La educación sentimental de don Juan Valera
Juan Valera en una imagen de archivo - archivo abc

La educación sentimental de don Juan Valera

Se inició en el amor de una marquesa que en lugar de ceder a sus deseos, le empujó a estudiar griego. Después descubrió a una brasileña con «chirrín de boca de ratonera». Estas fueron alguna de sus amantes

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Todos los lectores advierten la sutileza con que Valera dibuja a los personajes femeninos de sus novelas: es el lógico reflejo literario de su permanente admiración por las mujeres. (Con su habitual humor, él confesaba: «Esta afición mía a las faldas es terrible»). Ellas son las que más le han educado, las que han contribuído a modelar su singular personalidad, tan distinta de los otros novelistas españoles de fines del XIX: es un escritor clásico, irónico, enamorado de la vida... Su epistolario -el más amplio y mejor de toda nuestra literatura- nos permite comprobarlo.

LUCÍA PALLADI

De joven, Juanito -así le llamaban- llevaba ya camino de ser un don Juan. En 1848, con veinticuatro años, va como agregado sin sueldo a la Embajada del duque de Rivas, en Nápoles.

Allí se enamora de Lucía Palladi, marquesa de Bedmar, a la que llaman «la griega» y también -por su extremada palidez-, «la muerta». Es mayor que él, una mujer madura, culta. No cede ella a los deseos físicos del joven pero le empuja a estudiar griego: es su primera «educadora». Siempre la recordará con cariño y agradecimiento.

Luego, en París, descubre ciertos ambientes: «Es divertidísimo pero es menester tener mucho dinero. Las mujeres, sobre todo, están más caras que nunca...». Y añade las tarifas de alguna, «muy linda, muy elegante y tiene una casa magnífica».

UNA BARONESA BRASILEÑA

A los veintisiete años, le ascienden a Secretario de la Legación en Brasil. En sus cartas a Estébanez Calderón, su amigo y maestro, pasa, en un solo párrafo, de comentarle sus adquisiciones de ediciones antiguas de los poetas renacentistas italianos a mencionar las peculiaridades anatómicas de algunas brasileñas y las muy placenteras consecuencias que eso trae consigo.

Disfruta entonces de los encantos de cierta Baronesa, muy experimentada, que se autocalifica de «romanista»(sic). Ella le aclara en qué consiste. Para los pormenores eróticos, Valera se refugia, púdicamente, en el latín: Despierta al dormido, según Horacio se lo aconsejaba a la vieja, ore adlaborandum («trabajando con la boca»). O recurre, con humor, al sabroso lenguaje popular su tierra cordobesa: «Si no me engaña la memoria, en Andalucía, de la mujer que posee tan agradable calidad se dice que tiene chirrín de boca de ratonera...».

MAGDALENA BROHAN

Cinco años después, en 1856, Valera (que pasa ya de los treinta), es nombrado Secretario de la Misión Extraordinaria en Rusia del Gran Duque de Osuna. Las cartas que envía, desde allí, a Cueto son tan literarias como las de un humanista del Renacimiento (de hecho, las iba publicando su destinatario en un periódico madrileño, según las iba recibiendo, como si se tratara de verdaderos ensayos).

Vive entonces Valera un episodio que le marcará para siempre: sus amores con la actriz francesa Madeleine (él la llama Magdalena) Brohan. Ella tiene veinticuatro años (nueve menos que él), es divorciada y muy hermosa, forma parte de la Comédie Française. Coquetean los dos: ella le deja ir a su casa, le da pie, y, cuando él «acelera», ella le obliga a frenar. Lo cuenta don Juan en un párrafo digno de una novela psicológica:

«En fin, estábamos solos, y ella en la cama, más bonita que nunca. Nos miramos de nuevo a los ojos, nos acercamos, se encendieron nuestros ojos y llegué a darle un beso en la frente. Se incomodó o fingió incomodarse y me rechazó».

Finge ella adormecerse y le obliga a no mirarla: «Magdalena se incorporó entonces y me miró a su vez, con ojos tan cariñosos y provocativos que me levantó en peso del sillón, y diciéndola te amo, me eché sobre ella, y la besé y la estrujé y la mordí, como si tuviese el diablo en mi cuerpo. Y ella no se resistió, sino que me estrechó en sus brazos, y unió y apretó su boca a la mía, y me mordió la lengua y el pescuezo, y me besó mil veces los ojos, y me acarició y enredó el pelo con sus lindas manos; y me quería poner los besos en el alma, según lo íntima y estrechamente que me los ponía dentro de la boca, y nos respiramos el aliento, sorbiendo para dentro muy unidos, como si quisiéramos confundirnos y unimismarnos. En fin, fue una locura de amor, que duró hasta las dos de la noche, desde las nueve. Pero nunca consintió ella, por más esfuerzos que hice, en hacerme venturoso del todo. Y, siempre que lo intenté, se resistió como una fiera, por donde, rendido y lánguido y borracho, me dejé, al cabo, caer sobre ella como muerto, y como muerto me quedé más de una hora».

