LIBROS

De Fernando el Católico a Carlos III

El quinto centenario de la muerte de Fernando el Católico se une en 2016 al tercer centenario del nacimiento de Carlos III. Dos monarcas que -recuerda el hispanista francés Joseph Pérez- hicieron posible la transformación de España a lo largo de los siglos

Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Algo bueno tienen las conmemoraciones. Ofrecen la oportunidad de revisar los tópicos que vienen repitiéndose, a veces sin gran fundamento. Desde este punto de vista, Fernando el Católico y Carlos III son muy representativos de los cambios que se producen en España a lo largo de los siglos. Con la llegada de los Borbones España parece como que está reanudando el curso de su Historia, truncada desde la muerte de Fernando el Católico.

Por el tratado de Utrecht (1713) que pone fin a la guerra de Sucesión, España ha tenido que renunciar a las posesiones en los Países Bajos y en Italia; Inglaterra obtiene concesiones valiosas en el Atlántico: el monopolio de abastecimiento de esclavos negros en América -asiento- y el navío llamado de permiso, es decir, una brecha en el monopolio del comercio con las Indias. Lo que llama la atención en la diplomacia española durante el reinado de Felipe V son los esfuerzos por corregir aquellas cláusulas del tratado de Utrecht que eran evidentemente contrarias a los intereses bien entendidos de la nación y a sus tradiciones más arraigadas.

Una gran potencia

Felipe V se resignó fácilmente a la pérdida de los Países Bajos. En cambio, nunca se conformó con los artículos de Utrecht referentes a las Indias y a Italia. A las Indias, porque se trataba de conservar y acrecentar una fuente de ingresos esencial si España quería seguir siendo una gran potencia; a Italia, porque Sicilia, Cerdeña y Nápoles habían sido desde la Edad Media una proyección de la corona de Aragón. El tratado de Aquisgrán (1748) significó una revisión completa de la solución arbitrada en Utrecht para Italia. España obtenía el reconocimiento de su vocación a ejercer una influencia preferente en el Mediterráneo occidental y, a partir de entonces, su diplomacia pudo orientarse a fondo en el objetivo de contrarrestar las ambiciones de Inglaterra en América.

Al verse libre del lastre que representaban los Países Bajos y al concentrar sus esfuerzos sobre Italia y sobre las Indias, la diplomacia de los Borbones reanudaba una tradición que había sido descuidada por los Austrias, quienes se habían empeñado en defender intereses dinásticos más que nacionales en Flandes y en la Europa del Norte, por solidaridad con la rama de Viena de la familia. Venía así la nueva dinastía a darle la razón retrospectivamente a aquellos castellanos, quienes, desde un principio, como en el caso de los comuneros, habían manifestado su disconformidad frente a una política imperial muy alejada de las preocupaciones vitales de España.

Este cambio de orientación no se les escapó a los españoles. La crítica de los Habsburgo iba a desarrollarse a lo largo del siglo XVIII. Buen exponente de aquella revisión es Juan Pablo Forner, quien, después de hacer el elogio de Fernando el Católico, prosigue así: «Su muerte puso el cetro en las manos de una Casa extranjera, y esta Casa, asustando a Europa, y poniéndola en arma para resistir la fortuna de sus ejércitos o, como creían los demás príncipes, las pretensiones de los austríacos a la monarquía universal, produjo en el gobierno de Occidente una revolución tan notable, y al fin tan desgraciada para España, que ella por sí debe hacer un miembro separado en nuestra Historia […], hasta que, agotado el erario, y debilitado el reino por una serie funesta de errores y de infortunios, pasó a la Casa reinante que empezó a restaurar su prosperidad interior y su autoridad externa» (1).

La amarga verdad

El capítulo V del «Discurso sobre el modo de escribir y mejorar la Historia de España» lleva este título: «A España le importa mucho que se escriba una historia política de la dinastía de la Casa de Austria». Empieza el capítulo por esta frase: «Se puede dudar si el reinado de Carlos V fue tan próspero para sus reinos como favorable a la gloria personal del príncipe […]. La amarga verdad es que el origen de nuestra decadencia anduvo envuelto en parte con los sucesos que hicieron llegar a lo sumo nuestro poder […]. España está aún experimentando muchas consecuencias del gobierno austríaco en ella, muchos efectos de aquella enorme dilatación de dominios que sustentaron las desgraciadas Castillas, siempre ensalzadas, y siempre agobiadas y miserables» (2).

Forner denuncia también «las guerras continuas en aquella Holanda y aquellas Flandes que se tragaron todas las tropas de España y todo el oro de América» y cita en nota un papel atribuido a Palafox: «No hay quien dude […] que las guerras de Flandes han sido las que han influido en la ruina de nuestra monarquía; porque […] ha peleado España con la emulación de Francia, con la herejía de Alemania, con los celos de Venecia, con los horrores de Inglaterra y de Escocia y con todos los disidentes de Italia».

Las patrias

Con los Borbones, España inicia una nueva etapa de su destino histórico. Esta España está más y mejor vertebrada. En los siglos XVI y XVII, para referirse al monarca, se solía hablar del Rey Católico, ya que, en rigor, los Austrias nunca fueron reyes de España, sino reyes de Castilla, Aragón, Valencia, condes de Barcelona, etc. Con el advenimiento de Felipe V la situación ya es diferente. Felipe V se titula rey de las Españas.

Efectivamente, a partir del reinado de Felipe V, ya se puede hablar de España como nación coherente y homogénea desde el punto de vista institucional y político, al mismo tiempo que la preocupación por las patrias, tan vivamente presente en los ilustrados (de Jovellanos a Capmany, por ejemplo) se hace perfectamente compatible con un sentimiento de pertenencia a una comunidad nacional. Este nuevo rumbo, iniciado por Felipe V, produce todos sus efectos positivos con el reinado de Carlos III.

(1) Juan Pablo Forner, «Discurso sobre el modo de escribir y mejorar la Historia de España». Ed. François López. Barcelona, Ed. Labor, 1973. p. 151-152.

(2) Ibid., p. 155-156.