Cultura - Música

Sabina arma una gran fiesta española en el Royal Albert Hall

Recordó sus siete años viviendo en Londres, «cuando cantaba en restaurantes inmundos y fui okupa antes de que se inventase la palabra»

Joaquín Sabina, la semana pasada, en Jaén
Joaquín Sabina, la semana pasada, en Jaén - EFE

El esférico Royal Albert es la sala de conciertos de más solera de Londres. Allá se encierra cada año Clapton y organizan sus bolos benéficos The Who. Si en la calurosa velada del miércoles el dedo mágico de las musas le hubiese quitado el techo, aquello habría parecido una plaza de toros. No había salido todavía a escena el baqueteado maestro y la afición, que casi petaba el coso, ya coreaba a grito pelado una de sus clásicas: «…Y nos dieron la una, las dos y las tres».

Joaquín Ramón Martínez Sabina, nacido en Úbeda hace 68 años, con merecido estatus de patrimonio nacional, armó una formidable fiesta española en el Royal Albert Hall. Hablando siempre en castellano, trató a la parroquia de usted, como caballero antiguo. Contó chascarrillos de sus años de exilio bohemio en Londres («yo era squatter aquí, todavía no se había inventado lo de okupa»). También homenajeó al héroe Ignacio Echeverría y a las familias españolas que vivían en la torre que a esas horas todavía humeaba en North Kensington.

Tras una actuación del telonero Leiva, que le ha echado una mano en su último disco, salió a escena entre un clamor el poeta de la voz curtida. Vestía bombín reglamentario, traje color púrpura y camiseta negra. Más tarde, en rasgo de confort y coquetería, cambió de indumentaria un par de veces y el bombín dio paso a un panamá blanco. A Sabina, que pasó buena parte de los sesenta en Londres como exiliado antifranquista, se le notaba orgulloso y un pelín emocionado por pisar las tablas del Royal Albert: «Durante siete años anduve por aquí por Londres, cantando en restaurantes inmundos. Entonces, ni en mis sueños más disparatados me habría atrevido a soñar que un día estaría aquí, por donde han pasado todos mis héroes». En la platea lo escuchaban algunos familiares. Al igual que sus músicos, se los había traído para una noche en cierto modo histórica.

Sabina está bien de voz —comparen con el Dylan crepuscular— y su garganta defiende con energía su repertorio. Sabido es que el poeta tuvo pasado de búho y oso hormiguero, lo que se precipitó en 2001 en un sonado ictus que su gracejo burlón denominó «un marichalar». Ahora toca administrar fuerzas. Se marca sus pasitos de baile, vacila un poco con sus músicos y el respetable. Pero sabe que a estas alturas es necesario dosificarse, así que a lo largo de un generoso concierto de casi tres horas hace tres descansos, en los que deja que las estrellas de su banda canten un par de canciones mientras él toma el aire. La mayor parte de la actuación la acomete sentado en un taburete. Eso no merma el concierto, porque en realidad es la ceremonia de un bardo pillo y sabio, que lo ha visto todo, contando a su parroquia sus memorias de una España que tal vez ya no existe, perenne en sus versos.

Sabina es interclasista, interpartidista e intergeneracional. Agrupa a gente de toda edad e ideología. Un chaval en la veintena me aturulló la oreja izquierda coreando con memoria enciclopédica cada coma de cada pieza. El maestro gasta la elegancia del que está de vuelta. Cuando presentó a los músicos, agradeció a su pianista, Antonio García de Diego, haberle enseñado a ser mejor persona, «más humilde». Por supuesto, no faltaba a la guitarra su escudero, Pancho Varona: «Yo ya no sabría salir al escenario sin Panchito».

Sabina avanzó con un éxito que tenía ganado de antemano y una banda bien engrasada (aunque uno, y disculpe la legión sabinera, siempre sospecha de que la música que lo acompaña podría ser de más calidad y hacer mejor honor a los decires y saberes de su voz castigada, que son la magia del invento). Fue emocionante cuando recordó el incendio de la torre y homenajeó a Echeverría. Resultó hermoso haber visto a un país hermanado entorno a un artista de tanto talento, personalidad y biografía. Salimos silbando por lo bajinis una de sus rancheras asilvestradas. Pensando que a esa España, que a veces cree tan poco se quiere, ya solo la unen el fútbol, Sabina, ABC y El Corte Inglés. Pero ese ya es otro disco…

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