«Lo que cuesta una ópera es obsceno»
El barítono italiano, caracterizado de «Rigoletto», en el Maestranza - guillermo mendo
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«Lo que cuesta una ópera es obsceno»

El barítono italiano, que protagoniza «Rigoletto» en el Maestranza, pide montajes más sencillos y entradas a 30 euros como máximo

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Considerado por muchos como «el mejor Rigoletto de la historia», el barítono italiano de 71 años ha hecho este inmortal papel verdiano más de 500 veces en los mejores teatros líricos del mundo. Este sábado se despide del Maestranza, donde el pasado jueves tocó el cielo obligado por un público entregado, puesto de pie, a hacer un bis en medio de su primera función, algo solo logrado por Alfredo Kraus hace casi dos décadas.

-Hace algunos años en el Teatro Real ya tuvo que hacer un bis, algo que no había sucedido nunca allí con «Rigoletto». ¿Se acordó de eso el jueves pasado en el Maestranza?

-No pensé en ningún momento anterior, sino en el público sevillano, que parecía loco por que lo hiciera, y yo lo hice muy agradecido. Estas personas se levantan muy temprano para trabajar y hacen un gran esfuerzo económico para ver una ópera en directo.

-El público sevillano ha pagado desde 41 a 105 euros por verle y escucharle. A usted y a todos sus compañeros, músicos, etcétera.

-Sí. Y tenemos que estar muy agradecidos, pero me parece una locura lo que cuesta ver una ópera. Cuando se reabrió la Scala de Milán invité a mis hijos y a mi mujer a esa primera función en la que yo, por cierto, actuaba, porque siempre quiero pagar mis entradas, y me costó unos 3.500 euros. Y eran solo tres entradas.

-Antes la ópera no era tan cara.

-Todo es demasiado caro. Se hacen montajes carísimos que cuestan dos millones de euros. Me parece obsceno que como están las cosas, con tanta gente sin trabajo, se gaste tantísimo dinero en montar una ópera.

-¿Cree que se podrían hacer montajes más baratos?

-Sí. La ópera es emoción, magia. Su música y su historia bastan. Y eso se podría hacer sin esas puestas en escena tan costosas ni tanta tecnología. Se podría hacer una ópera con 50.000 euros. Los montajes caros son cosa de los últimos cuarenta años. Antes no eran así, en la época de la Callas eran más sencillos. Se ha inflado mucho todo. Los cantantes cobramos demasiado y lo que cobran muchos directores de orquesta es injustificable.

-¿Por qué?

-Cobra mucho todo el mundo, pero hay directores de orquesta que ni siquiera se saben bien la obra. No hacen bien su trabajo. No justifican lo que cobran. Prefiero no decir nombres.

«Una ópera debería costar 30 euros»-¿Todo eso ha contribuido a hacer de la ópera algo elitista?

-Sí, ya le digo que antes no lo era. Una ópera debería costar 30 euros. Mire, en «Pretty woman» una prostituta que nunca ha visto una ópera llora con «La traviata». Esto no es elitista. Es universal. Y el domingo en el Maestranza vino a mi camerino una mujer llorando de emoción. Eso pasa muchas veces.

-¿Y qué le dijo?

-(Sonríe) Primero me disculpé y le dije: ¡señora, por favor, no llore, no lo volveré a hacer más! Pero naturalmente era un llanto de emoción y venía a agradecérmelo.

-¿Qué no le gusta de los montajes modernos, aparte de lo que cuestan?

-Es que se cargan las óperas. Mire, toda esta historia del teatro y las óperas modernas nace en 1920 en Berlín. De modo que toda esta supuesta modernidad no es nueva, sino vieja. Verdi escribió sus óperas como las escribió. He visto Rigolettos «modernos» con abrigos nazis. Eso no significa nada. Como las «traviatas» yonquis o los «nabuccos» actuales.

Han pasado 1.700 años y nada ha cambiado. Las pasiones humanas son universales, las mismas. El sexo ya estaba en la Biblia, en Sodoma y Gomorra. No inventan nada nuevo. Estos directores de escena no son intelectuales sino aprovechados.

-¿Y arrogantes?

-Mucho.

