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Los escotes del gánster

Día 17/11/2012 - 14.08h

Marilyn dio ejemplo y escuela, hasta llegar a Scarlett Johansson. Bacall solo hay una

Los escotes del gánster
ABC
Humphrey Bogart, entre Lauren Bacall y Marilyn Monroe, en 1953

Humphrey Bogart nos enseñó a fumar y a llevar gabardina. Raymond Chandler lo dijo de otro modo: "Sabe ser duro sin necesidad de pistola". El gánster de pitillito se llevó a la mejor rubia, o entrerrubia, de la cartelera, Lauren Bacall, y de ahí se acuñó la maliciosa frase histórica: «Lo mejor de Bogart es su mujer».

Aquí está la pareja, en fasto de estreno, completando la estampa animosa con otra rubia eterna, Marilyn Monroe, que se ríe mucho por el escote, como siempre. Creo que alguna vez Bogart se adornó de «feo viril», pero el feo embelesó a la maravillosa que, encima, le sacaba una cabeza, o más. Bogart no fue de vivaquear entre las cómicas de un momento, pero se casó con cuatro actrices, y no despistaba un reojo a un escote en condiciones, a ese escote en día de fiesta que era Marilyn Monroe.

Howard Hawks

A Lauren Bacall, el primer reojo de descubrimiento se lo echó la esposa de Howard Hawks, al verla veinteañera en una revista de moda. De ahí la metieron en el reparto de «Tener y no tener», y de la película salió del brazo conyugal del protagonista, Humphrey Bogart, que era un cuarentón íntegro, distante y casi desengañado, porque la vida a menudo se parece al cine. Si uno repasa las fotos de Bogart, en plan particular, siempre estamos viendo a actor de monumento. Pasa en esta misma foto. Humphrey es Bogart. A su izquierda brilla Lauren Bacall, que es la belleza misteriosa y vertical, con elegancia de esqueleto, que es la elegancia que vale, según Coco Chanel. A su derecha, asombra Marilyn, que es la rubia contraria, lo que no quiere decir lo contrario de una rubia, naturalmente. Porque Marilyn ha sentado, para los siglos, el póster de la urgente rubia sexual, con una mitad de ángel carnívoro y otra mitad de cabaretera ingenua. Es lo que las cronistas licenciosas destacan, sin pretenderlo, al decir que estaba «un poco gorda», entre la envidia y la mala leche. La belleza opulenta de Marilyn dio enseguida ejemplo y escuela, hasta llegar hoy a Scarlett Johansson. La hermosura de Bacall tiene difíciles discípulas, porque hay en lo suyo una esencia inasible, una esbeltez interior que no logras con un entrenador personal y el peluquero de Gilda. Ni con eso, ni con ligarte a un Bogart, en caso de que quedara algún Bogart. Hay siempre por ahí mucho coro de Marilynes, pero Bacall sólo hay una, aunque a rachas militen en su estirpe criaturas doradas como Nicole Kidman o Charlize Theron, a las que a veces arruina el bótox, o arruina la naturalidad, respectivamente.

Bogart fue corto de estatura, pero se atrevió a usar sombrero, que sólo queda bien a los altos, a los negros, y a él mismo. Bacall siempre llevó tacón de aguja, aunque no llevara tacón. Su belleza es la aristocracia de la belleza, un susto en blanco y negro donde se cruzan el dandismo hembra y una jirafa de ojos verdes. A su lado, claro que mola Marilyn, pero es rubia de otra especie. Ese ejemplar soberbio de chica que se viste mucho para ir siempre medio desnuda.

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