Muti, un músico de «dimensión universal»

El director de orquesta italiano fue galardonado ayer con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, que reconoce su «vocación investigadora»

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Riccardo Muti fue galardonado ayer con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2011, por su trayectoria de «dimensión universal» vinculada con los mejores teatros del mundo, según reza el acta del jurado. «Consigue con ello transmitir al público el mensaje intemporal de la música». El jurado destaca además la «vocación investigadora y formación humanística» del director italiano. «Muti hace honor a la tradición clásica del director capaz de extraer el espíritu de cada obra a través de las mejores cualidades de las orquestas». Recogerá el premio en una gala que se celebrará el próximo mes de octubre.

Quizá, la concesión del Premio al maestro Riccardo Muti (Nápoles, 1941) lleve a algún lector a preguntarse ¿y qué es un director de orquesta? Nunca ha sido tan fácil contestar, pues el propio Muti encarna muchos de los valores que la tradición ha impuesto como definitorios del oficio: mirada desafiante, severidad e intransigencia, solidez en las ideas y principios, más aún inflexibilidad en la negociación. En una sola palabra: autoridad. Cierto es que olvidan, quienes se apoyan en estos términos, que la tradición siempre es cambiante y que hoy cualquiera que haga alarde de semejante voluntad tiene mal acomodo. Pero Muti es así porque tiene ya todo ganado, además de edad suficiente como para reconocerse postrer heredero de una estirpe que hoy se maneja con modales más propios de la dialéctica.

Materia y destino

Es fácil entenderlo si se recuerda que tuvo como maestro a Antonino Votto, predilecto de Maria Callas o Renata Tebaldi, y brazo derecho del severo Arturo Toscanini. Congeniaron así materia y destino, y Muti convertido definitivamente en director, que por otra parte es un oficio inasible (no se olvide que es el único músico que no toca ningún instrumento aun haciéndolos sonar a todos), inició un camino que le situó en la élite mundial gracias al gobierno desde dos lugares de referencia: la Orquesta de Filadelfia y el Teatro alla Scala de Milán. Lo que hizo en cada uno de ellos es determinante, pues ayuda a perfilar definitivamente al retratado.

A la primera llegó sustituyendo a Eugen Ormandy, quien estuvo en el puesto durante 54 años, cuando todavía los directores mantenían con las orquestas una relación de trabajo diario. Con paciencia de orfebre, Ormandy había fabricado una sonoridad orquestal que se convirtió en imagen de marca. Muti, sin embargo, dispuesto a que cada obra tuviera su propio sonido, desarmó rápidamente el trabajo de años, lo que le valió más de una crítica. A cambio demostró que podía ser un director de expresividad soberbia, solemne y pulcro, también enfático, ardiente, vehemente y penetrante, poco preocupado por el gran repertorio sinfónico centroeuropeo pero interesado por otros menos frecuentados como el ruso, incluyendo a Scriabin y a su música colorista. Siempre programas muy armados.

Desde entonces no ha abandonado el gusto por rebuscar, aspecto especialmente llamativo en su labor operística. A la Scala lleva la versión íntegra del «Guillermo Tell» rossiniano con sus cinco horas y media de narración. Para entonces ya es titular de aquel teatro donde sucede a Claudio Abbado y donde permanecerá llevando el control artístico absoluto, hasta que las tensiones internas le enfrenten con la institución y sus trabajadores. Allí desempolva a Gluck, Cherubini, Spontini… pero también dirige imponente a Verdi, al más popular y al más desconocido de «I masnadieri» o «Ernani» al tiempo que pule el esplendor social de antaño. Y siempre fiel al texto y siempre tratando de aprovechar al máximo las cualidades de los cantantes (hay quien dice que forzando las gargantas hacia repertorios inadecuados). La anécdota lo dice todo: «O canta lo que ha escrito Bellini o se busca otro director», le espetó a Pavarotti.

Muti también dirigió el Maggio Musicale Fiorentino poco después de ganar el concurso internacional Guido Cantelli para directores de orquesta, fue titular de (New) Philharmonia a la que cogió desmoronada y convirtió en la mejor de Londres, además de ser nombre de referencia en lugares emblemáticos como Salzburgo a donde llegó en los primeros setenta de la mano de Karajan. Y más cerca en el tiempo la amistad con la Filarmónica de Viena, la actual titularidad de la Sinfónica de Chicago o el trabajo con la Orquesta Juvenil Luigi Cherubini de creación propia y formada por jóvenes procedentes de todas las regiones italianas. En todos los casos tan apegado al trabajo como para soportar hace algunos meses algún incidente de salud, desmayo y operación de mandíbula incluida.

Un dato curioso: el primer concierto que Muti dirigió en el extranjero fue en España, a la Orquesta Nacional, en 1970, con apenas con 30 años. Entonces se escribió de él en ABC: «Fácil, flexible, directo, elástico, persuasivo, claro y preciso». Ya era todo un director de orquesta.