Análisis

De juancarlistas a monárquicos

En la Transición, los republicanos de corazón que entendieron la trascendencia de la obra emprendida por el Rey se sentían más cómodos llamándose «juancarlistas»

Juan Fernández-Miranda
MadridActualizado:

En una ocasión sufrí una encerrona de dos buenos amigos que sólo tienen una cosa en común, amén de la amistad que nos une: son obstinadamente republicanos. En todo lo demás, divergencia total, hasta el punto que a uno le cojea el ala izquierda y al otro, la derecha. Qué pereza, oiga, cada uno alicatándome una oreja. Que si medieval, que si sangre azul, que si...

Y ahí estaba yo, estoico, ofreciendo todo tipo de argumentos racionales –ni uno sentimental, aunque también los hay– para defender que la forma de Estado que más conviene a España en el siglo XXI, es decir aquí y ahora, es la Monarquía parlamentaria. Argumentos políticos, históricos, económicos, estratégicos. Pero nada, como quien oye llover. No hay razón que pueda derribar una mentalidad cimentada exclusivamente sobre emociones.

Eso que Theodore Dalrymple bautizó como el «sentimentalismo tóxico» que Savater y Leguina han divulgado para explicar muchos de los males de nuestra política actual: la apelación permanentemente al corazón y a ideales para mover pasiones y esconder miserias. La catedrática en esta materia es Manuela Carmena, tan maestra de la manipulación sentimental que a veces me hace dudar hasta a mí. Cuando ya me daba por agotado, a punto de izar bandera blanca, una frase a la desesperada les hizo recapacitar.

–¿Te has parado a pensar -inquirí al zurdo- que si España fuera hoy una República tu presidente tarde o temprano habría sido probablemente tu denostado Aznar? ¿Y que poco tiempo después -espeté al diestro- lo sería Zapatero?

Se quedaron blancos. El sectarismo salió a flote. Y empezaron a atender a razones. Tal vez convenga que la Jefatura del Estado recaiga en una Institución que simbolice la unidad de los españoles por encima de batallas ideológicas y partidistas.

En la Transición, los republicanos de corazón que entendieron la trascendencia de la obra emprendida por el Rey se sentían más cómodos llamándose «juancarlistas». El reto de Don Felipe hace cinco años era consolidar la Institución sobre pilares sólidos: ejemplaridad, cercanía, utilidad y modernidad. Que esos republicanos convertidos ante la inmensa autoridad de Don Juan Carlos se reconozcan ya abiertamente defensores de una institución útil a España. De juancarlistas a monárquicos.

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