Páginas del «Tratado de estática y mechanica» con los dibujos y anotaciones del genio renacentista
Páginas del «Tratado de estática y mechanica» con los dibujos y anotaciones del genio renacentista
HISTORIA

La misteriosa peripecia de los códices de Leonardo Da Vinci

Los dos manuscritos que conserva la BNE forman parte de la polémica muestra «Los rostros del genio». De valor incalculable, su historia -no exenta de malditismo- supera cualquier ficción

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El 14 de febrero de 1967, The New York Times llevó a su portada con gran despliegue gráfico una noticia extraordinaria. Jules Piccus, investigador estadounidense, había hallado de forma casual en la Biblioteca Nacional de Madrid dos cuadernos manuscritos con 700 páginas de anotaciones, dibujos y bocetos de Leonardo da Vinci, algo «fantásticamente improbable», como el descubrimiento de la penicilina o la aparición de una obra de Shakespeare. Piccus afirmó que estaba investigando sobre cancioneros medievales, su especialidad, cuando quiso averiguar qué había en un salto de signaturas y le fueron servidos en su mesa. Compareció en una rueda de prensa en Boston junto a Ladislao Reti, leonardista que autentificó el hallazgo, y anunciaron su publicación en Estados Unidos tras la autorización de la Biblioteca Nacional. Al día siguiente Piccus era una celebridad mundial mientras los medios españoles estallaban en indignación y pedían «una explicación inteligible». ¿Cómo habían llegado hasta la mesa de Piccus?

Cuadernos dispersos

A la muerte de Leonardo, en 1519, su fiel discípulo Francesco Melzi heredó los libros, manuscritos y dibujos, y los llevo consigo de vuelta a Milán. Conservó y utilizó la herencia con exquisito cuidado, pero cuando falleció, en 1570, su hijo Orazio hizo poco aprecio del legado, que arrinconó en un granero, y parte de la obra de Leonardo se perdió para siempre. Pompeo Leoni, ilustre grabador y escultor de la corte española, logró hacerse con un gran número de escritos de Leonardo durante su estancia en Milán hacia 1590 y se los llevó a Madrid, al parecer con la intención de ofrecerlos al mejor cliente de la época: Felipe II. No sabemos si el monarca, gravemente enfermo y que falleció en 1598, llegó a verlos, lo cierto es que Leoni murió en 1608 y seguían en su poder. Sus herederos los pusieron a la venta iniciando una segunda dispersión.

Buena parte de los códices fueron adquiridos por el conde Galeazzo Arconati y volvieron a Milán. Thomas Howard, conde de Arundel, considerado como «el padre a la afición al arte en Inglaterra», compró cuanto pudo y tuvo noticia de que dos de los más relevantes permanecían en Madrid, en manos de un enigmático personaje, Juan de Espina, que vivía solo en un destartalado palacio se decía que servido por autómatas. Le alertó el mismísimo príncipe de Gales y futuro Carlos I, que llegó en secreto a Madrid en marzo de 1623 e intento sin éxito comprarlos, como recoge Vicente Carducho en sus Diálogos de la pintura (1633).

Un hombre precavido

A tan quijotesco personaje debemos que los cuadernos permanecieran en España. Cuanto más insistía Arundel, más se resistía, hasta que el inglés supo que Espina había abandonado Madrid perseguido por la Inquisición, camino de Toledo y Sevilla. Le seguía el Santo Oficio, pero también los agentes de Arundel. En 1637, después de años de vanos intentos, el conde comentó que abandonaba la empresa porque no podía soportar más los caprichos, los desplantes y los cambios de humor de Espina. Era tan altivo y extravagante como precavido y había escrito a Felipe IV dándole cuenta de sus tesoros y asegurándole que, sin descendencia, todo aquello lo heredaría el Rey. Se salvó de la hoguera y a su muerte, en 1642, los códices pasaron a las colecciones reales.

A un enigmático personaje, Juan de Espina, debemos que los cuadernos sigan en España

Entre los fondos más antiguos de la Biblioteca Real Pública, fundada en 1712, estaban sin duda los cuadernos de Leonardo. La primera noticia fidedigna proviene de un índice manuscrito atribuido a Francisco Antonio González Oña que data de 1830. Bajo la entrada «Vinci (Lionardo da)» figuran anotados los Tratados de fortificación, estática, mecánica y geometría, escritos al revés y en los años 1491, 1493. Se añade la signatura topográfica Aa.19 y 20, que contenía una errata de fatales consecuencias pues debería haberse escrito Aa. 119 y Aa. 120, por lo que los manuscritos se perdieron en la inmensidad de la biblioteca.

