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María, reina de Escocia La «promiscua» reina católica a la que Isabel I de Inglaterra decapitó tres veces para que no le robara el trono

Viuda tras dos años casada con el Rey de Francia, la muerte de Francisco II lo cambió todo para María Estuardo, una católica rodeada de protestantes, Reina de Escocia y con derecho de nacimiento a reclamar el trono inglés, desde donde gobernaba su prima Isabel Tudor

Margot Robbie es Isabel I de Inglaterra en «María, reina de Escocia»
Margot Robbie es Isabel I de Inglaterra en «María, reina de Escocia»
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Tenía solo seis días de vida cuando en 1542 se convirtió en Reina de Escocia. Su padre Jacobo V acababa de fallecer y la pequeña María Estuardo fue trasladada, por su seguridad y por la agitación religiosa, a la católica Francia, la tierra natal de su madre. En el país galo, se casó con el delfín Francisco, que ascendió al trono francés cuando la monarca contaba con 16 años. Al estrenar la mayoría de edad dos más tarde, en 1560, ya estaba viuda, tras un periodo como reina consorte del país de apenas dieciséis meses.

Sus agitados primeros pasos en el mundo tan solo auguraban un futuro gris, aunque por entonces lo desconocía. Ahora, la película «María, reina de Escocia», profundiza en su figura, que encarna Saoirse Ronan, y en la que Margot Robbie es Isabel Tudor. Un filme inspirado en la biografía «María Estuardo: La reina mártir», del Dr. John Guy, que explora la caída de María Estuardo causada por la amenaza que representaba para el trono de Inglaterra, y donde se demuestra que las personas que la rodeaban arrastraron su reputación por el fango. Ella no fue,como se dijo, una reina débil ni sexualmente promiscua.

«Me di cuenta de que si entendíamos la relación de poder entre las dos reinas, veríamos que nuestra idea de María es totalmente errónea», explica Guy. «María fue objeto de una campaña sistemática de descrédito cuyo autor intelectual fue el inglés William Cecil. Supo manejar a todos para que llegaran a las conclusiones que le interesaban. Pero al igual que con el escándalo Watergate, si uno se molesta en leer la letra pequeña, descubre una historia muy diferente. Me pareció importante contar la verdad porque la figura de María sufre cuando se la compara con Isabel. Las fuentes existen, basta con leerlas para obtener una nueva visión de la historia», defiende el autor, cuyo objetivo era aportar una perspectiva diferente a la visión histórica de María.

«Una de las cosas que más me atrajo del proyecto fue la sensación de hermandad entre María e Isabel, dos mujeres jóvenes que entendían perfectamente lo que significaba estar en la piel de la otra», añade Beau Willimon, guionista de «María, reina de Escocia». «Existe un profundo vínculo entre las dos, pero también son rivales. Cada una quiere el trono de la otra y se produce un vórtice que conduce de la hermandad a la rivalidad, de un intento de lograr la paz y el afecto al arte de gobernar y a la intriga».

La muerte que lo cambió todo

La prematura muerte de Francisco II tendría unas consecuencias inmensas para su viuda, María Estuardo, y por ende, de manera indirecta, para Isabel I de Inglaterra. Cuenta Sarah Gristwood en «Juego de reinas» (Ariel, 2017) que la hija de Jacobo V había crecido con las expectativa de que su papel como reina consorte de la acaudalada Francia superarían en rango al de la reina soberana de la oscura Escocia. Sin embargo, enfrentó el luto por la pérdida de su esposo –recluida como prescribía la costumbre en una sala en penumbra– siendo consciente de que su futuro había cambiado con tal deceso de forma importante, ya que era Catalina de Médici la que ostentaba el poder donde María de Estuardo había anhelado reinar y ella, por derecho de nacimiento, podía reclamar el trono inglés.

