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The Irishman

Drogas y «sangre por todas partes»: el sórdido infierno del que Robert de Niro salvó a Scorsese

Más importante que las casi diez colaboraciones juntos fue el momento en el que el «Toro salvaje» de su actor fetiche le rescató cuando una ingesta de falsa cocaína a punto estuvo de matar al director, que no tenía pensado sobrevivir a los cuarenta años

Robert de Niro y Martin Scorsese
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Hace casi un cuarto de siglo desde que Martin Scorsese y Robert de Niro trabajaron juntos por última vez. El que fuera actor fetiche del cineasta italoamericano, con quien colaboró en casi una decena de filmes, fue sustituido con los años por otro más joven, Leonardo DiCaprio, que recogió su testigo en cinco películas. La edad pasa factura a todos, pero entre los dos viejos amigos algo resistió al paso del tiempo.

Porque inspirar al maestro no fue lo único que consiguió De Niro, cuyo apoyo fue fundamental para librar a Scorsese de sus demonios. Tras un descanso de unos años, vuelven reforzados con «The Irishman», donde el director de «Taxi Driver» se reencuentra no solo con el que fuera su Travis Bickle sino también con Joe Pesci, con quienes no trabajaba desde «Casino», en 1995. La esperada película, una especie de «Goodfellas» entrada en años con un De Niro en el papel del asesino de la Mafia Frank Sheeran, cuenta también con Al Pacino, que trabaja para Scorsese por primera vez.

«La gente es más vieja en "The Irishman". En realidad, se trata más de mirar atrás, una retrospectiva de la vida de un hombre y las elecciones que ha tenido que tomar», dijo Scorsese en 2017 sobre la película, aunque bien pudiera estar reflexionando sobre sí mismo. Y en esa retrospectiva no podía faltar el hombre que le rescató, a base de golpes, del infierno.

Como siempre después de un fracaso –el batacazo en taquilla de «Silencio»– Scorsese vuelve a refugiarse en lo que le resulta familiar. El reconocido defensor de las salas de cine emprende, junto a sus viejas glorias, una revolucionaria etapa en la que, después de criticar Netflix, termina refugiándose en la plataforma para que financien el proyecto, en la recámara durante más de una década. Pero el cambio no lo es tanto. Y el viejo genio vuelve a sus orígenes, más fuerte ahora que en el pasado.

Un pasado a la deriva

A finales de los sesenta, un grupo de cineastas arrastrados por la contracultura restauró el desgastado sistema de estudios, dando prioridad a la figura del director sobre la del productor. Se dejaron de miramientos y convenciones sociales, retratando sin pudor la violencia o el sexo. Renovaron los géneros cienematográficos, y pasaron a la historia. Eran los George Lucas, Coppola, Dennis Hopper de turno. La nueva ola americana, la generación de los setenta. Y Martin Scorsese sobresalía sobre todos ellos. «Marty era la estrella. Estaba en un nivel totalmente diferente del resto de nosotros. Podía citarte películas, describirlas por toma. Mientras nosotros nos dedicábamos a tontear por ahí, tratando de encontrar la exposición correcta, él ya empezaba a filmar esas joyitas», recuerda el director Jim McBride en «Moteros tranquilos, toros salvajes», de Peter Biskind (Anagrama).

Todos sabían que Martin Scorsese era un genio, pero su arte no le libró de caer en picado. Como sus compañeros de la generación del Nuevo Hollywood, que rompió estigmas y sentó las bases de una nueva forma de hacer y entender el cine; que revitalizaron una industria siempre reacia a los cambios. «Como a (casi) todos los demás, la película que le motivó para ser cineasta fue "Ciudadano Kane"». Pero también «Sombras». «Toda mi vida no he hecho más que rebotar entre "Sombras" y "Ciudadano Kane"», reconoció Scorsese. Coppola les abrió el camino a los niños mimados del cine y cada uno aprovechó la brecha de «El Padrino» a su modo. Steven Spielberg y George Lucas abogaron por el puro espectáculo; otros, como Peter Bogdanovich, convirtieron su admiración en un más que digno trabajo. Hal Ashby (víctima de la gran tragedia de Hollywood), Warren Beatty... Todos ellos se emergieron con personalidad al otro lado del charco, convirtiendo a América en una portencia también cinematográfica.

Pero Scorsese, bajito, inseguro como era, toda una maraña de nervios, fue más allá. Llevó su vida a la gran pantalla, convirtiendo la ficción en su remedio contra la ansiedad, su modo de desahogarse. Imprimió su huella en todas sus cintas, en las que se pueden apreciar obsesiones, como la religión, o miedos a los que solo encontró refugio tras las cámaras. Aprendió de sus coetáneos, pero también respiró la personalidad del arte que se hacía en Europa, convirtiéndose en el maor autor de sus contemporáneos. «Lo que Godard mostraba eran nuevas maneras de usar las imágenes para contar una historia, nuevas maneras de filmar, de montar», dijo el de Little Italy sobre el director parisino.

