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La ridiculización cinematográfica de Stalin causa estupor en la cúpula rusa

Ha sido prohibida la exhibición en Rusia de la película de Iannucci sobre el cruel dictador soviético. «Existe un límite moral entre el análisis crítico de la historia y el escarnio», manifestó el ministro de Cultura ruso

Imagen de «La muerte de Stalin»
Imagen de «La muerte de Stalin» - ABC
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Este jueves debería haberse estrenado en los cines rusos la película satírica «La muerte de Stalin», del director escocés Armando Iannucci. Pero su proyección ha quedado paralizada por el momento a la espera de ser sometida a un informe jurídico. En cualquier caso, y a juzgar por la irritación que ha causado en el seno de la clase política rusa, que ve detrás de todo un episodio más de la «guerra ideológica» de Occidente contra Rusia, no parece que la cinta vaya a ser finalmente aceptada. Solamente un cine de Moscú, el «Pioner», ha desafiado la prohibición y la ha puesto en pantalla.

El último trabajo de Iannucci, presentado en el Festival de Cine de Toronto y cuyo estreno en el Reino Unido se produjo en octubre, relata en términos sarcásticos la lucha de poder y las intrigas que se desataron en Moscú tras la muerte, el 5 de marzo de 1953, de Iósif Stalin, jefe del Estado y líder supremo del Partido Comunista de la Unión Soviética hasta ese momento.

Después de haber recibido los correspondientes permisos y cuando en las salas de cine del país ya estaba programada en cartel, «La muerte de Stalin» fue mostrada el lunes en un pase restringido con asistencia del ministro ruso de Cultura, Vladímir Medinski, diputados, directores de cine, expertos y algún personaje de relieve. La respuesta a lo observado fue de repulsa. El consejo asesor del ministerio que dirige Medinski desaconsejó el estreno mientras éste recibía de ellos una carta de estupor con las firmas de 21 personalidades del mundo de la cultura y la política, entre ellas, la hija del mariscal Gueorgui Zhúkov.

«Existe un límite moral entre el análisis crítico de la historia y el escarnio», manifestó el ministro de Cultura ruso al día siguiente de ver la película. Según sus palabras, «mucha gente de edad avanzada, y no sólo ellos, la han percibido como una burla insultante de su pasado soviético, de un país que derrotó al fascismo, del Ejército soviético, de la gente en general...».

El ministro dijo haber advertido a la distribuidora que una caricatura tan grotesca del régimen de Stalin sería «inoportuna» cuando el próximo 2 de febrero se celebra el 75 aniversario de la victoria sobre las tropas hitlerianas en la sangrienta batalla de Stalingrado, hito que sentó las bases de la derrota que sufriría la Alemania nazi dos años más tarde.

Contiene elementos «extremistas»

El consejo de sabios adscrito al Ministerio de Cultura, del que forma parte el conocido cineasta ruso, Nikita Mijalkov, cree que «La muerte de Stalin» contiene elementos «extremistas» y constituye «un ejemplo claro de la guerra ideológica contra Rusia» que, según su punto de vista, están librando Europa y Estados Unidos.

Los 21 autores de la carta a Medinski denuncian que a los protagonistas personificados en la cinta (Nikita Jrushiov, que terminaría siendo el nuevo dirigente soviético, Lavrenti Beria, el que fue temible jefe del letal NKVD, Gueorgui Malenkov, jefe del Gobierno, o el mariscal Zhúkov) los presentan como «un atajo de idiotas». En el escrito se estima que el filme ofrece un visión «calumniosa» y «humillante» para los soviéticos que lograron la derrota de Hitler, dejando en ello millones de muertos, y lamenta que a Zhúkov le hagan aparecer como un «payaso». El mariscal, precisamente, es uno de los principales símbolos de la victoria contra los nazis y se le atribuye, aunque no hay unanimidad entre los historiadores, un papel decisivo en la batalla de Stalingrado.

Para Elena Drapeko, vicepresidente del comité de Cultura de la Duma (Cámara Baja), la película de Iannucci «es algo de una repugnancia nunca vista para mí (...) trata de convencernos de que nuestro país es horrible». Ella es la que ha observado contenido «extremista» en la última realización del director escocés. Por su parte, Nadezhda Usmánova, portavoz de la Sociedad Histórico-Militar de Rusia, considera que «algo así no se puede mostrar en las salas de cine. Insulta nuestra historia y ofende a la gente».

Así que, ante tal aluvión de críticas, a Medinski no le ha quedado otro remedio que retirar a la distribuidora «Volga» el derecho de exhibición, que ya había sido concedido. Eso sí, el ministro ruso asegura que en Rusia «no tenemos censura, no tememos las críticas a nuestro pasado». El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, tampoco cree que la prohibición del filme pueda ser catalogado como censura.

En 1956, en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, se condenó el «culto a la personalidad» de Stalin y se inició una desestalinización que se no culminó completamente, aunque sí sirvió para hacer desaparecer del país todos los monumentos dedicados al dictador y de las librerías y bibliotecas sus publicaciones. Tras la caída del comunismo y la desintegración de la Unión Soviética, en la época de Borís Yeltsin, se intensificó la condena de los crímenes de Stalin y el reconocimiento del sufrimiento padecido por las víctimas.

Sin embargo, con el actual presidente ruso, Vladímir Putin, la tendencia va en la línea de rehabilitar a Stalin, cuya siniestra figura se agita de forma intimidatoria contra los «enemigos» exteriores e interiores. Putin cree que, pese a sus defectos, «Stalin industrializó el país y venció a los nazis». El jefe del Kremlin se ha apropiado esa victoria y cada año la celebra con mayor aspaviento, hasta incluso las efemérides de cada una de las batallas más importantes.