El autor y su personaje

Alfonso el Casto, el padre de la Reconquista

Nada auguraba que su papel en la historia sería decisivo. Cuando falleció octogenario, Asturias era un Reino sólido, indoblegable a la dominación sarracena, embrión de lo que llegaría a ser la España reconquistada

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Alfonso II de Asturias vino al mundo en Oviedo, alrededor del año 760, destinado a gobernar un pequeño feudo montañoso acorralado por el arrollador avance musulmán. Su madre, Munia, era una jovencísima cautiva vascona capturada en el transcurso de una operación de castigo. Su padre, Fruela, un príncipe feroz, despiadado y fratricida, que murió asesinado en su propia corte cuando su hijo era todavía un niño. Nada auguraba al joven heredero al trono que su papel en la historia resultaría decisivo. Sufrió múltiples traiciones e intentos de derrocamiento. Combatió sin descanso a lo largo de toda su vida. Cargó el peso de la corona durante más de medio siglo, en una época de turbulencia en la que sobrevivir a la enfermedad y la guerra constituía un milagro cotidiano. Cuando falleció octogenario, en el año 842, Asturias era un Reino sólido, indoblegable a la dominación sarracena, embrión de lo que llegaría a ser la España reconquistada.

Las crónicas de ese tiempo, tanto cristianas como musulmanas, relatan en la Península, y especialmente en Asturias, escenas muy parecidas a las que hemos contemplado recientemente en el califato del terror establecido por los yihadistas en territorio de Siria e Irak: Cabezas cortadas de soldados enemigos expuestas en picas en la plaza pública (Mosul, 2014), formando pirámides en ciertas encrucijadas de caminos estratégicos, o decorando las almenas de un alcázar (Córdoba, 792). Cuerdas de prisioneros conducidos al sacrificio o la servidumbre. Mujeres reducidas a la condición de esclavas sexuales para disfrute de los guerreros. Tierra quemada, ayer y hoy, con el propósito empecinado de imponer la religión de Alá.

Alfonso II abrió los ojos en una tierra verde, completamente distinta en sus paisajes a la del Oriente Medio actual, aunque asolada por el mismo fanatismo. Se enfrentó una y otra vez a guerreros beréberes en su mayoría, recientemente islamizados, cuya brutalidad no conocía límites. No es que en el bando cristiano imperara el pacifismo o infundieran respeto los derechos humanos. Nada parecido a esos conceptos contemporáneos existía en la época de la que hablamos, más próxima a la barbarie que a nuestra idea de la civilización. Ello no obstante, nuestro príncipe se sintió desde muy temprana edad depositario del legado cultural recibido de los godos y consideró un deber sagrado protegerlo, conservarlo e incluso acrecentarlo en las medida de lo posible. ¿Cuáles eran los elementos esenciales de esa herencia? La defensa de la fe cristiana y la recuperación de la unidad política y territorial que había tenido la Hispania visigoda antes de la invasión del 711. A esa tarea dedicó Alfonso la totalidad de sus energías, hasta el extremo de renunciar a casarse. De ahí el apodo con el que ha llegado hasta nosotros: «El Casto».

Este rey, tan poco conocido hoy como determinante para el devenir de nuestra nación, es uno de los pocos ejemplos de soltería que nos ofrece la historia. No se le conocen hijos, ni legítimos ni bastardos. Su existencia debió de revestir una dureza que resulta difícilmente imaginable. Gracias a su fortaleza, a su voluntad, su resistencia, su valentía, su inteligencia, su visión de futuro, su astucia, su perseverancia y, también, su salud de hierro, la España en que vivimos hoy es inequívocamente occidental y democrática, otorga iguales derechos a hombres y mujeres, separa los asuntos de Dios de los del César y cree en la libertad. En mi calidad de española, mujer, madre de una hija, demócrata y liberal, mi gratitud hacia él es infinita.

Ocho siglos de lucha

De su mano empezaron ocho siglos de lucha incansable para reconquistar nuestro pleno derecho a formar parte de Europa, no ya por posición geográfica, sino por vocación, religión e idiosincrasia. Si, como ha subrayado acertadamente Stanley Payne, España es el único país islamizado que ha conseguido librarse del yugo, se lo debemos en gran parte a él.

