Farage, líder euroescéptico: «Dejar entrar a España en el euro fue un error de los fanáticos del Estado europeo»
Nigel Farage, líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) - reuters
divorcio entre londres y bruselas (I)

Farage, líder euroescéptico: «Dejar entrar a España en el euro fue un error de los fanáticos del Estado europeo»

ABC inicia el análisis de las tormentosas relaciones entre Gran Bretaña y la UE con la provocadora campaña del líder del soberanista Partido de la Independencia (UKIP), que aspira a lograr 13 eurodiputados y el 20% del voto en las europeas

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Entra en la sala presentándose como «el revolucionario a la vuelta de la esquina», el «peligro público», el «líder de un partido de homófobos y extremistas». Así es como le percibe el «establishment», según se queja el siempre provocador Nigel Farage, cabeza de cartel del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP). Esta formación euroescéptica, populista y soberanista es el fenómeno electoral e ideológico que recorre –y corroe– Gran Bretaña. «Mi intención es ganar las próximas elecciones europeas y crear así un terremoto en la política británica», proclamaba Farage en un encuentro con periodistas extranjeros en Londres el lunes.

El UKIP tiene nueve eurodiputados; el propio Farage lo es desde 1999Los sondeos diarios de intención de voto que elabora la empresa YouGov le atribuían este mismo lunes un 11% de los votos, frente al 40% de los laboristas, el 33% de los conservadores y el 9% de los menguantes liberales [puedes consultar aquí la tabla]. Por eso, nadie cree que esta formación vaya a hacer crujir los cimientos del palacio de Westminster cuando se celebren las próximas elecciones generales, previstas para mayo de 2015.

Pero los comicios al Parlamento Europeo del próximo mayo son otra cosa. Un sondeo elaborado por la empresa ICM para « The Guardian» le concede un 20% de los votos en las europeas, por un 35% de los laboristas y un 25% de los «tories». En realidad serían tres puntos más que el resultado obtenido en los anteriores comicios europeos en 2009. La proyección le otorgaría 13 eurodiputados, cuatro más de los que ya tienen, incluido el propio Farage, entregado en cuerpo y alma a separar a su país de las instituciones a las que pertenece desde 1999, cuando obtuvo el acta de eurodiputado por primera vez.

«Somos un partido pro-inmigración»

«Estas elecciones europeas son las más importantes que hemos tenido nunca... no queremos estar gobernados por una panda de señores viejos residentes en Bruselas», afirma Farage, más desafiante que nunca a sus 49 años. El UKIP acaba de relegar a los conservadores a la tercera posición en unas elecciones parciales en Wythenshawe, cerca de Manchester, con el 18% de los votos, frente al 14,5% obtenido por el candidato «tory». En esta circunscripción norteña, donde se concentra la población industrial del país, el candidato laborista se hizo fácilmente con el escaño en la Cámara de los Comunes en juego con el 55% de las papeletas.

Pero la lectura interesante es otra. El UKIP quiere salir de sus caladeros de votos en la Inglaterra rural y tradicional del Sur para apelar al voto obrero hastiado de la clase política con su exigencia de limitar y controlar la inmigración y salirse de la UE. Según su análisis, es el fenómeno que refleja el reciente referéndum en Suiza sobre los límites a la inmigración comunitaria, castigado ya por Bruselas. «El resultado muestra que la clase política se tambalea a lo largo y ancho de la UE», clamaba Farage.

En el «centro» del espacio euroescéptico

Este electorado industrial doblegado por la crisis es el mismo yacimiento que cortejan los partidos extremistas en toda Europa, como el Frente Nacional en la vecina Francia. Pero Farage se separa de ellos. «Marine Le Pen es una mejora con respecto a su padre, pero lidera un partido que tiene el antisemitismo demasiado interiorizado, no nos juntaremos con el Frente Nacional», aclara.

Lo afirma siempre que puede Farage, pero tiene razón –en esto–. Es un error confundir las distintas gamas del euroescepticismo británico –incluida la eurofobia histérica de los suyos– con el neofascismo que asoma en otros puntos del continente. «A [Jose Manuel Durao] Barroso le gustaría pensar que todos los euroescépticos son de extrema derecha, pero el euroescepticismo proviene de todos los rincones, y el próximo Parlamento Europeo lo reflejará», advierte. El UKIP ha hecho un esfuerzo de sacar de sus filas a simpatizantes del neonazi Partido Nacional Británico (British National Party).

