Carlos Hipólito y Emilio Gutiérrez Caba, en un momento de «Copenhague»
Carlos Hipólito y Emilio Gutiérrez Caba, en un momento de «Copenhague» - Marieta Álvarez

«Copenhague», una función atómica

Emilio Gutiérrez Caba, Carlos Hipólito y Malena Gutiérrez, dirigidos por Claudio Tolcachir, interpretan la obra de Michael Frayn

ZaragozaActualizado:

En 1941, en plena segunda guerra mundial, Dinamarca era un país ocupado por las tropas de la Alemania nazi. En la capital, Copenhague, vivía, vigilado y controlado, el Niels Bohr, padre de la Física cuántica y premio Nobel en 1922. Hasta allí viajó el que fuera su discípulo, el alemán Werner Heisenberg, padre del principio de Incertidumbre, y que fue galardonado también por la Academia sueca en 1932. Lo que se trató en aquella reunión es un misterio, aunque todo hace indicar que en ella se habló sobre la construcción de la bomba atómica (los dos científicos habían trabajado en la fisión nuclear), en la que estaban empeñados por aquella época tanto los nazis como los aliados; después de su encuentro en Copenhague, Bohr y Heisenberg, anteriormente buenos amigos, no volvieron a verse ni a hablarse.

El escritor británico Michael Frayn recreó aquella reunión en una obra de teatro, «Copenhague», que desde que se estrenara en Londres en 1998 se ha convertido en un clásico contemporáneo. Estos días se encuentra de gira una nueva producción de esta obra dirigida por Claudio Tolcachir -a partir de una versión de David Serrano- y con un aristocrático reparto: Emilio Gutiérrez Caba y Carlos Hipólito encarnan, respectivamente, a Niels Bohr y Werner Heisenberg, maestro y alumno, y Malena Gutiérrez completa el triángulo interpretando a Margrethe, la esposa del primero. Elisa Sanz firma la escenografía y el vestuario, y Juan Gómez Cornejo las luces.

Historia policíaca

«Michael Frayn convirtió el encuentro entre los dos físicos en una suerte de historia policíaca», explica Gutiérrez Caba. «Y a pesar de lo árido que puede parecer en ocasiones el texto por los términos científicos que se utilizan -apostilla Hipólito-, el público sigue la obra con mucha atención; en todos los teatros hay un silencio que impresiona, la verdad».

Han tenido ocasión de comprobarlo en varias ocasiones, puesto que llevan a cuestas ya más de una veintena de funciones desde que se estrenara la obra en Avilés el 15 de febrero pasado. Se pudo comprobar también este fin de semana en el teatro Principal de Zaragoza. Con el aforo del coliseo -ochocientas localidades- prácticamente lleno, el patio de butacas mantenía un silencio reverencial mientras los dos protagonistas hablaban sobre los principios de incertidumbre o de complementariedad, la fisión, el ciclotrón o la mecánica cuántica ondulatoria.

Palabra y reflexión

«Copenhague», dicen sus intérpretes, es «teatro de palabra, de reflexión». «Es un texto que te hace pensar, y a mí -es Carlos Hipólito quien lo dice- me lleva a meditar sobre cuestiones que están muy presentes en nuestros días, más que, afortunadamente, la bomba atómica: la guerra bacteriológica, la investigación genética».

Y es que, al margen de la anécdota del encuentro entre los dos científicos -que Frayn presenta de una forma tan inteligente como dramática, alternando el pasado y el presente, e intercalando la acción con la explicación al público-, «Copenhague» explora cuestiones como la ética, la amistad, la culpa, la lealtadla ideología o el remordimiento.

Texto denso, cuyo original lleva la función hasta las dos horas y media, Claudio Tolcachir lo deja en la esencia, buscando el tuétano del conflicto personal de los dos científicos. «Claudio -subraya Hipólito- muestra el lado más humano de cada personaje». No es un texto maniqueo; los dos físicos tienen sus contradicciones, sus luces y sus sombras, el público reparte su empatía por uno y otro -el personaje de Margaret es el contrapunto de los dos, la memoria, la sensatez-.

«Teatro teatro»

«Copenhague», se oía entre el público al concluir la función, es «teatro teatro». Cierto. Da gusto escuchar a dos actores como Emilio Gutiérrez Caba y Carlos Hipólito, de voces graves, educadas, de impecable dicción -lo mismo se puede decir de Malena Gutiérrez-. Solo por escucharles decir el texto merecería la pena acercarse al teatro. Pero es que además son dos grandes actores, que poseen un notable sentido del ritmo, que dominan el matiz, que pisan el escenario con seguridad. Hipólito tiene la rara virtud de hacer tan suyo el personaje que resulta difícil imaginarse a otro actor encarnándolo, y Gutiérrez Caba le otorga al suyo una hondura como solo los actores de raza saben hacerlo.