Su bisabuelo, Pelayo, se había alzado en armas contra las huestes musulmanas en la batalla de Covadonga. Su abuelo y homónimo, Alfonso el Cántabro, había yermado el valle del Duero con el fin de dificultar el avance de los ejércitos sarracenos hasta la Cornisa Cantábrica, obligándoles a cargar con su propio avituallamiento. Hubo «reyes holgazanes» que pactaron el pago de tributos a cambio de paz (siempre han existido cobardes dispuestos a tal felonía, para evitar enfrentarse al conquistador sarraceno o en el empeño de contentar a los terroristas de ETA), y otros que iniciaron un combate destinado a prolongarse ochocientos años. Pero el Casto fue el primero en comprender el alcance de ese formidable propósito, crear pilares sólidos sobre los cuales asentarlo, dar forma política a la magna empresa que empezaba, establecer las alianzas indispensables para hacerla posible, y unificar a los pueblos llamados a protagonizarla. Dicho de otro modo, él inventó el concepto de Reconquista que ahora algún «intelectual» sectario, insumiso a las fuentes documentales de la época, a la historiografía y a la más elemental lógica, se permite no ya poner en cuestión, sino directamente negar.

¡Cosas veredes, Sancho, en esta España cuya «gauche divine» considera el cristianismo un paradigma de opresión a la vez que ve en el Islam la quintaesencia del progreso!

A diferencia de los caudillos que le habían precedido en el poder, Alfonso II no se contentó con ser alzado sobre el escudo por sus guerreros, sino que fue solemnemente coronado y ungido por un prelado de la Iglesia, con el fin de sumar la legitimidad de orden divino a la razón de la fuerza. Recuperaba de ese modo la tradición visigoda, reproducida igualmente en la organización de su palacio y su gobierno, así como en sus fueros y leyes. No en vano había sido educado en el monasterio de Samos, fundado por refugiados venidos del sur, impregnados del saber aprendido de San Isidoro. Era ambicioso y prudente a partes iguales. Culto, gran estratega y mejor político. También un amante de la arquitectura y el urbanismo, que dotó a su ciudad natal de iglesias, palacios e incluso acueductos. Alguna de esas obras todavía sigue en pie.

La unión del norte

Gracias a su sangre y a su habilidad, logró unir bajo su estandarte a vascos, gallegos, cántabros y astures, pese a que los dos primeros habían mostrado a menudo su tendencia a la rebelión. Nada hay realmente nuevo bajo el sol de esta piel de toro... Merced a su autoridad, no impuesta sino voluntariamente aceptada, consolidó un Reino cuyas fronteras abarcaban desde Navarra hasta el Finisterre y desde el mar Cantábrico a la cordillera, con algunos focos de repoblación al otro lado de esas montañas.

Y eso que durante media centuria sufrió ofensivas prácticamente anuales, que, partiendo desde Córdoba, arrasaban lo que hoy es Cantabria y Vizcaya, entrando por Álava, o devastaban Galicia. A menudo esas aceifas golpeaban ambas regiones simultáneamente. La superioridad numérica de los mahometanos era tal que el ejército de Alfonso solo podía tratar de emboscarlos en algún punto estratégico cuando iban de retirada, cargados de esclavos y botín. En el empeño de doblegar a los cristianos norteños, los soldados de la media luna destruían sistemáticamente sus cosechas y hasta desarraigaban los frutales empleando para ello yuntas. No lograron someterles.

Alfonso II tejió una sólida alianza militar con Carlomagno, mantenida después con notables beneficios mutuos por los sucesores del emperador. También consiguió el apoyo de otro poderoso «aliado», cuya ayuda resultaría crucial en los siglos venideros. Fue durante su reinado cando se descubrió (o inventó) el sepulcro del apóstol Santiago en un bosque cercano a Iria Flavia. La peregrinación que hizo el Rey desde Oviedo hasta allí, para postrarse a los pies de esas reliquias, fue el origen de un Camino jacobeo cuyos beneficios para España resultan incalculables. También ese tesoro inmaterial, patrimonio de la Humanidad desde 2015, se lo debemos a él.

Como dejó escrito uno de sus biógrafos, «llevaba en el pecho la armadura y sobre la armadura, la cruz». Es, sin lugar a dudas, uno de los grandes hombres que nos ha dado la Historia. Existen pocos monumentos erigidos en su memoria y hasta de los libros de texto parece haber desaparecido. Una muestra más de la proverbial ingratitud española hacia sus héroes.