Vista del cubículo «Dei formai»en las catacumbas de Domitila
Vista del cubículo «Dei formai»en las catacumbas de Domitila - Reuters
Novedosa restauración del Vaticano

El láser saca brillo a dos tumbas de las Catacumbas de Domitila

El proyecto, iniciado en 2010, tardó varios años en echar a andar, y tres en realizarse

CIudad del VaticanoActualizado:

La Roma subterránea, la que se esconde bajo sus calles traficadas y caóticas, sigue desvelando de vez en cuando lugares sorprendentes. Como dos cubículos en las catacumbas de Domitila, en la Vía Ardeatina, que el Vaticano acaba de restaurar con tecnología láser.

Domitilla, que da nombre al cementerio paleocristiano, era seguramente una noble de la familia de los Flavios, emparentada con el emperador Domiciano, quizá su sobrina. Pero los lazos de sangre no le libraron de su persecución contra los cristianos y, a causa de sus «simpatías» hacia los discípulos de Jesús, fue condenada al exilio.

«Tenemos constancia de dos mujeres que se llamaban Flavia Domitilla, las dos emparentadas con el emperador, y las dos del siglo I», explica Raffaella Giuliani, de la Pontificia Comisión de Arqueología Sacra. «Había una rama de la “gens Flavia” que se estaba acercando al cristianismo. Y por eso estas dos mujeres fueron exiliadas, una a Ponza y la otra a Ventotene».

Condena al exilio

«En la zona superior de las catacumbas se conservan inscripciones que constatan que Flavia Domitilla fue la propietaria de este terreno», señala la arqueóloga. Pero es imposible saber a cuál de las dos mujeres se refiere. El caso es que la condena al exilio no le impidió poner a disposición de la comunidad cristiana este lugar para que dieran sepultura a sus miembros.

«La catacumba nació primero a base de pequeños núcleos de tumbas, pero poco a poco creció hasta alcanzar doce kilómetros de galerías a lo largo de cuatro plantas», explica emocionado Fabrizio Bisconti, el mayor experto vaticano en arte paleocristiano y supervisor general de las catacumbas.

Además de los casi 150.000 nichos que hay excavadosen sus paredes, cuenta con algunas estancias especialmente elaboradas. El Vaticano acaba de restaurar dos de ellas. «Son dos mausoleos decorados con frescos. Hay escenas de inspiración pagana y escenas religiosas del Nuevo y del Antiguo Testamento», describe Raffaella Giuliani. A la primera la han llamado «cubículo de los horneros o de los panaderos». La tumba perteneció a una familia de la alta aristocracia romana del siglo IV. El «pater familias» era el encargado de la Annona, una institución muy importante en aquel momento, que se ocupaba de la distribución y la compra del trigo que llegaba hasta Ostia, el puerto de Roma.

Motivos cristianos

Este alto cargo eligió para su tumba motivos de la iconografía cristiana, como una escena del «buen pastor», y otra de los doce apóstoles junto a Jesús. Pero lo novedoso es que el dueño de la tumba aparece retratado con su herramienta de trabajo, el instrumento con el que pesaba el trigo.

Aunque la mayor sorpresa para el visitante está en el techo. Allí los frescos muestran escenas de su vida profesional, como la llegada del trigo a Ostia, su traslado por el río Tíber rumbo a Roma y la descarga hasta que era molido y convertido en pan.

El proyecto para restaurar este mausoleo comenzó en 2010, aunque los arqueólogos se pusieron manos a la obra años más tarde y tardaron casi tres en limpiar las paredes.

Usaron la técnica del láser para retirar la mugre y el humo que cubrían unos frescos de hace 1.700 años. Una decisión de la joven arqueóloga italiana, Barbara Mazzei. «Ya habíamos usado el láser en 2009, pero ésta es la primera vez que lo usamos para retirar esa capa oscura que han dejado el humo, la humedad y el musgo», explicaba. La gran ventaja de esta técnica es que el láser distingue la escala cromática y actúa sólo sobre las zonas oscuras, de modo que deja intactos los colores originales. Efectivamente, el resultado es espectacular.

Al ver la eficacia de la técnica, el equipo emprendió la restauración de la segunda sala y la terminó en seis meses.

Es una estancia más pequeña denominada «cubículo de la introducción». El fresco muestra a los dos difuntos que son «introducidos» en el Paraíso y presentados a Cristo. Junto a ellos hay dos santos.

«Pueden parecer San Pedro y San Pablo», explicó Fabrizio Bisconti, «pero no es así». Su hipótesis es que son «Nereo y Aquileo, dos soldados mártires romanos objetores de conciencia», explica. «Como se negaron a asesinar a cristianos, fueron martirizados y enterrados en estas catacumbas», añade. Según Bisconti, «esta escena es la gran novedad porque muestra el contacto que los dos difuntos quieren entablar con Jesús y con los santos».

Adán y Eva

En la tumba también hay escenas del Antiguo Testamento, como una tierna representación de Adán y Eva, otra de Abraham que sacrifica a Isaac, Noé en el arca o Moisés ante las rocas. La mala noticia es que por ahora estas dos estancias no estarán abiertas al público, tanto para preservarlas como por la dificultad de llegar hasta ellas en el laberinto de la catacumba. A cambio, se acaba de inaugurar un pequeño museo con interesantes objetos y sarcófagos e inscripciones recuperados durante las excavaciones.

«Es un museo especializado», reconoce su creador, Fabrizio Bisconti. «El hilo conductor es la evolución de los temas que aparecen en los sarcófagos», explica. «Los motivos decorativos son un testimonio concreto del fenómeno de la cristianización», añade. «Vamos desde los mitos y leyendas de los sarcófagos griegos, que se enlaza con el tiempo, a la vida de cada día», dice mientras señala escenas como la caza del ciervo, un niño con un sonajero o el trabajo de médicos, hasta pastores y guardabosques.

«La vida de los primeros cristianos no era diferente de la vida de los demás», añade. «Ya lo decía Tertuliano en el siglo II: vivimos en los mismos foros, en los mismos mercados, pero esperamos otro mundo, un mundo que vendrá», subraya el custodio de los cementerios paleocristianos, decidido a seguir desvelando sorpresas de los primeros siglos del cristianismo, a seguir desvelando la sorpresa de la normalidad.