Detalle de las antiguas vidrieras de la catedral
Detalle de las antiguas vidrieras de la catedral
LO QUE EL FUEGO SE LLEVÓ

Notre «drame» de París

El pasado lunes un devastador incendio consumía la cubierta de uno de los iconos de Francia y Europa. Repasamos el patrimonio cultural que se pierde tras este terrible suceso

Actualizado:

La noticia me la transmitió un amigo que vive en Nueva York. Notre Dame arde. Cuando encendí el televisor, la aguja central acababa de desplomarse. Noventa y seis metros de piedra elegantemente esculpida habían colapsado por culpa del fuego. El locutor se felicitaba por la ausencia de víctimas, al tiempo que compadecía la consternación de los católicos y, en general, de los franceses. Lo escuché atónito y, lo confieso, un poco enfadado. ¿Qué ocurre con el resto de los europeos y con cualquier persona sensata de cualquier lugar del mundo que estuviera viendo el desastre? ¿Por qué este señor nacionaliza el dolor si lo que se está quemando es una obra que pertenece a todos?

Inmediatamente, se me han venido a la cabeza los incendios del Liceo de Barcelona en 1994 y la Fenice, dos años después. Ambas catástrofes conmocionaron al mundo, igual que ahora. No solo a los aficionados a la ópera y, desde luego, no solo a los catalanes o los venecianos. La idea de que el dolor por la pérdida de una joya del arte han de sentirlo particularmente los habitantes de la nación donde se encuentra pertenece a una fase superada de la Historia. Las grandes obras de arte son patrimonio de la humanidad. Quizá encarnen la potencia histórica de un país o de un pueblo, pero, una vez creadas, van mucho más allá. Velázquez o Goya hace mucho que no son solo españoles. Si mañana ardieran «Las Meninas» las lágrimas saltarían en los cinco continentes.

Hemos avanzado

La reacción general ante el desastre demuestra que hemos avanzado. Piénsese que durante la Guerra Civil española, esa tragedia de la que cada cual recuerda lo que le conviene, había gente convencida de estar prestando un gran servicio al progreso moral del país quemando templos y monasterios y arrojando al fuego objetos ligados a la religión, desde cuadros a instrumentos musicales. El anticlericalismo convirtió en iconoclastas incendiarios a muchos individuos que no solo no sentían afecto por las obras de arte existentes en su propia tierra, sino todo lo contrario: una indiferencia absoluta. Igual hicieron los miembros de la Comuna de Paris en 1871 con las figuras que representaban en Notre Dame a los reyes bíblicos. La misma idolatría que lleva al devoto a confundir la estatua de la Virgen María con la Virgen María lleva al iconoclasta a confundir la monarquía con las estatuas coronadas. Afortunadamente, esto parece haber cambiado. El turismo también tiene efectos positivos. Solo algunos fanáticos incapaces de pensar se regocijan con la destrucción de los símbolos. El resto parece haber aprendido a contemplarlos con ese placer desinteresado que Kant identificaba con la experiencia estética y el buen juicio de la ilustración.

Mientras escribo -la catedral envuelta en llamas cada vez más feroces-, se especula con la causa del desastre. Probablemente haya sido un accidente, algo parecido a lo que ocurrió en 1994 con la cúpula de la catedral de Berlín o en 2006 con la catedral de la santísima Trinidad de San Petersburgo. Antes las iglesias ardían a causa de algún descuido relacionado con las velas; ahora, el principal enemigo son los aparatos de soldadura. Una chispa puede arruinar el trabajo acumulado a lo largo de siglos. Son los peligros de la conservación, mayores a veces de lo que imaginamos.

Lo que se pierde

En el incendio de Notre Dame se van a perder obras preciosas: las vidrieras, la sillería de madera, el órgano, montones de estatuas (especialmente «La Piedad» de Nicolás Coustou), las gárgolas, las campanas, algunas reliquias preciadísimas (acabó de oír que se han salvado la Corona de espinas de Cristo y la túnica de San Luis, pero no sé qué ha ocurrido con uno de los clavos que sirvieron para crucificar a Jesús, propiedad del tesoro de la catedral), en fin, mil cosas valiosas que demuestran la fragilidad de las obras humanas.

Hay que saber, sin embargo, que aunque la catedral comenzó a levantarse hace ocho siglos, muchas de esas piezas no son anteriores al XVIII. Solemos mirar nuestros monumentos como si jamás hubieran sufrido percances desde su construcción, pero raro resulta el que no esconde cicatrices del tiempo. Uno de los hombres que más han influido en nuestra manera de concebir la arquitectura medieval, Eugéne Viollet-le-Duc, puso en práctica sus teorías sobre la restauración precisamente en Notre Dame. Sus críticos le reprochaban que, en vez de conservar los edificios, intentara mejorarlos introduciendo elementos decorativos espurios. Lo que hizo con la ciudadela de Carcason o con el castillo de Roquetaillade sirvió de modelo a sus seguidores para llevar a cabo fantasías arquitectónicas del estilo del barrio gótico de Barcelona.

La huella de Le Duc en Notre Dame fue considerable. Fue él quien diseñó las gárgolas y quimeras de los tejados. ¿Quién no ha visto mil veces fotografiado al diablo grotesco que saca la lengua con gesto de burla mirando a la Universidad de la Sorbona? El medio centenar de bestias que poblaban las alturas de la catedral, unos dicen que inspiradas en «Nuestra señora de París», la novela de Victor Hugo; otros, como Fulcanelli en «El misterio de las catedrales», ocultando el secreto de la piedra filosofal, probablemente se pierdan. Claro que el verdadero secreto quizá no sea otro que seguir siempre adelante, caer y levantarse, una y otra vez. ¿Acaso es piedra la piedra y no más bien arena que el tiempo a la larga siempre deshace?