé, Lili Butler, el matrimonio Durand-Ruel y Claude Monet en Giverny, 1900
Germaine Hoschedé, Lili Butler, el matrimonio Durand-Ruel y Claude Monet en Giverny, 1900 - ABC

Por una vez el héroe no es el artista

La National Gallery de Londres reúne 90 obras maestras del impresionismo para homenajear a su gran valedor, el marchante Paul Durand-Ruel

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La National Gallery, el Prado de los londinenses (salvando las distancias a favor del museo madrileño), acaba de abrir una apabullante y agradable exposición con 90 obras de los maestros del impresionismo. En seis grandes salas, y previo pago de 18 libras (24 euros), pueden admirarse las impresiones coloristas de Monet, Degas, Renoir, Sisley… Pero la figura de la muestra no es ninguno de los venerados pintores, sino Paul Durand-Ruel, un burgués católico y conservador, que de joven iba para militar y se murió a los 90 años sin saber dibujar ni un garabato. Por una vez, el héroe de la historia es el marchante. La muestra se llama «Inventando a los impresionistas», y lleva como subtítulo «Durand-Ruel y el moderno mercado del arte», porque en buena medida fue su inventor. Pero el cartel que anuncia la exposición es más explícito y llamativo: «El hombre que vendió mil Monet».

«La única persona a la que debo algo es Durand-Ruel -reconocía ya de viejo el formidable Claude Monet-, porque fue llamado loco y casi se arruina por nosotros; sin él todos los impresionistas nos habríamos muerto de hambre».

Hoy colocar un Monet por una cifra mareante es tarea sencilla. En el verano del 2008, Christie’s subastó uno por 54 millones de euros. En nuestros días los impresionistas son un lugar común, deleitan hasta al más restrictivo de los paladares burgueses. Pero cuando comenzaron, el Salón de París los expulsaba del templo de lo correcto, la crítica los ponía pingando y el público directamente se reía de esos contornos difuminados, manchurrones de color. Una aguda frase del galerista Durand-Ruel resume el problema de los albores de su carrera: «Dicho en breve, yo era un mal comerciante de pintura, porque nunca me gustaba lo que vendía y nunca lograba vender lo que me gustaba».

Una epifanía con la pintura

Paul Durand-Ruel (1831-1922) nació y murió en París. Su padre era dueño de una papelería, que evolucionó a galería de arte tras empezar a mostrar, vender y hasta alquilar obras de Géricault y Delacroix. Paul llevaba otro rumbo. Primero se enroló en la Academia Militar y cuando vio que no era lo suyo, se dedicó a viajar por Francia y Europa. Pero en 1855, al hilo de la Exposición Universal de 1855 tuvo una suerte de epifanía con la pintura, en concreto con Delacroix, y se introdujo en el negocio paterno. Pronto se apasiona por la que él llama «La escuela de 1830», y se hace valedor de sus artistas, Corot, Millet, Courbet… En 1865 ya está al frente del negocio y a pesar de ser un hombre de apariencia convencional comienza a innovar. Busca el apoyo de la banca y de patrocinadores para sus compras, convierte su domicilio en una suerte de segunda galería para encandilar a los compradores con un trato íntimo, trabaja para subir los precios y alcanza acuerdos exclusivos con los artistas.

Cuando estalla la guerra entre Francia y Prusia, Paul no quiere líos y se refugia en Londres. No es el único. Allí un paisajista de la vieja escuela le presenta a otros dos exiliados franceses, que se dedican a pintar directamente de la naturaleza zascandileando por las riberas del Támesis y los parques de Londres. Se llaman Claude Monet y Camille Pissarro. Intiman y aprovecha para abrir una galería en el centro de Londres, en New Bond Street, hoy meca de tiendas de lujo, y otra más en Bruselas.

Juego a todo o nada

De regreso a París, en enero de 1872, inicia su gran apuesta, el juego a todo o nada. Le muestran dos cuadros de Édouard Manet, «El Salón» y «Claro de luna en el puerto de Boulogne», ambos en la exposición de Londres). Manet es artista que ha sido vapuleado en el Salón de 1860, un paria en el mercado. El marchante se presenta en el estudio del pintor y le compra 23 lienzos por 35.000 francos (el equivalente a 40 veces el sueldo medio anual de un francés de la época). Comienza el formidable mecenazgo que lo convertirá en el padrino de los impresionistas. Les paga salarios a cuenta de la obra futura, hace frente a sus facturas y les masajea la moral.

Una crisis bancaria -no hay nada nuevo bajo el sol- lo deja fuera de juego en 1874 y tiene que suspender sus compras. Pero ese año organiza la Primera Exposición Impresionista. Dos años después llega la segunda, ya con 250 cuadros. Las ventas son paupérrimas. La crítica, hostil, cuando no mortificante. Pero ya ha hecho historia.

En la década de 1880 organiza las primeras muestras individuales para pintores como Monet, su amigo personal Renoir, Pissarro y Sisley. Es una revolución, porque la gloria de la exposición monográfica se reservaba hasta entonces a creadores muertos. No se queda solo ahí: compra anuncios en prensa, inventa los pases previos para la crítica, facilita imágenes a los periódicos. El márketing al servicio del arte.

La apuesta de Durand-Ruel, triunfal al fin, fue siempre al límite. Dos años antes de morir, ya jubilado, dijo: «Por fin han triunfado los maestros del impresionismo. Mi locura era sentido común. Pero si me llego a haber muerto a los 60 años, me habría ido en bancarrota y rodeado de tesoros infravalorados».