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FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN

Sorogoyen habla de la cloaca y lo titula «El reino»

Demoledor retrato a lo «Uno de los nuestros» del estiércol moral de la política

Rodrigo Sorogoyen (a la izquierda) y Antonio de la Torre, en San Sebastián
Rodrigo Sorogoyen (a la izquierda) y Antonio de la Torre, en San Sebastián - EFE
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A efectos prácticos, de uso diario, la película del día en el Festival era «El reino», de Rodrigo Sorogoyen, que, no es que sea española, es que es el viejo anuncio del toro de Osborne trasladado a nuestra jugosa jungla política y social: «El reino» es más que una radiografía, es un TAC de estos últimos años en los que la clase política triscaba langostas y hacía negocios como si se las/los merecieran, sin tener ni diente ni talento para ello. Es un documental, falso y por lo tanto lleno de verdad y verosimilitud, de los años en los que triscar y trincar era lo normal, fuera en Valencia, en Madrid, en Andalucía o en Villaarriba y Villaabajo.

La película de Sorogoyen aspira a la Concha de Oro, sí, pero ya tiene ganada de antemano la concha de la ostra, pues nos relata con preciso pulso dramático y de «thriller» todo eso que hemos vivido en carne propia, en los telediarios y en las sedes judiciales: cómo la política autonómica y la empresa y los medios de comunicación local se enredaban, paletamente, en un juego de intereses y mafias dignos de Coppola y Scorsese. De hecho, Sorogoyen le imprime un ritmo cocainómano que recuerda a «Uno de los nuestros» para desbrozar una historia de mafia, poder, traiciones y supervivencia: un personaje es expulsado de «el reino» del trinque y se defiende con grabaciones, «papeles de Bárcenas» y ese electrodoméstico tan útil del ventilador para resistir la embestida de la Ley.

Todo es auténtico, real, vivido y tan estimulante como vergonzoso que puede uno elegir los nombres que ponerles a los personajes, aunque tiene la precaución la película de no otorgarles ni iniciales reales ni siglas de Partido para que el espectador se consuele, si quiere, poniendo las de los otros… ¡País!... Antonio de la Torre es el protagonista, sí, y lo borda, como todos los actores que le acompañan, pero todos ellos, y también el guionista (Sorogoyen e Isabel Peña) deberían compartir derechos de autor con los enchironados y por enchironar: les han regalado guion y personajes. Hay momentos, escenas, situaciones y frases que merecen tanto entrecomillado de la realidad como la tesis full de Sánchez, y tiene un final desolador, con esa caricatura de Ana Pastor, o sea, del periodismo fetén, que hacen del vómito la única respuesta honrada a nuestra realidad. Ahora vas, Escolar, y lo tuiteas.

Laetitia Casta (a la izquierda) y Lily Rose Melody Depp, en San Sebastián
Laetitia Casta (a la izquierda) y Lily Rose Melody Depp, en San Sebastián-EFE

Las otras dos películas en competición eran la francesa «El hombre fiel», de Louis Garrel, y la argentina «Rojo», de Benjamín Naishtat, ambas con una cualidad compartida: arrancaban maravillosamente, y con un defectillo común, tomaban un camino (dejándose otro) manifiestamente mejorable. Louis Garrel, actor de flema y carraspeo, dirige un guion hecho junto a Jean Claude Carrière, una historia llena de ingenio, gracia y ruido reiterativo, con una voz en «off» muy francesa (por no decir muy bressoniana) y con un protagonista masculino (el propio Garrel) completamente inocuo frente a la grandeza femenina, encarnada por la mollar Laetitia Casta y la virginal Lily Rose Melody Depp, hija de Johnny y de Vanessa Paradis. La película tiene gracia hasta donde la tiene, y desaprovecha por completo al personaje grande de la historia, el hijo de Laetitia, con un sexto sentido más digno de Shyamalan que del posturitas Garrel.

La argentina, «Rojo», es una auténtica bomba en su preámbulo, veinte minutos, hasta que la pantalla se inunda con su título: impresionante de fuerza, intriga y ambiente en aquella Argentina de provincias durante el avispero de mediados de los setenta, y con un Grandinetti como espejo de la nación. El porqué se pierde después narrativamente en una ensalada metafórica y llena de hilachas de intención (nadie usa la cabeza dentro de la pantalla, y el personaje detectivesco que interpreta el gran Alfredo Castro es risible sin merecerlo), es el misterio de la historia, aunque la salve con contundencia esa prodigiosa presencia de Andrea Frigerio, tan rebuena actriz.