-Ángela Georghiu se fue en un ensayo en el Teatro Real y ya no volvió más por diferencias con el director de escena. ¿Los cantantes no son también demasiado arrogantes?

-Sí, sobre todo cuando no conocen su papel bien y se creen príncipes del mundo solo porque son cantantes.

«Hay demasiados divos en la profesión»-¿Hay muchos divos en su profesión?

-Demasiados.

-¿Usted no?

-Para mí una ópera es un equipo. Yo agradezco a los músicos su trabajo sobre el escenario. Puede preguntarlo por ahí.

-¿Qué diría a los que piensan que la ópera es un género anacrónico y que no hay quien aguante estar cuatro horas y media seguidas sentado en una butaca escuchando a Wagner?

-Una ópera de cuatro horas y media no hay quien la aguante (risas). Lo que hace anacrónico la ópera son los montajes modernos. Si se respetaran los originales, en vez de poner a «La Bohéme» en un mundo de drogadictos, no resultaría así.

- El público español le parecerá más indulgente comparado con el italiano, que tan bien conoce...

-Todo el público, en todo el mundo, es gentil. Y también agresivo. Depende de lo que uno haga sobre el escenario.

«Una ópera de cuatro horas y media no hay quien la aguante»-En la Scala de Milán, donde usted ha cantado más veces que ningún otro cantante vivo, abuchearon a Roberto Alagna al principio de «Aida» y abandonó el escenario. ¿El cantante debe saber encajar tanto los aplausos como los abucheos?

-Es un compañero y habría que preguntárselo a él, pero yo creo que hay que saber estar en el escenario y tener respeto al público. Yo nunca he hecho en mi vida un anuncio previo de que no estoy en plenas facultades vocales y no voy a poder cantar bien para que el público sea más comprensivo conmigo.

-¿Y a usted nunca le han abucheado? Una mala tarde la tiene cualquiera...

-No. Porque si yo no estoy en plena forma, al 150 por ciento, no canto.

-¿Cuántas veces decidió no cantar en estos últimos 48 años?

-Muy pocas. Soy embajador de Unicef y si no canto bien por cualquier razón prefiero donar mi caché de ese día a los niños.

-¿Y eso le ha pasado alguna vez?

-Sí. Pero el público sabe si tú eres honesto o no. En enero de 1980 en Parma cogí un gran resfriado el día que estrenaba «Un baile de máscaras». Intenté que me sustituyeran, pero no hubo manera. No querían suspender y el gerente me dijo que haría un anuncio previo al público de que estaba resfriado, pero le dije que no.

Cuando llegué al tercer acto me quedé sin voz. Casi mudo. Extendí los brazos hacia el público en señal de disculpa y no se puede imaginar el aplauso que recibí. Me acerqué entonces al público y dije casi sin voz que habían pagado un dinero por verme cantar y que no podía hacerlo. Y que no pensaba cobrar ni una lira. Pero me pagaron, porque el teatro había cobrado las entradas, y yo doné el dinero a un hospital infantil.

-¿Y le ha fallado sobre el escenario alguna vez alguna otra cosa?

-(Risas). Una vez tuve que cantar «Macbeth» con diarrea.

-¿Va mucho al otorrino?

-Nunca, en la vida.

-¿Y cómo cuida esa voz que ha cantado dos mil veces «Rigoletto»?

-Con la garganta, nada. La voz sale del estómago, del diafragma. Lo que hago es fortalecer esos músculos.

-¿Cómo?

-Con la bici, con la que salgo casi a diario. Y con abdominales y flexiones. unos doscientos al día de cada uno.

-¿Cuándo se dio cuenta de que servía para cantar?

-Desde los 15 años. Cantaba boleros italianos y españoles. También era trombonista.

-Pero estuvo trabajando de mecánico hasta los 25 años.

-Mi padre y mi abuelo eran herradores de caballos. De los 15 a los 25 años trabajé en un taller y estudiaba por las noches. A los 25 logré entrar en el coro de la Scala.

-¿Y su padre qué le dijo?

-Dejó de hablarme durante un año. Pensó que no haría carrera. Y yo también lo pensaba. Pero cuando cumplí 28 empecé a despegar y ya él se convirtió en mi primer fan.