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Tarantino, el genio que tenía miedo a «Bambi»

Hace 25 años, triunfó con «Reservoir Dogs», una magnífica ópera prima que le llevó a la cima

Quentin Tarantino y Harvey Keitel, durante el rodaje de «Reservoir Dogs»
Quentin Tarantino y Harvey Keitel, durante el rodaje de «Reservoir Dogs» - ABC
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Acaban de cumplirse 25 años del día en que un director al que (casi) nadie conocía estrenó una obra más desconocida todavía. «Reservoir Dogs» fue tan magnífica que catapultó a Quentin Tarantino a la cima cuando apenas empezaba a escalar la montaña. Una cúspide en la que terminó de asentarse dos años después, con «Pulp Fiction». Desde entonces, se mantiene en el Olimpo de su auténtica y gran pasión: el cine. A Tarantino le corre el séptimo arte por las venas. Literalmente. Su padre, Tony, siempre quiso ser actor. De hecho, el cineasta le debe su nombre al personaje de Quint Asper, interpretado por Burt Reynolds, el actor favorito de su madre, en la serie norteamericana de western «Gunsmoke». De pequeño le gustaba jugar solo e inventarse historias de las que disfrutaba con sus juguetes favoritos: su colección de G. I. Joe.

Al contrario que sus compañeros de generación, Tarantino no disfrutaba con las historias de Walt Disney. Es más, «Bambi» ha sido la única película que le ha dado miedo en su vida. Solía ir con su madre al cine a ver filmes que eran de todo menos para gente de su edad, como «Conocimiento carnal», «Grupo Salvaje» o «Deliverance». En este último, protagonizado por Reynolds, hay una escena en la que dos de los personajes son capturados y atados y uno es obligado a ver cómo torturan al otro. Al más puro estilo «Reservoir Dogs» o «Pulp Fiction».

Premio al trabajo duro

Tarantino –que tiene un coeficiente intelectual de 160, el mismo que Einstein– creció amando al cine. Dejó sus estudios para dedicarse a la interpretación en escuelas que pagaba con el dinero que ganaba como acomodador de un cine X primero y como trabajador del pequeño videoclub «Video Archives» después. Allí, se convirtió en toda una eminencia: conoció al director Roger Avary y descubrió que le gustaba más estar detrás de la cámara. Junto a Avary llevó a la práctica su segundo proyecto audiovisual –el primero, el cortometraje «Love Birds in Bondage», no llegó a ver la luz–. Fue «My Best Friend’s Birthday», un intento de película financiado por la propia madre de Tarantino, varios clientes del «Video Archives» y Avary. Resultó un fracaso.

Pero no desistió. Escribió con Avary el guión de «The Open Road», que malvendieron a una productora satélite de Warner Bros. Años más tarde, la franquicia utilizó el libreto para hacer dos partes: «Amor a quemarropa», de Tony Scott; y «Asesinos natos», de Oliver Stone. En el segundo caso, Stone apenas respetó la estética «tarantiniana». También en aquella época, el creador se afincó en Hollywood y conoció al productor Lawrence Bender, que le animó a trabajar duro en el proyecto que tenía entre manos: una historia sobre un grupo de ladrones desconocidos que se reúne para atracar un banco.

Días más tarde, Tarantino le entregó a Bender el guión definitivo, repleto de faltas de ortografía. Para unirlo, utilizó pinzas de la ropa. Pese a su inexperiencia, no estaba dispuesto a cambiar ni una sola coma. En un golpe de fortuna, el guión le llegó a Harvey Keitel. Le fascinó. Apostó por él como coproductor y consiguió que actores amigos suyos como Steve Buscemi, Michael Madsen o Tim Roth lo protagonizasen con a él. Y así nació «Reservoir Dogs».

El presupuesto era tan limitado que los intérpretes tuvieron que utilizar sus propios trajes. De hecho, el famoso Cadillac DeVille era propiedad de Madsen. Pero la película salió adelante y dejó latente la pasión por los detalles de Tarantino. Por ejemplo, hizo que un doctor estuviera presente durante todo el rodaje para que la cantidad de sangre fuera realista. Y obligó a Kirk Baltz a estar varias horas atado a una silla para empatizar con su personaje, el agente Marvin Nash, en la famosa escena de la oreja y la silla. Lo demás, es historia.

Éxito sin pausa

Tras ello, llegó «Pulp Fiction» y el éxito sin pausa. Tarantino siguió dando forma a su estilo, singular y único. Repleto de diálogos magníficos y absurdos. También de referencias y homenajes de todo tipo: desde los western de Sergio Leone a la «Nouvelle Vague» de Jean-Luc Godard, pasando por el cine negro, el de artes marciales o las películas de serie B o serie Z, para crear un producto que, nutrido también de literatura y de historietas «pulp», no ha dejado nunca de retroalimentarse.

A ello hay que añadir una excelente selección de bandas sonoras, personajes inolvidables y una gran amalgama de fetiches y detalles. Para conformar el «Universo Tarantino», la dimensión paralela en la que, como en Marvel, conviven todos los personajes creados por el artista junto a las hamburguesas «Big Kahuna», los cigarrillos «Red Apple» y al ritmo radiofónico de «K-Billy y sus supersonidos de los setenta».

«Jackie Brown», las dos entregas de «Kill Bill», «Death Proof», «Malditos Bastardos», «Django desencadenado» y «Los odiosos ocho», así como los fragmentos bajo su dirección de «Four Rooms» o «Sin City» terminaron de catapultar a un artista que acaba de finalizar el guión de su novena película, «que tratará sobre 1969», como destacó el mismo Tarantino. Una celebración inmejorable a su 25 aniversario como cineasta.

La mala noticia, que será su penúltimo filme. Sin contar la «posibilidad definitiva» de la tercera entrega de «Kill Bill», Tarantino siempre ha dicho que dirigiría exclusivamente diez obras. Las razones, cualitativas, para que su producto nunca depure su esencia. Quiere ser leyenda, seguir en la cima haciendo lo que le gusta: divertir y divertirse.