«El sueño», de Gustave Courbet, en el Museo de Orsay
«El sueño», de Gustave Courbet, en el Museo de Orsay - afp

El Museo de Orsay recupera la modernidad proscrita del Marqués de Sade

Una exposición reúne obras de Picasso, Goya, Delacroix, Munch o Bacon para rastrear la influencia del escritor en el arte moderno

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El radical legado del Marqués de Sade impulsa la muestra «Sade, atacar el sol» en el parisiense Museo de Orsay que desde mañana, con motivo del bicentenario de su muerte, reúne obras de Picasso, Goya o Bacon para rastrear la influencia del escritor en el arte moderno.

Figura literaria fundamental, precursor del malditismo y mito soterrado y más tarde oficial de la creación contemporánea, Sade permite además «repensar la historia de la modernidad», argumenta a Efe Laurence des Cars, comisaria de la muestra.

Su obra, atenta al cuerpo, lo cruento y la representación última (y proscrita) del deseo, descubre un recorrido artístico que rehuye cronologías al uso para «diseccionar el arte a partir del legado del escritor».

Una mirada ajena a «presupuestos religiosos, ideológicos, morales y sociales» que liberó los cánones de la representación en un constante elogio del exceso, horizonte estético de alguien que clamaba que «la revolución pertenece a los voluptuosos».

A esa revolución se consagra una muestra que, bajo la sombra de Sade, convoca los primeros grabados anatómicos de Gautier d'Agoty o «Los desastres de la guerra» de Goya para adentrarse en el imaginario de creadores del peso de Rodin, Picasso o Munch.

«La medea» de Delacroix, las «Figuras al borde del mar» de Picasso o «El sueño» de Courbet son sólo algunos de los «prestigiosos préstamos» que, hasta el próximo 25 de enero, toman las salas de la pinacoteca parisiense.

La violencia y el deseo

«Las más singulares expresiones de los grandes artistas de la modernidad», avanza Des Cars, sirven para «interrogarnos como visitantes y espectadores acerca de nuestra sensibilidad respecto a la representación de la violencia, del deseo», líneas maestras del pensamiento del «Divino Marqués».

Provocador y adelantado, Sade también remite a un periplo vital de escándalos y presidios que le obligó a terminar su obra cumbre, «Los 120 días de Sodoma», entre los muros de la prisión de La Bastilla, de la que fue trasladado tras alentar a las masas desde su celda en julio de 1789.

Nacido en París en el verano de 1740, «el espíritu más libre que jamás haya existido hasta la fecha», según la definición del poeta Guillaume Apollinaire, Sade oficializa el malditismo literario de marcado acento galo y que parpadea, por ejemplo, en la obra de Verlaine o Céline.

Presente en Baudelaire, Flaubert o Swinburne, su rastro anega los márgenes del «maudit», del «rechazado», para iluminar la cultura de siglo XIX y -otra vez Apollinaire- «dominar el XX».

Los límites de lo impresentable

Una «revolución sensible» que, desde la consciencia de que «los hombres se destruyen a sí mismos», llevó al escritor a sumergirse en los límites de lo impresentable o en un infierno que le condenó a ojos de sus contemporáneos y que, paradójicamente, le valió de pasaporte para integrar la constelación editorial de «la Pléiade».

«Son preocupaciones contemporáneas en cuanto a que tocan lo más íntimo de la personalidad del visitante», concluye Des Cars tras repasar obsesiones «sadianas» como la violencia, el cuerpo o lo innombrable.

Un estudio de sombras que ganó vigencia en la modernidad, tras las debacles de un siglo XX que, tal y como revela un ciclo de cineque acompaña a la muestra, pulsó la validez del proyecto de Sade mediante los turbadores universos estéticos de Pasolini, Luis Buñuel o Jess Franco.