Elecciones Generales
Análisis

En bandeja de plata para Sánchez

El desarrollo del debate de Atresmedia se escoró hacia la izquierda. Esto benefició a Pablo Iglesias, dominador con un tono más sereno. El debate alcanzó momentos broncos y de juego sucio

Encuesta | ¿Quién ha sido el ganador del debate de Atresmedia?

Así están siendo las elecciones generales 2019

Hughes .
MadridActualizado:

Si el objetivo era convertir a los indecisos, el debate fue tan pobre que acabó sirviendo para lo contrario: convertir a los «decisos». Pero tuvo otro efecto. Las preguntas orientaron el debate hacia la izquierda. Cuando se le hace a Sánchez la primera pregunta sobre sus posibles socios y no se menciona a Bildu o ERC, se está escorando el ángulo. Se está marcando una pauta. Una pauta que continuó e incluso se agravó.

Y socialdemócratas lo son todos, pero, puestos a serlo, lo son mejor los de izquierdas, y, puestos a ser de izquierdas, lo es mejor Pablo Iglesias, que además, ajeno a la gresca, impostó un tono de Padre Mundina que le benefició. El curso del debate hizo que el centrado pareciese él. Parecía decir siempre la última palabra. Esto socorre finalmente a Sánchez, que lo primero que hizo al terminar fue dar las gracias al grupo televisivo (y editorial) y a los moderadores.

Sanchez empezó diciendo que no está en sus planes un pacto con Cs. Iglesias incidió en esto, en los antecedentes de Cs con el PSOE. Fijó el espacio de la alianza izquierdista, fijó a Sánchez, y además afectó un tono de moderación como si tuviera jaqueca y le molestaran las voces. Está haciendo una campaña unplugged, como los músicos que retornan o quieren dar un giro a su carrera. Aprovechando que Sánchez, Rivera y Casado llevaban la pelea a un paroxismo que no iba con él, Iglesias suplantó el tono moderado del PSOE, aunque en realidad hizo de escudero. Hacía de tercer moderador y también de guardian de las esencias de la izquierda. Cuando Sánchez quería decir algo convicente para su electorado se subía a sus argumentos como a un autobús en marcha. El debate benefició a Iglesias e Iglesias ayudó a un Sánchez que cuando embarró el terreno sintió que jugaba en casa. En Iglesias se adivinó una transformación y una nueva mirada a largo plazo.

Sánchez siguió con su desfachatez y llegó a negar rotundamente los pactos con los independentistas. En los dimes y diretes subsiguientes, Albert Rivera, que prolongó también su línea del día anterior en un crescendo autopárodico (de mimetismo al "memetismo"), logró un pico cómico sacándole su tesis. «Un libro que no conoce». Sánchez respondió con el de Abascal. «Los espectadores no se merecen este intercambio de libros», protestó consternado Iglesias. Luego todos hablaban de autónomos, y él se acordaba de los riders en bici, de los taxistas, de las camareras de piso. Se distanció de los tres con su registro de locutor nocturno y de Sánchez por la naturaleza concreta de sus propuestas.

El debate rozó el guirigay. La política española, convertida en un Got Talent, estaba siendo arrastrada al desorden logorreico del «debate flexible» de La Sexta -pues La Sexta era-.

Iglesias marcó una diferencia acústica, tonal, que se agradecía dado que eso parecía «El Chiringuito». Hablaba de otra forma, mientras el duelo Sánchez-Rivera se hacia crónico y se convertía en algo personal. «Señor Rivera, sus votantes quieren ver a un caballero educado». ¡Iglesias era el profesor Higgins de My Fair Lady!

En un remanso, Casado pudo detallar por fin su revolución fiscal y Sánchez lanzar un mensaje reconocible: «Justicia fiscal para que haya justicia social». Sánchez tiene dos registros: o la falacia o la tautología: No es no, nunca es nunca, falso es falso.

Rivera, que estaba a punto de sacar una foto con su propio meme, quiso apoderarse del liberalismo entero, una manía reciente. «Somos el único partido liberal de este debate». Casado estuvo bien recordándole que él era socialdemócrata antes de ayer. Iglesias, por su parte, defendía su intervención en el mercado de la vivienda citando la Constitución. Ahora ni siquiera habla de cambiarla, solo leerla con nueva holgura. De los tiempos de la PAH a esto. Había otra forma, otro envoltorio. Iglesias adopta otra piel.

En cuanto llegó lo social, Sánchez se puso a soplar la vuvuzela del «no es no» y denunció listas negras en Andalucía esgrimiendo un documento ignoto (¿Dónde está el fact check cuando se le necesita?). Rivera respondió con muerte digna. Rivera se pelea con Casado por bajar el impuesto de Sucesiones y con Sánchez por abanderar la eutanasia. Su superliberalismo desorejado (aunque estatal) completaba el retrato de la sociedad española. Casado fue más moderado y apeló a un comité de bioética. Pero tampoco dio batalla. Y puestos a ser femininistas, el mejor es Iglesias, que dice «monomarentales». «Somos cuatro hombres en este debate», lamentó visiblemente avergonzado.

Sánchez aquí tocó fondo: «A nosotros sí nos preocupan las 11.000 agresiones sexuales». Es la continuación de ZP, pero sin el talante. Su rictus se hace duro, se le pone cara de malo de los Goonies.

Llevados como en una encerrona a la boca del lobo, se vio que PP y Cs hablaban el mismo lenguaje que los rivales, pero lo hablaban peor. El debate se fue a un 8M donde el centroderecha será siempre (en el mejor de los casos) un invitado bajo sospecha. Ciudadanos no aspira a contradecir, pero Casado cometió un error de soberbia o ingenuidad. Las condiciones se hicieron imposibles para un debate racional. ¿Pensó de verdad que podia tenerlo y presumir encima de LIVG?

En inmigración, por ejemplo, Casado recordó el efecto llamada y luego propuso un Plan Marshall, nada menos. Porque incluso cuando va bien, Casado acaba patinando por una especie de delirante grandilocuencia final de quien se debate entre ser Fraga o Hernández Mancha.

Se vio al llegar a la violencia de género, Casado quiso ganar a la izquierda por socialdemócrata y se enredó relacionando el asunto con el poder adquisitivo, lo que le dio cancha a Sánchez para su numerito estrafalario y más allá del populismo (en otra región política, en otro lugar ilógico). Casado se puso de acuerdo con Rivera en la incalificable actitud personal de Sánchez, impropia de un presidente ("Sucedáneo", "trilero" le llamaron) pero luego se metió en el barro mencionando a Eguiguren con un «Usted no me levanta el dedo». Habló de «prisión permanente revisable» para los delitos contra las mujeres. E Iglesias volvió a hacerlo: ¿Sois feministas? Pues yo lo soy mejor, y además lo soy hablando bajito.

La izquierda ha engullido culturalmente a esta derecha (lo que explica a Vox). Dónde mejor que una televisión privada para confirmarlo.

Hughes .Hughes .Articulista de OpiniónHughes .