El regreso de Juan Sebastián de Elcano a Sevilla, obra de Elías Salaverría Inchaurrandieta
El regreso de Juan Sebastián de Elcano a Sevilla, obra de Elías Salaverría Inchaurrandieta - ABC

La vuelta al mundo en quinientos años

Quinto centenario de la primera circunnavegación del globo a cargo de Magallanes y Elcano

José María González Ochoa
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En la madrugada del 10 de agosto de 1519, unos centenares de hombres rezan en la capilla de la Virgen de la Antigua en la catedral de Sevilla. Unas horas después un gentío bullicioso desciende desde Triana a los arenales del Guadalquivir. Al frente, un portugués membrudo y elegante, a pesar de su marcada cojera, Fernando Magallanes, capitán general de una flota de cinco naves y 239 hombres, cuya intención era alcanzar las islas de la especería navegando hacia el poniente. Al mediodía los barcos abandonan el muelle de las Mulas y descienden el Guadalquivir hasta Sanlúcar, donde permanecerán ultimando los bastimentos. El 20 de septiembre, finalmente en mar abierto, enfilan con rumbo sur hacia Tenerife. El maestre de la nao Victoria era Juan Sebastián Elcano, un experimentado marino y soldado vasco que purgaba una deuda en Sevilla.

Tras un par de semanas de descanso y avituallamiento, la expedición abandonó Tenerife costeando tierras africanas hasta Sierra Leona. Cuatro meses les costó cruzar el océano y arribar a la bahía de Río de Janeiro, luego descendieron hasta encontrar un gran canal que penetraba hacia el interior. Creyendo que era el ansiado paso al mar de Balboa, lo navegaron hasta comprender que era el estuario de un gran río, la desembocadura del Plata. De nuevo en el Atlántico descendieron por la costa meridional argentina, pero el invierno austral, marzo de 1520, les sorprendió cerca de una abrigada ensenada, a la que llamaron San Julián. Allí fondearon los barcos y pasaron cinco meses de reparaciones. El frío, el hambre, las duras jornadas de trabajo y las escasas perspectivas de éxito alentaron un motín capitaneado por Juan de Cartagena, veedor de la expedición. Le apoyaban los capitanes de las naves, excepto la capitana que mandaba Magallanes. A Magallanes no le tembló la mano, abrió fuego contra las naves rebeldes, ajustició a los capitanes desleales y dejó abandonado en la costa a Cartagena.

Hacia el sur

Tras estos graves incidentes, el mando de los barcos fue tomado por portugueses leales al capitán general, y el 21 de agosto, terminado el invierno y realizado el carenado de las naves, la expedición zarpaba de San Julián hacia el sur. El navío Santiago, destacado unos meses antes para explorar la costa, naufragó despedazado en unos bajíos rocosos. La tripulación pudo salvarse y redistribuirse en los otros barcos.

El primero de noviembre, a pesar de los fuertes vientos contrarios, se adentraron por el estrecho, al que llamaron de Todos los Santos. La infinidad de ramales acuáticos les obligaba a perderse en los continuos cauces, haciendo la navegación pesada y tortuosa. Por la noche, la costa se iluminaba de infinitas hogueras, por lo que Antonio Pigafetta, cronista de la expedición, dejó escrito para la posteridad el nombre de aquella región como la «Tierra del Fuego». En aquel laberinto de aguas, canales e islas, y con el objeto de explorar mejor la salida, Magallanes dividió la flota, lo que aprovechó el capitán Esteban Gómez para huir con su nave y regresar a España, donde sería encarcelado por un tiempo.

Desembocadura

A finales de noviembre alcanzaron la desembocadura del estrecho, y las tres naves supervivientes salieron al inmenso mar de Balboa, al que ante sus tranquilas aguas llamaron Pacífico. Aquellos famélicos y cansados marineros fueron ya conscientes de su inmensa gesta. Habían hallado el camino occidental y americano para navegar hasta Oriente, habían trazado una nueva ruta marítima sin tener que circunnavegar África, y lo más importante de todo, habían ensanchado el mundo y en breve confirmarían la esfericidad de la Tierra.

Pero lo peor estaba por llegar. Tres meses de desolada navegación, en un enorme océano en el que solo avistaron un par de islotes, diezmaron a una marinería enferma de escorbuto y con hambre crónica. Los hombres de Magallanes llegaron a comerse el cuero que recubría mástiles y velas. Los barcos, agujereados por la broma, ese pequeño molusco que destroza la madera, apenas eran gobernables.

La muerte de Magallanes

Cuando el espanto del continuo azul del cielo y de las aguas, como definió aquella navegación Pigaffeta, estaba a punto de acabar con toda esperanza, el 6 de marzo de 1521, con las luces del alba avistaron las primeras tierras del archipiélago de las Marianas, y en pocas jornadas más arribaron a la isla de Samar, ya en lo que se conocería como islas Filipinas. Días después, en la isla de Mactan, Magallanes quiso interponerse en una disputa entre rajás locales, y de forma imprudente atacó las tierras del cacique Cilapulapu con medio centenar de hombres. El 27 de abril, los españoles fueron sorprendidos por dos millares de nativos; Magallanes murió en el combate.

Asumió el mando Duarte de Barbosa, cuñado del fallecido capitán general. Poco después Barbosa moriría asesinado junto a otros capitanes y marineros en una trampa tendida por el rajá de Cebú. Huidos y refugiados en la isla de Bohol, los 115 hombres supervivientes designaron al piloto Juan López de Carballo jefe de la flota. También decidieron quemar la nave Concepción, infestada de broma y desencuadernada por las tempestades.

Elcano, capitán

A finales de septiembre, y ante la manifiesta ineptitud de mando, Carballo fue destituido, asumiendo la capitanía de la nao Victoria el guipuzcoano Juan Sebastián Elcano y Gómez de Espinosa de la Trinidad. Las dos naves, cargadas de clavo y otras especias, llegaron a Tidore, en las Molucas, a principios de noviembre. Ante el lamentable estado de la Trinidad decidieron que, mientras se reparaba, Elcano partiría hacia España lo antes posible por la ruta de la India, intentando esquivar a los portugueses.

La nao Trinidad, una vez reparada, intentó regresar a América por el Pacífico, pero una fuerte tormenta le obligó a pedir auxilio a los portugueses, quienes retuvieron a los 17 marineros supervivientes, de los cuales solo cinco regresaron a Europa años después.

Por su parte, Juan Sebastián Elcano pilotó su nave alejado de los portugueses. Cruzó el océano Indico, atravesó el peligroso cabo de las Tormentas, dobló el cabo de Buena Esperanza y siguiendo la costa occidental africana arribó a la isla de Cabo Verde, donde fue retenido por el gobernador luso, aunque merced a un engaño logró escapar y llegar finalmente e España.

La mañana del 9 de septiembre de 1522, dieciocho quijotes famélicos procesionaban desde su barco hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y a la capilla de la Virgen de la Antigua en la catedral. Daban gracias por culminar la formidable hazaña de circunnavegar el orbe, 14.440 millas náuticas -unos 79.500 kilómetros- y seguir vivos. El mundo se había ensanchado y se abría la posibilidad cierta de conectar a todos los pueblos que habitaban la Tierra.