El infierno de un genio

Pero su genialidad no le libró de tropezar como el resto, precipitándolo al abismo de lo mundanal, del exceso de éxito. A finales de los setenta, «una espesa capa de nieve empezó a caer sobre Hollywood». El consumo de cocaína se extendió, ya no estaba mal visto. Y, como muchos otros, Scorsese se dejó llevar por el polvo blanco. Enfadado como estaba por el fracaso comercial de «New York, New York», se comportó como un niño pequeño y se cogió un berrinche: «Lo que hice fue comportarme de una manera tal que fuera imposible que me respetaran. Estaba demasiado drogado para solucionar el problema de fondo», reconoció el director.

Cuenta Biskind que le recetaron litio para aplacar su ira, pero tras cuatro meses volvió a la cocaína, «su droga preferida». «Parecía perdido en otro mundo, era Luke Skywalker avanzando a trompicones por el planeta helado Hoth en la primera escena de "El Imperio contraataca", perdido en una tormenta de nieve». Hizo suya la filosofía de James Dean, vive rápido y muere joven, que tu cadáver sea guapo. Porque Scorsese no tenía pensado sobrevivir a los cuarenta. «Todo era cuestión de forzar la máquina, de ser malo, de ver cuánto podías hacer. Vivir al límite. Si me drogaba de ese modo era porque quería hacer muchas cosas, quería acelerar a fondo, llegar hasta el final y ver si moría. Eso era lo fundamental, experimentar cómo acercarse a la muerte», y esa temeridad imprimía a sus películas una pasión de alto voltaje que lo hacía diferente, mejor que el resto.

El salvador

Pero un viejo conocido habría de acudir en su ayuda. Su actor fetiche, con el que ya sumaba tres colaboraciones («Malas calles», «Taxi Driver» y «New York, New York»). Robert de Niro visitó a Marty y le entregó una biografía de Jake La Motta, un boxeador de peso medio. Se llamaba «Raging bull» («Toro salvaje») y Bobby (De Niro) no podía librarse de esa historia que quería convertir película. «Yo no quería hacer "Toro Salvaje". Tenía que encontrar la salida por mí mismo. Y no me interesaba encontrar la salida, porque había intentado algo («New York, New York») y había sido un fracaso», reflexionó Scorsese. La vida del director también estaba patas arriba, era un caos, y no podía centrarse en un proyecto que no le decía nada.

Pese al éxito, Scorsese seguía siendo débil desde el punto de vista emocional, vulnerable a los fracasos, una secuela de los trastornos experimentados en su infancia: su diminuta estatura, su fragilidad, la percepción de sí mismo como poco atractivo. Era fácil herir sus sentimientos; se ofendía rápido, pero era lento en olvidar. Alimentaba rencores durante años, levantaba un muro su alrededor. Su inseguridad, imperceptible desde las butacas, no se escapa a su entorno más cercano, como el guionista Mardik Martin, que lo recuerda a la deriva: «En lo personal estaba perdido. Seguro como era en el plató, siempre fue muy inseguro en lo que atañe a sí mismo, como hombre, y también en sus relaciones con los demás. Le invité a una fiesta y le dije: "Nos lo pasaremos en grande, chicas, orgías..." Y me dijo: "No, seguro que va alguien que sabe quién soy". "No tienes por qué decirle a nadie quién eres. ¿A quién le importa?", le dije, y me respondió: "No, no, no; no me manejo bien con una mujer que no sabe quién soy". Tenía que ser Martin Scorsese a toda costa para poder enfrentarse a una mujer, pero después le preocupaba que a ella solo le gustara porque era Martin Scorsese».

Pese a la insistencia de De Niro, Marty no cedía: «Yo sabía qué había querido decir con "Malas calles", y también con "Taxi Driver". Y hasta sabía lo que había querido decir con "New York, New York". Pero sé que no sabía de qué demonios iba "Toro Salvaje"». Después de tres películas juntos y tras el fracaso de la última, Scorsese se negaba a repetir: «Ya no quería seguir jugando».

