Maya Plisetskaya y Tamara Rojo dan a la danza su primer premio Príncipe de Asturias

MADRID. JULIO BRAVO
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El jurado de los premios Príncipe de Asturias de las Artes se fijó ayer, por vez primera en sus veinticinco años de historia, en el mundo de la danza, y decidió galardonar a dos extraordinarias artistas: Maya Plisetskaya, una auténtica leyenda viva, y Tamara Rojo, una de las más grandes bailarinas de nuestros días. Por primera vez en muchos años, el premio fue otorgado por unanimidad. José Lladó, que presidía el jurado, destacó que a éste le había parecido importante unir a las dos figuras en un mismo galardón. «Plisetskaya es un monstruo de la danza, una artista reconocida en todo el mundo y profesora de todo, mientras que Tamara Rojo representa el triunfo de la juventud».

La ausencia de la danza en este cuarto de siglo de premios, la incuestionable altura artística de las dos bailarinas y la reunión de dos generaciones muy distintas fueron los aspectos que más destacaron los miembros del jurado, que componían, además de Lladó, José Luis Álvarez, Fernando Argenta, Inocencio Arias, Juan Cruz, Rosa Cullell, Fernando Delgado, Jorge Fernández Bustillo, Álvaro Fernández-Villaverde y de Silva, José Luis Garci, Jordi García Candau, Rosina Gómez-Baeza, Juan Carlos Laviana, Carlos Madera, Miguel Muñiz, Beatriz Pecker, Benigno Pendás García, Juan Ramón Pérez las Clotas, Amelia Valcárcel, José Velasco, Miguel Zugaza Miranda y José Antonio Caicoya, éste como secretario.

La candidatura conjunta de las dos bailarinas se impuso en las últimas votaciones al arquitecto Frank Gehry, al director de orquesta Claudio Abbado y al cineasta Steven Spielberg. El jurado eligió a Maya Plisetskaya y Tamara Rojo por la «excepcional trayectoria de ambas en el mundo de la danza, en el que son reconocidas como la más alta expresión de sus generaciones respectivas».

Las dos bailarinas, curiosamente, coincidieron hace tan sólo unas semanas en un mismo escenario: el teatro de Madrid. Allí había impartido Maya Plisetskaya unas clases magistrales esa semana, y ponía el colofón al Maratón de Danza con una emocionante interpretación de «Ave Maya», un solo creado para ella por Maurice Béjart. Tamara Rojo, que meses atrás también había ofrecido allí unas clases magistrales, le entregó un ramo de flores y se postró ante Maya Plisetskaya en señal de respeto y admiración. Poco podían suponer las dos que los premios Príncipe de Asturias volverían a reunirlas unos días después.

«Soy una mujer feliz y sorprendida»

Maya Plisetskaya llegó ayer por la mañana a París desde Munich, donde reside buena parte del año. En la capital francesa, acompañada por su marido, el compositor Rodion Schedrin, recibió la noticia del premio. Poco después, y con los brindis y el chocar de las copas de champán sonando como música de fondo, atendía a ABC. «Soy una mujer feliz y sorprendida», confesaba en su primario inglés. Eterna candidata al premio, la bailarina rusa había perdido prácticamente la esperanza de lograr el galardón, y se llevó una gran sorpresa cuando se le comunicó la noticia. «Es el mejor regalo de cumpleaños que se me podía hacer», añadía, con la mente puesta ya en el próximo 20 de noviembre, fecha en que cumplirá ochenta años. El Bolshoi de Moscú prepara para ese día varios actos de celebración, que culminarán con una gala en la que intervendrán importantes figuras de la danza internacional».

«España ha sido muy generosa conmigo», seguía la bailarina, que fue directora del Ballet Lírico Nacional (Compañía Nacional de Danza) entre 1987 y 1989, y que posee, desde 1993, la nacionalidad española. «España es un país que adoro, por el que siento un gran cariño desde el principio de mi carrera, donde tengo amigos entrañables. Lo he dicho muchas veces; si existe la reencarnación, seguro que yo he sido española en una vida anterior».

Maya Plisetskaya repitió ayer el mismo discurso que mantiene desde hace años. «España es un país con un gran talento para la danza clásica; lo pude comprobar cuando trabajé en España y lo demuestran nombres como el de la propia Tamara Rojo, que tiene un prestigio internacional extraordinario. Espero que este premio sirva para que éste tenga un impulso en España».

«Premio para la danza»

En similares términos se expresaba Tamara Rojo desde Seúl, donde se encuentra dentro de una gira con el Royal Ballet, la compañía en la que es primera bailarina desde hace cinco años. «No me lo esperaba para nada», decía con voz orgullosa. «Llevo dos horas sin parar de hablar; cuando cuelgo una llamada me pasan otra. La telefonista del hotel tiene que estar alucinando». Recibir el premio junto a una leyenda viva como es Maya Plisetskaya es algo que le llena de alegría y de orgullo. «Para mí es un gran honor compartir con ella este premio. Siento una profunda admiración por ella; cambió muchas cosas en la danza y su herencia es extraordinaria». «Me siento naturalmente muy feliz, y espero que este galardón pueda servir para que se dé un impulso necesario a la danza en España. Es muy importante que obtenga un reconocimiento de este nivel».

Afincada en Londres desde hace varios años, Tamara Rojo es una de las más destacadas representantes de ese pequeño ejército de exiliados artísticos que puebla las mejores compañías de ballet de todo el mundo. «Lo que me duele no es estar lejos de España; probablemente yo me hubiera ido de todos modos, porque para crecer artística y vitalmente hay que salir; no hay mejor aprendizaje en la vida que los viajes. Lo que sí me duele es que ahora, cuando he aprendido tanto, cuando tengo tanto que compartir, no puedo hacerlo en mi país. No puedo volver para ofrecer ese crecimiento en una compañía española. Por eso me sentí tan satisfecha de poder ofrecer las clases magistrales que dí en Madrid hace unos meses, porque ahí tuve la oportunidad de poder transmitir algo de mi experiencia a un grupo de jóvenes bailarines».

Rechaza Tamara Rojo la tan repetida «falta de tradición clásica» en España, un argumento que emplean con frecuencia sus detractores. «No existe diferencia de carácter entre españoles e ingleses, por ejemplo; la diferencia es que en Londres existe conocimiento de la danza, y en España no. Se gasta poco en ella y se programa también muy poco. En Londres, por ejemplo, los niños van gratis al ballet, se les lleva como aquí se les lleva a los museos. Se toma en serio la danza».

Seúl es la segunda etapa de la gira asiática en la que está embarcada Tamara Rojo con el Royal Ballet. Primero fue Singapur y desde Corea viajará a Japón. En el repertorio, «El lago de los cisnes» -un ballet que interpretó hace unos meses en Londres y que ha reportado a la española las mejores críticas desde que está en la capital británica-, «Cenicienta» y «Manon». Y un año más se quedará sin vacaciones -«es el último; el año que viene no veré en verano otra barra que no sea la de un bar donde tomarme un zumo»-: «Este verano tengo actuaciones en el teatro Colón de Buenos Aires, en Estados Unidos y luego iré a España para bailar una gala en Almería y para preparar "Blancanieves"», un ballet cuya música está escribiendo Emilio Aragón y que dirigirá y coreografiará Ricardo Cué. «Son proyectos que salen adelante por el empeño de personas individuales, no por la atención de instituciones, y eso es una lástima».