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Alejandro Amenábar: «He intentado no ofender, ser entendido por la izquierda y la derecha»

El cineasta viaja con «Mientras dure la guerra» a 1936 para revivir el choque entre Unamuno y Millán-Astray

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Con las manos sobre las rodillas y la espalda bien pegada al respaldo, Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) comienza la entrevista con la presión del opositor que tiene que demostrar que domina cada rincón de su lección. Tiene las notas a mano y amenaza con enseñar la extensa bibliografía con la que preparó «Mientras dure la guerra». Y aún así mastica cada palabra, la piensa y la exprime hasta que la pronuncia. Sabe que hacer una película sobre el duelo dialéctico entre Miguel de Unamuno y Millán-Astray, fundador de la legión, en los albores de la Guerra Civil es un ejercicio de riesgo: «No es tan difícil, creo, acotar entre las distintas fuentes de un bando y otro y ver qué se dijo y qué pasó», defiende el director. Porque en España hasta la Historia tiene bandos, pero al igual que la mano de Carmen Polo salvó al filósofo del linchamiento en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, Amenábar confía en el magnetismo de sus personajes para salir airoso del trance. Porque no es un documental, ¿o acaso alguien, al mirar el Guernica, se pregunta si ese día había un miura en el pueblo?

P - La España de 1936 que dibuja en la película, ¿tiene su eco con la actualidad política de hoy?

La película ya era pertinente o inoportuna hace unos años, cuando la escribimos. Luego se quedó en el cajón bastante tiempo y ahora ha coincidido en un momento especialmente convulso, pero es fruto de la casualidad.

P - ¿Ve paralelismos entre el pasado y el momento convulso que menciona?

Los que veo son a nivel internacional, con países divididos, una Europa que cuestiona su unidad, apelaciones al nacionalismo, auge de la ultraderecha… Y en medio de ese mar está España, como en el 36, envuelta en una sinergia de derecha, izquierda, extremismos… En el 36, España fue caldo de cultivo de la Segunda Guerra Mundial y cayó en una guerra fratricida. No creo que hoy vayamos a acabar en guerra, espero que no, pero los síntomas no son buenos. Y en casos como el actual hay que identificar esos problemas, ser valientes y apelar a la convivencia. No es una propuesta buenista, sino realista o pragmática, que es entender que en tu bloque de vecinos no todos van a votar lo mismo, y ahí está la gracia: salir a la calle y entendernos.

P - Hay una escena casi como el duelo a garrotazos de Goya, pero con palabras, en la que los dos amigos enfrentados hablan y discuten durante horas...

Quería que fuera la gran discusión entre las dos Españas de siempre, y darles argumentos sólidos a una y a otra, y no dejar que una gane independientemente de mi signo político. Yo quería alejarme, subir la música y dejarles discutiendo. Lo bonito es que ellos después siguen caminando tan amigos, que en el fondo se trata de eso. Igual en España tenemos discusiones como las que puedan tener en Inglaterra, en Bélgica, pero somos acalorados, apasionados... ¿Qué sería lo deseable? Que después de tanta pasión, haya un momento en el que podamos seguir caminando, porque si no acabamos en una guerra.

P - En la calle discute menos la gente que en el Congreso.

Yo tengo la sensación de que la política se exagera, se teatraliza. Los políticos la lían parda en el Parlamento pero luego salen juntos a tomar un café. Lo triste es que los medios lo reproducen y lo magnifican y eso acaba repercutiendo en la gente, que termina discutiendo cuando saca a pasear al perro.

P - Se desvela en mostrar las contradicciones de Unamuno. ¿Ve esos debates internos en la política actual?

Las de Unamuno parten de sus convicciones, él es fiel a sí mismo y a sus ideas. Él dice, yo no cambio, cambian ustedes. Él, padre de la República, es el primero, y para mí es loable, en reconocer las cosas malas de la República, en denunciar y en renegar de la República. Cuando llega el golpe militar piensa que una facción del Ejército va a devolver el orden, y cuando se da cuenta de que esto se va a convertir en una guerra de sangre de nuevo eleva la voz. Él es fiel a sí mismo, son los demás los que se traicionan.

