Dos historiadores alemanes avanzan revelaciones espectaculares: afirman que fue su amigo Paul Gauguin, con quien coincidió en Arles, quien le cortó la oreja a Van Gogh con un sable
Fue Gauguin quien le cortó la oreja a Vincent Van Gogh
Uno de los autorretratos de Van Gogh con su oreja cortada
De entrada, uno de los misterios más peregrinos de la historia del arte moderno pudiera transformarse en una historia de celos prostibularios. A lo largo del siglo XX se construyeron numerosas teorías sobre la locura de la que habría sido víctima Van Gogh, y cuya consecuencia más estrafalaria pudo ser la peregrina idea de cortarse su oreja izquierda, con una navaja u hoja de afeitar.
Eminentes historiadores escribieron páginas magistrales en torno a tal acto de locura no del todo artística. Antonin Artaud y Georges Bataille, entre tantos otros, hicieron del gesto y la locura de Van Gogh un alucinante caballo de batalla, en defensa de la demencia y las alucinaciones artísticas. Vincent Minnelli filmó una película de leyenda, donde Kirk Douglas nos proponía un Van Gogh de la más alucinada escuela.
Sin embargo, tras quince años de trabajo minucioso, repescando informes policiales, dos historiadores alemanes, Hans Kaufmann y Rita Wildegans, han llegado a una conclusión muy distinta, sobre uno de los pilares biográficos de la locura de Van Gogh. Según ellos, Gauguin y Van Gogh habrían disputado a la puerta de un prostíbulo, en Arles. Dispuesto a zanjar expeditivamente sus diferencias y enfrentamientos, Gauguin sacó su sable (era un gran espadachín) y tiró sobre la oreja de su amigo, cortándola de un tajo, con precisión quirúrgica.
¿Por qué callaron Van Gogh y Gauguin tal incidente...? A juicio de Hans Kaufmann, Van Gogh y Gauguin sellaron un «pacto de silencio». Ese es el título del libro consagrado al enigma. Su acción podía costar la cárcel a Gauguin. Van Gogh no ganaba nada acusando a un amigo al que continuaba estimando, con el que había soñado construir una especie de «falansterio artístico», en Arles, en el Mediodía francés. El silencio los beneficiaba a ambos. Van Gogh esperaba convencer a su amigo de volver a Arles, volver a trabajar juntos. Gauguin soñaba con otros horizontes, en el Pacífico.
Hans Kaufmann y Rita Wildegans no pueden aportar pruebas definitivas de su tesis. Pero su obra, en alemán y francés, «Van Goghs Ohr, Paul Gaugin und der Pakt des Schweigens / L´Oreille de Van Gogh, Paul Gauguin y le pacte du silence», ofrece 392 páginas de indagación, a caballo entre la reconstrucción policial de un suceso y la investigación de un misterio.
Hans Kaufmann y Rita Wildegans insisten en otro punto menos espectacular pero de cierto calado. Espigando en la correspondencia de Gauguin, precisamente, subrayan algunas frases que ellos consideran significativas: «Durante los últimos días de mi estancia, Vincent se volvía repentinamente brusco, ruidoso, para caer luego en un profundo silencio». A partir de tales síntomas, entre otros muchos, muy semejantes, Kaufmann y Wildegans llegan a esta conclusión: «Gauguin describe una otra vez los síntomas típicos de la AIP (Acute Intermittent Porphyria), una intoxicación de pintura, contacto continuo con barnices fuertes, plomo, cadmio y arsénico».
Precavidos, los historiadores y biógrafos no desean llegar a conclusiones «definitivas», limitándose a matizar un punto esencial de la biografía de Van Gogh, incluso en su carácter profundamente anecdótico, aportando materiales de trabajo para la posible matización, asimismo, de la tesis tradicional sobre la locura, sin duda genial, del gran maestro impresionista.
Las revelaciones de Kaufmann y Wildegans coinciden con la gran exposición de Basilea consagrada a revisar la obra de Van Gogh, precisamente, desde la óptica de su puesto en la historia del paisaje pictórico en el gran arte de nuestra civilización: «Los paisajes de Van Gogh, entre la Tierra y el Cielo».
Bernhard Mendes Bürgi y Nina Zimmer han reunido unos 70 paisajes, proponiendo una «lectura» atípica de uno de los grandes temas de Van Gogh, alejándose de las tradicionales tentaciones «rupturistas», «visionarias» «apocalípticas». Y tal proposición también se aleja del pintor víctima de la locura.
Vincent van Gogh quizá no se agote desde ninguna perspectiva. Y el Van Gogh atormentado y visionario quizá tenga las mismas raíces que el iluminado por la luz celeste de un horizonte glorioso. Ambos comparten una insaciable sed de absoluto: el artista moja sus pinceles en los reverberos visionarios del cristalino de sus ojos insomnes.

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