ALTA INFIDELIDAD

Cuando fuimos quinquis

En un doble ejercicio de nostalgia, Danny Boyle recurre a un repertorio musical añejo para ambientar el relato de «Trainspotting 2», película que alerta sobre la extinción, también paralela, del cine pandillero y del rock de acción

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Más de veinte años después de que su original estableciera un canon musical que ha logrado sobrevivir a la generación que a finales del siglo pasado representó su público objetivo, el estreno de la secuela de Trainspotting viene a confirmar la perpetuación de un repertorio que, muy por encima de la nostalgia que trata de explotar el realizador Danny Boyle (Radcliffe, Reino Unido, 1956), refleja la creciente dificultad de la industria del pop para proponer una nueva regla sonora con la que envolver los relatos de transgresión, rebeldía y delincuencia que en comprimidos efervescentes animan y agitan los retratos grupales y tribales de los adolescentes de cada década.

Durante los veintiún años transcurridos entre las dos partes de Trainspotting han pasado muchas cosas, alguna buena, pero se ha descuidado tanto la producción de canciones de exaltación hormonal y con balcones a la calle que Boyle, buen conocedor del mercado musical, no ha tenido otra opción que rebobinar y reproducir sus viejas cintas. Ya lo hizo como comisario en los Juegos de Londres del año 2012, para cuya ceremonia de apertura, pretendida celebración de la vitalidad del pop británico, tuvo que volver a contar con Underworld y ceder con Emeli Sandé. Para la fiesta de clausura, la cosa fue todavía a peor, con la presencia de Ed Sheeran haciendo el Pink Floyd.

El cineasta retrata la época previa a la sustitución del gesto físico por el emoticono

De existir en alguna parte, su música, también metida para dentro, debe de ser ahora la que contienen los videojuegos, área en la que trabaja desde hace tiempo Tangerine Dream, o la de las bandas sonoras que componen Trent Reznor o Alec Empire, gente antaño salvaje que se ha quedado ya sin palabras.

La línea se cortó

Como Easy Rider o Deprisa, deprisa, Trainspotting no es una película musical, pero sí definitoria del catálogo de canciones que en tiempo real es capaz de explicar, si no un determinado tiempo, las actitudes y los condicionantes de una juventud que en su parte más conflictiva y desde los tiempos de West Side Story ha sido de cine. La evolución y la historia se detienen, sin embargo, a la altura de la película de Boyle.

La línea que hilvanan Fiebre del sábado noche, Pretty In Pink o Flashdance se corta en el momento en que el pop, divino tesoro, se pone a madurar y deja atrás la adolescencia formal y emocional que desde su origen le dio razón de ser y estar. Los trabajos introspectivos que en las últimas dos décadas -OK Computer fue editado en mayo de 1997- se han sucedido en el mercado de las alternativas musicales trazan una sofisticada carrera cuya pista da premeditadamente la espalda a la grada y mira a los árbitros de competición, a ver qué dicen y qué notan ponen. Aprobado general.

Intimidades

Entre esos ensayos de consumo interno y los megahits de molde que de manera igualmente cansina factura la industria para solaz verbenero y nupcial del gran público, el único camino posible hacia la exaltación de las pulsiones juveniles es la nostalgia, como en Dirty Dancing o Sing Street, de naturaleza escapista, o en Trainspotting 2, tan realista como la vuelta a Iggy Pop a la que obliga un tiempo en el que las calles son infografías y los roces físicos, conversaciones de red social.

Incluso la mala leche se despacha hoy pasteurizada. Rhesus Negative, del próximo álbum de Blanck Mass, World Eater, viene al pelo para documentar el proceso de síntesis al que las estrellas del pop de laboratorio han sometido su obra más fiera y corrupia, una sublimación intelectual que pone el techo de la extraversión a la altura de una ecuación de segundo grado, pan comido para el aficionado a estos juegos reunidos, y que insiste en reducir hasta la intimidad -mejor con auriculares, al margen de cualquier socialización pandillera- su círculo de aplicación.

Danny Boyle ha secuenciado las canciones de una banda sonora nostálgica para una película igualmente basada en la memoria. No es que el cineasta británico haya sido incapaz de encontrar canciones -las hay a patadas, y gratis, en streaming- para acondicionar una historia de supervivencia urbana en 2017. Ha sido todavía peor. Lo que no hay es una actividad juvenil que, al margen de los guetos migratorios que descubrió La Haine y de la que, más céntrica, desarrollan los hipsters que se acicalan y los pies negros que andan en política, dé para rodar una película de acción medianamente creíble. Sus historias serían tan ahogadizas como las canciones que escuchan en circuito cerrado.