A la muerte de Francisco II, María Estuardo le comentó al conde Bedford, quien llevó las cartas de pésame de Isabel, que esta «se comportaba como una buena hermana, de la cual sentía una gran necesidad», escribe la autora de «Juego de reinas». Reiteró que ella e Isabel eran (tal como había escrito María Tudor) dos reinas «en una isla, ambas del mismo idioma, ambas las parientes más cercanas de la otra y ambas reinas». No logró darse cuenta, reflexiona Gristwood, que aunque Isabel confesó a Maitland su «obligación de amar a María», por ser su pariente consanguínea más próxima, para los ingleses, la cuestión de que María reivindicara el trono de Inglaterra era y sería un obstáculo. Rodeada de un consejo de protestantes, como William Maitland de Lethington, María Estuardo terminó chocando con Inglaterra, país al que sus oficiales alentaban acercar posturas. Esa presión para invertir en una relación creciente con el país vecino suscitó en un principio el interés de la propia María, si bien terminaría por enfrentarla inevitablemente con Maitland.

La vida de María Estuardo estuvo repleta de vicisitudes. Mujer gobernante en un mundo de hombres, tuvo que hacer frente a numerosas conspiraciones de su entorno, que veían en ella, por su edad, inexperiencia política y su condición de mujer, a alguien fácilmente manipulable. Y, en parte, se convirtió en títere en casa de motu propio, ya que en plena agitación religiosa, María accedió a mantener el statu quo, con el protestantismo como religión oficial, si bien ella seguiría acudiendo a misa católica en su capilla de Holyrood. Su principal enemigo a su regreso a Escocia fue lord Jacobo, su hermanastro, «un hombre capaz y ambicioso en el que solo el hecho de ser ilegítimo le impedía ser el sucesor de su padre, Jacobo V», que, seguramente, habría preferido que su hermanastra permaneciera en Francia.

Católica en un país enfrentado con la autoridad papal, abolida por el Parlamento reformista, su regencia fue incómoda para todos. Empezando por ella, que vio como el gobierno de su prima Isabel Tudor sí calaba en Inglaterra. Todo ello a pesar de su entereza enfrentándose a hombres poderosos como el reformista John Knox, que encabezó el bando de los protestantes escoceses convencido de que una mujer gobernante era «un monstruo de la naturaleza» y extendió la leyenda popular sobre las últimas palabras de Jacobo V, que al enterarse en su lecho de muerte de que su mujer había dado a luz a una hija, exclamó: «¡Vino de una muchacha y acabará en una muchacha!».

«María tenía solo dieciocho años cuando empezó a gobernar. Isabel Tudor era una mujer de veinticinco con una experiencia insólita cuando ascendió al trono», aclara Gristwood, para quien el fracaso de María Estuardo en Escocia mientras que Isabel se impuso en Inglaterra puede achacarse «a la personalidad, a la capacidad y a la formación, y en cierto grado también al hecho de que la nobleza y la Iglesia escocesas tenían un concepto muy distinto de su relación con la monarquía». Tampoco ayudaba el carácter de María Estuardo, para quien empezó a ser común ahogar en el llanto la frustración por la desobediencia de su consejo más cercano, una afección que el embajador inglés Thomas Randolph denominó las «pasiones repentinas» que la sobrevenían «tras cualquier crueldad o amargura de espíritu.

Cada una eligió un camino muy diferente en cuanto al matrimonio y a su descendencia, por lo que quedarán inmortalizadas en la Historia. Isabel, apodada «la reina virgen», fue última monarca de la dinastía Tudor, y gobernó hasta su muerte, a los 69 años; María, acusada del intento de asesinato de Isabel, terminó siendo condenada a muerte y ejecutada a los 44 años por un verdugo que se arrodilló pidiendo perdón. «Te perdono con todo mi corazón, porque ahora, espero, darás fin con mis problemas», dijo ella.

«En tus manos, oh Señor, encomiendo mi espíritu». Fueron las últimas palabras de María Estuardo, que no fue decapitada de un solo corte sino de tres, después de que el primero rozara el cuello y cayera sobre la parte posterior de su cabeza. El segundo segó el cuello excepto algún tendón, que fue cercenado finalmente por el hacha. «Dios salve a la reina», clamó el verdugo al levantar la cabeza, sin vida, de María Estuardo.