P - Unamuno se jugó la carrera y la vida por sus opiniones políticas. ¿Qué presiones tienen hoy los intelectuales?

Yo no me comparo, pero me siento interpelado cuando alguien como él hizo lo que hizo. Yo pienso qué haría si llegamos a una situación extrema que lleva al país a la locura... ¿Me exilio como Chaves Nogales? ¿Lo de Unamuno, que no tenía nada que ganar y todo que perder aquel día? Evidentemente, me lo pregunto, pero cuando hago una película como esta solo aporto mi granito de arena, no me juego más.

P - Se va a la Guerra Civil... Hoy tenemos problemas como la corrupción, el tema catalán...¿El cine español ya no se fija en la actualidad?

El cine sigue su carrera marcada por la tendencia en Hollywood: «blockbusters» y acción. Y en España, además, comedias o terror, que dan dinero. Es decir, que tiene que ver más con la tendencia del cine espectáculo. Por eso, hacer en España una película como esta que hable en profundidad de España y de los españoles es una operación de alto riesgo.

P - ¿Cómo de riesgo?

Es un milagro. No soy un iluso, no hipotecaría mi casa para hacer una película, pero sí sientes el vértigo porque cuesta muchísimo dinero. Recrear Salamanca en el 36, vestuario, maquillaje… Las ventanas de explotación se reducen, pero las películas cuestan lo mismo.

P - ¿Miedo a la censura de la presión social, al boicot?

Mire, como siempre digo, me he acostumbrado a ir por la vida en libertad como ciudadano y como creador. No trabajo con miedo. Con cautela sí, te lo piensas, desde luego. En una película como esta lo que he intentado es no ofender. Y eso significa ser entendido por alguien de izquierdas y por alguien de derechas. Quiero que la película tenga algo catárquico sobre los espectadores españoles. En ese sentido, intento crear espacio para ambas tendencias. Eso no significa que sea equidistante. No me veo a la misma distancia de Unamuno que de Franco, pero sí he intentado ser respetuoso: de Franco he intentado hacer un retrato realista y profundo del personaje. En ese sentido, no hago la película con vocación de escandalizar, sino de expresarme. Si al expresarme alguien se siente ofendido, pues ya no puedo responder. La he hecho en conciencia.

P - ¿Vamos con la camiseta de nuestra ideología al cine?

La política es política, y es complicado plasmarla en el cine. En los test con espectadores previos trabajamos con gente de distinto signo, y ocurrió una cosa curiosa. Queríamos ver cómo influye la película en tu juicio o prejuicio, si te dejas vencer o convencer por Unamuno. Hemos logrado cosas como que los espectadores que no saben qué iban a encontrar se sientan identificados con el personaje de Unamuno. Seas de derechas o de izquierdas, es fácil entender a Unamuno y sus contradicciones. Así lo siento.

P - Por último, la pregunta del examen: ¿qué pasó en el Paraninfo? Porque en la visión de esa historia también hay bandos...

Del acto del Paraninfo me he leído todo lo que se ha escrito, sobre todo en este último año, que ha habido mucha polémica. No es tan difícil, creo, acotar entre las distintas fuentes de un bando y otro, y ver qué se dijo, qué no y qué pasó. Lo cual no es exactamente lo que aparece en la película. En el discurso, por lo visto, el detonante del grito de Millán-Astray fue la mención a la figura de José Rizal. Si tengo que explicar quién es Rizal y la guerra de Filipinas para que el espectador lo entienda, algo que no iba a tener importancia para la película... Pero el espíritu de lo que se dijo, las menciones anti-España, las menciones a Cataluña.. Incluido el grito «mueran los intelectuales», que creo que es lo que dijo Millán-Astray, está ahí; he intentado ser muy cuidadoso con todo eso.