Quieren sacudirse la etiqueta de extremistas. «Quiero que UKIP se sitúe en el centro de ese espacio euroescéptico», aclara. Sin embargo, el mes pasado suspendían a un concejal después de que este atribuyera las fuertes inundaciones en el suroeste de Inglaterra a la aprobación del matrimonio homosexual. Una ley con la que el primer ministro, David Cameron, habría actuado «con arrogancia en contra del Evangelio», según este baptista fanático. El propio Farage, un exbanquero de la City con fama de bebedor que lleva en política desde hace casi 20 años, provocó la enésima controversia al afirmar que una muje se reincorpora de una baja de maternidad «vale menos» que un hombre para la empresa.

«Somos un partido pro inmigración, pero con controles adecuados»¿Qué ofrece entonces Farage? Su principal baza electoral no es Europa, sino la inmigración. «Somos un partido pro-inmigración, pero queremos controles adecuados», explica. Cree que las cifras actuales –que cifra en un flujo el año pasado de 500.000 inmigrantes por unos 250.000 británicos que emigraron– son «insostenibles». Y explica que quieren un sistema de visados de trabajo «similar al que tienen países como Australia», basado en el tipo de formación «que traen a este país», y orientado a aquellos sectores con escasez.

Más canadienses e indios, menos rumanos y españoles

Le gustaría discriminar en favor de los países de la Commonwealth en lugar de los de la Europa del Este y del Sur. Más canadienses e indios y menos rumanos y españoles, en definitiva (aunque no lo diga así). Acusa a la política de «inmigración abierta» que, según él, impone la UE y acatan los sucesivos residentes en Downing Street, de «distorsionar el mercado laboral mediante una sobreoferta» que reduce los salarios a los británicos. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, dice que no está en contra de una Europa unida.

Se proclama defensor de las democracias liberales y cree que «el Estado-nación es la mejor forma para organizar el mundo». En lo económico, recuerda que «son las empresas las que crean empleo, los gobiernos lo único que pueden hacer es estropearlo». Su visión de Europa es por tanto la de un soberanista nacionalista, mucho más cerca de De Gaulle que de Amanecer Dorado, la formación de extrema derecha griega. Defiende un modelo basado en «una fuerte cooperación entre Estados europeos, pero sin que signifique la asimilación en Europa, ni una Comisión o un Parlamento europeos, ni mucho menos un tribunal en Luxemburgo».

Cree que, dentro de la UE, peligra la silla del Reino Unido como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, y afirma que fuera de la UE Londres tendría «muchas más oportunidades» para negociar acuerdos comerciales con otros mercados. «Si Islandia pudo firmar el año pasado un tratado de libre comercio con China, nosotros también podemos», dice. Y ridiculiza los riesgos de un abandono británico de la Unión si, tal y como prometió David Cameron hace un año, esta opción resulta ganadora en el referéndum anunciado por el primer ministro para antes de que acabe 2017.

Contra los «fanáticos» federalistas

«Retratan un paisaje con alambradas, con minas en el canal [de la Mancha] en el que, probablemente, llamar desde Francia sería imposible», dice, con su ironía habitual. Y orienta sus cañones dialécticos hacia su blanco preferido, los «señores viejos residentes en Bruselas. «Soy mucho mejor europeo que [Herman] Van Rompuy», dice, en referencia al presidente belga del Consejo Europeo. «Gracias a mi tiene el doble de seguidores en Twitter», añade con recochineo. Van Rompuy o Barroso son para él lo que califica como «fanáticos del Estado europeo», o federalistas en términos menos combativos.

En un discurso este lunes en Londres, la vicepresidenta de la Comisión Europea, Viviane Reding, explicó que el destino final de los países que comparten el euro es «convertirse en los Estados Unidos de Europa». Por esa «claridad», Farage le dio las «gracias». Le agradeció también el recordar que el 70% de las leyes nacionales en la UE provienen de Bruselas [puedes consultar aquí el discurso íntegro de Reding en inglés]. «Por fin alguien dice que Europa importa, y que no importa si gobierna Cameron o [el líder laborista Ed] Miliband en Downing Street porque nuestras leyes se hacen en otro sitio» afirma Farage.

A esta Europa de los federalistas le augura, sin embargo, un futuro «pesimista» porque considera que han cometido dos errores. Uno, «extenderse demasiado» geográficamente con la ampliación a países del Sur y del Este «con los que es imposible la unión monetaria, y mucho menos la unión política», cree. Y dos, el euro, «su más grave error». «Desde un punto de vista económico, no hay duda de que Alemania y los países del Norte pueden formar una unión monetaria; que sea políticamente deseable es otra cosa», explica. «Pero permitir la entrada en el euro a Portugal, a España, a Grecia y a Chipre fue un error desde el principio, provocado por ese fanatismo de querer unos Estado Unidos de Europa», sentencia.