Josu Ternera, junto a Otegi, en el Parlamento Vasco en octubre de 2002
Josu Ternera, junto a Otegi, en el Parlamento Vasco en octubre de 2002 - TELEPRESS

Josu Ternera: el inductor de los «ataúdes blancos»

No es solo responsable directo o indirecto de 634 asesinatos, sino que además guarda los secretos más inconfesables dejados por ETA

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José Antonio Urrutikoetxea Bengoetxea, «Josu Ternera», encarna la historia viva de ETAo, para ser más precisos, de esa ETA concebida para atacar el régimen democrático español, porque a finales de los años setenta ya estaba en los aledaños del «zuba». Fue máximo cabecilla durante los durísimos «años de plomo», también mientras estuvo preso en Francia y ha sido el referente de la banda en su derrota. Euskadi ta Askatasuna no hubiera sido la misma sin Ternera, como tampoco lo hubiera sido sin personajes como Argala, Txomin, Rafael Díaz Usabiaga o Iñigo Iruin.

Urrutikoetxea se ha pasado medio siglo de su vida, que se dice pronto, entregado a la organización del hacha y la serpiente. Se dedicó a organizar «comandos» y a facilitar su adiestramiento en países de la órbita soviética, como Argelia y Yemen; puso gran empeño en crear una vasta red de extorsión; se aplicó mucho en la tarea de impulsar un partido político -Herri Batasuna-, a imagen y semejanza de ETA, y desplegó toda su maldad, que fue mucha, para diseñar estrategias cuyo objetivo era doblegar al Estado de Derecho. Ternera no es solo responsable directo o indirecto de 634 asesinatos, los perpetrados por la banda a partir de 1980, sino que además guarda en su memoria o en alguna caja fuerte, quizá en el centro de Europa, los secretos más inconfesables dejados por Euskadi ta Askatasuna en su prolongada trayectoria criminal.

Complicidades

Una escrupulosa investigación judicial en torno a las andanzas de Josu Ternera, con el mismo rigor aplicado en casos como la Gürtel, el 3 por ciento, los ERE de Andalucía o los papeles de Bárcenas, tampoco más, no sólo ayudaría a esclarecer los más de 300 asesinatos de ETA aún sin resolver, sino que dejaría al descubierto las numerosas complicidades que han permitido la pervivencia de ETA durante más de cincuenta años. Complicidades que no solo se han dado en el ámbito de la izquierda abertzale. Pero a día de hoy no parece muy viable. Demasiada gente comprometida; demasiados intereses coincidentes en que no se sepa toda la verdad de algunos de los capítulos más negros de la reciente historia de España.

El bar en el que cobraba

Urrutikoetxea no se habría convertido en el cabecilla más longevo de ETA si no se hubiera visto apoyado en sus años mozos por la impunidad que le otorgaba el «santuario francés». Un informe confidencial de la Guardia Civil ya alertaba a la Policía francesa a finales de los setenta de que Ternera ocupaba habitualmente una mesa al fondo de un bar situado en la parte Vieja de Bayona, donde recibía a los empresarios que acudían a pagar el «impuesto revolucionario», con el libro de contabilidad bajo el brazo para demostrar que el negocio no era tan floreciente como parecía, a ver si lograban una rebaja. Pero al aviso, allí seguía el jefe de la camorra llenando el maletín de dinero sucio que iba a engrosar las arcas de ETA S.A. De allí salían partidas para comprar armas en el mercado internacional, financiar a HB, Jarrai, Gestoras pro Amnistía… Y quién sabe a quién o a qué más.

Aquella ETA con ambición de perpetuarse, de convertirse en lobby para presionar a la Democracia española, necesitaba conexiones internacionales y a buscarlas se dedicó a principios de los ochenta Josu Ternera. Contactó con el régimen sandinista del tirano Daniel Ortega y a cambio del adiestramiento recibido por algunos de sus «comandos» en el país centroamericano, prestó unos cuantos de sus pistoleros para que acabaran con la vida del «comandante Cero», contrario a que en Nicaragua se convirtiera en un satélite de la extinta Unión Soviética.

La muerte de Domingo Iturbe Abasolo, «Txomin», en marzo de 1987, le aupó como número uno de ETA y le permitió tomar las riendas del proceso de contactos que se habían iniciado con el Ejecutivo de Felipe González para establecer un marco estable de conversaciones en Argel. Y fue entonces cuando Ternera desplegó toda su maldad, que ya era mucha. Diseñó el «manual de negociación» que incluía la «acumulación de fuerzas». Esto es, amontonar cadáveres sobre la mesa de negociación de tal forma que los pistoleros de ETA se sentaran en torno a ella desde una posición de fuerza. Y mejor si entre las víctimas figuraban hijos de agentes de la Policía Nacional y la Guardia Civil, ya que esto hacía más vulnerable a las Fuerzas de Seguridad y, por consiguiente, al Estado de Derecho. Las matanzas de Hipercor y de la casa cuartel de Zaragoza fueron perpetradas, precisamente, cuando representantes del Gobierno y de la banda mantenían contactos de cara a preparar la «mesa de Argel».

Cuando vislumbró que el denominado «proceso de paz» con el Ejecutivo de Zapatero estaba condenado al fracaso, Ternera se quitó de en medio. Para entonces, más que como dirigente operativo, ejercía como «asesor» para asuntos relacionados con la negociación. Cuando fueron cayendo los dirigentes que habían tomado el mando de la banda, consideró que era el momento para el regreso con una misión: liquidar ETA S.A. No por motivos éticos, antes al contrario, sino para blanquear en la medida de lo posible una derrota que ya era inevitable y que le arrastraba a él mismo.