De nuevo, fue una antigua amistad la que terminó por convencer al empecinado cineasta, la del guionista Paul Schrader, que a pesar de estar ya centrado en su carrera como director, volvió junto a Scorsese, para quien había escrito el libreto de «Taxi Driver». Tras realizar su propia investigación para empezar con el material, descubrió a Joey, el hermano de Jake y no tardó en ver en su relación un reflejo de la suya con su hermano Leonard. «Los dos eran boxeadores. Joey era más joven, más guapo, y tenía mucha labia. A Joey se le ocurrió que podía ser más útil representando a su hermano. No tendría que recibir golpes, seguiría ligando con chicas y, además, le pagarían. Y como yo también tengo un hermano, me fue muy fácil conectar con esa tensión. Me di cuenta de que allí había una película». Scorsese, convencido finalmente, no dejó de poner trabas. Quería, con el apoyo de De Niro, darle cierta sensibilidad a ese ser en apariencia primitivo: «Bob y yo nos pinchábamos mutuamente para conseguir que el personaje fuera lo más desagradable posible y para que, pese a eso, al público le cayera bien. Porque Bob, como actor, tiene algo, algo en el rostro, que hace que la gente vea ese lado humano», confesó Marty.

Ultimátum

Pero todo el esfuerzo estuvo a punto de no servir para nada. Durante el Festival de Telluride, Scorsese, De Niro, Mardik Martin y su pareja por aquel entonces, Isabella Rosellini, se quedaron sin cocaína y se colocaron con cualquier suerte de polvo blanco que les habían proporcionado. Y la ingesta a punto estuvo de acabar con la vida del cineasta. Sangraba por todas partes y los médicos le comunicaron que carecía de plaquetas. La mezcla de la falsa cocaína con el medicamento para atenuar el asma fue una bomba que a punto estuvo de no poder contar. El mensaje era claro: o cambiaba de vida o moría.

«¿Qué te pasa Marty? ¿No quieres vivir para ver crecer a tu hija, para verla casada? ¿Vas a ser una de esas flores de un día que hacen un par de buenas películas y se acabó? ¿Sabes una cosa? Podemos hacer esta película ("Toro Salvaje") Podemos hacer un gran trabajo. ¿Vamos a hacerla o no?», le advirtió el siempre presente De Niro. Y Scorsese respondió que sí, porque había encontrado algo que le gustaba de la historia de La Motta, algo con lo que se identificaba: la autodestrucción, el daño gratuito a la gente que lo rodeaba. Tuvieron que cambiar el guión para que los estudios apostasen por una película complicada, que podía obtener calificación X y en blanco y negro, con aspecto de tabloide. Mano a mano, director y actor se pusieron las pilas. Desde St. Martin reescribieron el libreto de principio a fin. De Niro cuidaba a Scorsese, le preparaba el café todas las mañanas mientras que este tomaba Tedral para limpiarse los pulmones. El medicamente lo debilitaba, pero la confianza en un proyecto en el que ahora creía pudo con todo.

Comenzó a rodar «Toro Salvaje» abrumado, con la convicción de que sería su último filme. «Me lo tomé muy a pecho. Quise devolver el golpe, como diciéndoles, esto es lo que puedo hacer y no sé si me quedará algo más dentro (...) Después de "New York, New York", pensé que yo nunca tendría el público de Spielberg, ni siquiera de Coppola. Mi público son los tipos con los que me crié, listillos, gente de Queens, camioneros, tipos que cargan muebles. Si a ellos mi película les parece buena, me siento bien. Puede que esté loco, pero más que desvirtuar el argumento y hacer otras diez películas después, prefiero dejarlo y no volver a hacer más películas después de esta. Así pues, ¡qué diablos me importa!». Esa convicción liberó al director, que fue capaz de filmar una de las mejores cintas de su carrera. Una en la que al principio no confiaba.

El filme sobre Jake La Motta fracasó en taquilla de forma todavía más estrepitosa que «New York, New York» y Scorsese volvió a salir tocado. Creía que nunca iba a encontrar su público, como hacían Coppola o George Lucas, y que solo sería mimado por la crítica. «Cuando perdí con "Toro Salvaje" me di cuenta de que, si sobrevivía, mi lugar en el sistema estaría fuera; sería un observador», comentó. De Niro le echó un capote cuando Scorsese más lo necesitaba. Y este se lo devolvió cuando el actor quiso ponerse a sus órdenes en «El rey de la comedia». Aunque se arrepintió de volver a ceder. «Durante el rodaje de "Toro Salvaje" habíamos explorado todo lo que podíamos hacer juntos. No debería haber hecho "El rey de la comedia", tendría que haber esperado a que saliera algo de mí», confesó.

Finalmente, el infierno que vivió durante la época más oscura de su carrera terminó sirviéndole de lección profesional y personal. «Todo dependía de mí. En última instancia, a nadie le importaba, ni a mis amigos más íntimos. ¿Quieres hacerte el loco? ¿Quieres colocarte en una situación en la que no puedas trabajar? A nadie le importa un carajo. Y terminas solo. De un modo u otro, te enfrentas a ti mismo. Como Jake La Motta cuando se mira en el espejo al final de "Toro Salvaje"», admite el director. Y salió adelante, a cuestas, pero hacia adelante.