César Antonio Molina: «Al venirme a Madrid cambié el mar por el centro»
César Molina, ante la Puerta de Alcalá - ignacio gil
exministro de cultura y director de la casa del lector

César Antonio Molina: «Al venirme a Madrid cambié el mar por el centro»

El antiguo político y permanente poeta nos cita frente a la Puerta de Alcalá, que es la primera cosa que ve según sale a la calle cada mañana desde 1976, cuando dejó Galicia por Madrid

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«Pensé que tenía que cambiar el mar por el centro de la ciudad y me empeñé en vivir en el centro (en Claudio Coello con Alcalá); para mí en este espacio se funden el simbolismo de la gran capital y el de una ciudad de provincias, de las cosas que yo sigo necesitando para vivir»», establece. ¿Qué cosas? «Poder salir a la calle y tener el quiosco y las tiendas al lado, conocer a la gente y que me conozcan, como en Coruña o en Santiago», se enmorriña sin alardes.

Como poeta sabe que no se puede / volver / atrás / tampoco llegar allí /donde se hubiera podido / no ir. A día de hoy lo lleva muy bien. Desde que no es director del Instituto Cervantes ni ministro, César Antonio Molina asegura haber tomado posesión de muchísimo tiempo que antes se le iba colgado del teléfono. Pero ese tiempo nuevo habría que calificarlo de tiempo personal antes que de tiempo libre. «Yo no sé descansar, me aburro, me resulta insoportable no estar trabajando», confiesa, con ese lustre de aristocracia clandestina en la mirada de quien hace lo que más le gusta de lunes a domingo.

Molina ha conseguido no renunciar a la creación literaria a través de años de proyección pública imponiéndose una disciplina implacable. Arañando ratos para leer y escribir en las salas de espera y en los aviones, y por supuesto al sueño. Este hombre no hace deporte (aunque camina mucho), no tiene iPod, ni siquiera desayuna o toma café según se levanta, de cinco a seis de la mañana, todos los días de la semana: «No puedo plantearme hacer nada hasta haber cumplido con mi deber». Es decir, hasta haber cubierto su cuota diaria de escritura.

Los domingos son días buenos porque se puede escribir del tirón hasta la una, una y media. Entonces nuestro espartano se relaja y baja a comprar la prensa. «Compro todos los diarios que se publican en Madrid, más “La Voz de Galicia” y “La Vanguardia”», proclama con un afán que ojalá cunda. Se los lee todos y cada uno en papel.

No es que le haga ascos a las nuevas tecnologías: él escribe a veces a mano, a veces a máquina y a veces en el ordenador. Precisamente uno de sus objetivos al frente del nuevo proyecto de la Casa del Lector de Matadero es encontrar el eslabón perdido (y clave) entre lectura de fondo y de superficie: «Internet ha provocado un gran avance de la lectura y la escritura superficial. Nunca se había leído tanto, pero gran parte de esa lectura es de mera información. Luego hay otra lectura más profunda, que es la del conocimiento. Y esa lectura profunda es la que hemos hecho a través de los libros, del silencio, de la meditación, del esfuerzo. Esa lectura hay que mantenerla con el soporte que sea».

Él mismo nunca lee menos de seis o siete libros a la vez. Nosotros le hemos conocido devorando una montaña de libros sobre eremitas cristianos y sufíes, más coincidentes entre sí que con las respectivas religiones, y los escritos de Benedicto XVI sobre los Evangelios. «El Papa es un hombre muy culto, no me gusta que siempre justifique al Vaticano, pero es una persona muy inteligente que ha leído muy bien los Evangelios», concluye este agnóstico hambriento de espíritu. Completan su universo lector del momento varias antologías poéticas y «Ayer, de camino», de Peter Handke.

¿Cómo meter en un domingo normal todo eso, más comer fuera de casa, dar un largo paseo, ir a una exposición, al teatro o al cine? Molina no duda en agradecérselo a no haber tenido que elegir entre Dios y el César. Su esposa, la crítica literaria Mercedes Monmany, madruga más que él si cabe para hacer lo mismo. Su hija Laura «siempre ha sido muy respetuosa con lo que hacemos», más ahora que ya tiene 16 años. «Sin mi familia no habría podido hacer todo lo que he hecho; una familia tiene que sobrevivir por el afecto, por el amor, por los gustos y por el respeto. Yo busqué tener esa suerte y la he tenido». Para no cansarse de celebrar esa suerte, él y Mercedes suelen acabar sus domingos en el Café Gijón, «que es el lugar por excelencia para charlar de literatura…y un poco de política».