Los toques irónicos del relato no empañan la amargura del enamorado. Cinco horas -de nueve a dos- ha durado la inacabada escena erótica. Valera se retira, desesperado: «Adiós, libros, estudios, filosofía; ya no había, para mí, más estudios que Magdalena». Llora de rabia, se da «calamochadas», jura no volver a verla... y, unos días después, vuelve a su casa, donde se repite la escena: «Como a todo esto me besaba la cabeza, y ponía sus labios en los míos, y me los pasaba por los párpados, que yo cerraba, no pude contenerme dentro de los términos razonables y decorosos, y le di la tarquinada más brusca y feroz que he dado en toda mi vida. Pero sabido es que nada hay más imposible que forzar a una mujer».

Magdalena prosigue luego su carrera teatral y erótica, engorda, es amante -entre otros- de Luis Napoleón. Valera no puede olvidar nunca este episodio: «Forzoso es confesar que la refinada cultura de ciertos pueblos modernos cría unos seres monstruosos y absurdos en ciertas mujeres». Desde ese momento, siempre creerá que, para el hombre enamorado, una mujer puede suponer el infierno o el paraíso...

UN MATRIMONIO INFELIZ

En febrero de 1867, se ve envuelto Valera en un enredo propio de un vodevil, con cuatro posibles bodas, a la vez: Rafaelita, Magdalena Burgos, Carmela Castro y «la de París». Como solución, ruega a un amigo que haga correr la voz de que es un perdido.

A fines de ese año, se casa, en París, con Dolores Delavat, hija de su antiguo jefe. Con ella tiene tres hijos pero no es feliz. Todo desemboca en una separación de hecho, disimulada por conveniencia social, y en cartas muy amargas: «Hace doce años que Dolores no quiere ser mi mujer, pero siempre se pone furiosa contra cualquier otra que me desdeñe menos y no me halle tan viejo, tan feo ni tan averiado».

KATHERINE BAYARD

Cumplidos ya los sesenta, llega Valera a Washington como ministro Plenipotenciario. A su hermana Sofía le cuenta que una joven, Katherine Bayard, «tiene cierto platónico entusiasmo por mí, y nos vemos y nos escribimos con frecuencia las mayores finuras, tiquismiquis y sutilezas afectuosas».

Ella, que es la hija del Secretario de Estado norteamericano, se ha enamorado locamente. Aunque la joven es espiritualista, el 28 de mayo de 1885, él «da por realizado el paso» pero no puede ni quiere comprometerse. El 13 de enero de 1886, recibe Valera la noticia de que le trasladan a Bruselas. Tres días después, Katherine se suicida. Con más de sesenta años - que eran muchos, en aquella época - este don Juan seguía suscitando pasiones.

Nos transmite Azaña otra anécdota impagable: para Menéndez Pelayo, su joven discípulo, escribe Valera, en su madurez, una «Carta cosmética sobre el modo de conducirse en sociedad con las señoras», que, por desgracia, fue «tontamente destruída». Y los dos, maestro y alumno, compiten por los favores de alguna dama...

LA MUJER EDUCADORA

Convierte don Juan en doctrina lo que él había experimentado varias veces : la mujer es muy superior al hombre; como un zahorí adivina el agua, ella descubre al enamorado las posibilidades que él tenía, dentro de sí, ocultas, sin haberlo advertido. Así le sucede, en sus relatos, al «bermejino prehistórico», a Mahoma, al Gran Capitán. Y al propio escritor... Es lo mismo que poetizará Pedro Salinas, en «La voz a ti debida»: «Es que quiero sacar / de tí tu mejor tú. /Ése que no te viste y que yo veo».

Por eso -y por su culto a la belleza- adora siempre Valera a las mujeres: «Los hombres descreídos solemos amar entrañablemente, cuando amamos, poniendo en la mujer un afecto desmedido, que para Dios debiera consagrarse». Todo lo resume con su habitual lenguaje popular andaluz: «En un abrazo de la mujer querida está el cielo. Lo demás, no vale un pitoche». Y él podía repetir lo de Lope: «Quien lo probó, lo sabe».