El error inicial se difundió cuando Bartolomé José Gallardo publicó en 1866 un índice de manuscritos en el que constan con las mismas signaturas equivocadas. Gallardo no hizo sino copiar el índice de González Oña, sin comprobar los contenidos. Cuando alguien los pedía, no aparecían ya que las signaturas -y sus posteriores equivalencias- remitían a otras piezas. A finales del siglo XIX, con la apertura de la nueva sede de la Biblioteca en el paseo de Recoletos, arreciaron las peticiones para acceder a los manuscritos, señalando siempre el índice de Gallardo. El director, Marcelino Menéndez Pelayo, puso un día a todo el personal disponible a buscarlos, pero no los encontró: se habían perdido o habían sido robados.

Traspapelados

El último episodio de los códices de Leonardo ha sido desvelado (casi en su totalidad) por el incunabulista ya jubilado de la Biblioteca Nacional Julián Martín Abad. Tras la rueda de prensa de Boston de 1967, el director de la Nacional, Miguel Bordonau, compareció ante los medios y declaró que el descubrimiento de Piccus no había sido tal: los códices se conocían, aunque «estaban traspapelados». Mostró el índice de Gallardo y acusó a los norteamericanos de «sensacionalismo poco corriente en el mundo de los investigadores».

Se abrió paso otra versión de los hechos según la cual fue la insistencia de un leonardista francés, André Corbeau, lo que provocó una búsqueda más intensa de los códices y el jefe de la Sección de Manuscritos, Ramón Paz Remolar, los localizó en los depósitos a finales de 1964. La prueba era que uno de ellos había formado parte de una pequeña exposición en la Biblioteca con motivo de la Fiesta del Libro en abril de 1965, dos años antes del anuncio de Piccus. En efecto, en un folleto de seis páginas consta que se expuso el códice, pero sin la mínima mención al autor ni a la recuperación de unos originales tan buscados. Al tanto estaban solo Corbeau, Paz Remolar y el subdirector de la Biblioteca Nacional, el sacerdote José López de Toro, que establecieron un pacto de silencio para anunciarlo en alguna revista especializada.

Informe secreto

Piccus, que entraba con normalidad en los depósitos tras la confianza de largos años como investigador, los vio en algún traslado para la exposición de la Fiesta del Libro y pudo comprobar que figuraba la autoría de Leonardo, lo que comunicó inmediatamente a López de Toro, que comenzó entonces a jugar a dos barajas. A comienzos de febrero de 1967, convocó en la Nacional a uno de los grandes especialistas en Leonardo, Ladislao Reti, y se lo presentó a Piccus. Consiguieron las copias microfilmadas y el permiso de la Biblioteca para su edición en Estados Unidos, pero además incluyeron al padre López de Toro en el proyecto con un sueldo mensual de 500 dólares.

Corre la leyenda de que los códices son malditos para quien los usa en su propio beneficio

El informe de la comisión internacional formada para estudiar lo ocurrido, que se declaró secreto y al que tuvo acceso Martín Abad, recoge la batalla por los códices. La presión de las autoridades españolas, que acusaron el desprestigio internacional, logró que Reti se retirara del proyecto y se puso en marcha una nueva edición con la participación de varios países, entre ellos España. La publicación por fin de los códices, en 1974, incluye una breve nota en la que se afirma que fueron «encontrados en el lugar que les correspondía» por Paz Remolar a instancias de López de Toro, que cedía a la insistencia de Corbeau (fallecido en 1971); la prueba de que nunca estuvieron perdidos era la exposición de la Fiesta del Libro de 1965. Firma esta nota el encargado también de la edición científica -y presente en la rueda de prensa de Boston-: Ladislao Reti.

En 2003, con motivo de una exposición sobre Leonardo y la música, los comisarios quisieron rehabilitar la figura de Jules Piccus (fallecido en 1997) e invitaron a su viuda a la inauguración. Pero en el catálogo no quedó más que una mención al «hallazgo» de Piccus y la viuda fue relegada en la inauguración. «Mi marido fue un hombre honrado», me comentó Nancy Piccus cuando fui a verla a su hotel, «que pudo haberse llevado los manuscritos de la Biblioteca dado el desorden que allí existía, y no lo hizo». Según la viuda, solo mintió en una cosa y fue para proteger a López de Toro: dijo que se los habían servido por error y en realidad los vio en los depósitos. «Incluso le prohibieron la entrada en la Biblioteca Nacional y le retiraron el carné. Jamás se recuperó de aquello y nunca superó la traición de Reti», añadió Nancy.

Ladislado Reti falleció en 1973 y no llegó a ver impresa la edición internacional; Ramón Paz Remolar siguió al frente de la Sección de Manuscritos, pero fue marginado de la contribución española al proyecto; Miguel Bordonau fue sustituido de la dirección de la Biblioteca Nacional; el padre José López de Toro pidió su ingreso en una cartuja, aunque no llegó a hacerlo por motivos de salud y se jubiló. Desde entonces corre por la Biblioteca Nacional la leyenda de que los códices de Leonardo son abrasivos con todo aquel que se acerca demasiado a ellos y pretende usarlos para su beneficio.