Guillermo Martín Bermejo entre las piezas de «Teeny Hell», en Factoría de Arte y Desarrollo
Guillermo Martín Bermejo entre las piezas de «Teeny Hell», en Factoría de Arte y Desarrollo - jose ramón ladra
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Guillermo Martín Bermejo: «Esta exposición es una venganza»

Tras años sin exponer en Madrid, Guillermo Martín Bermejo reaparece en Factoria de Arte y Desarrollo. Su exposición, titulada «Teeny Hell», nos devuelve al mundo de la infancia y da voz a aquellos a los que obligaron a sentirse fracasados

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«Siempre me llamasteis perdedor. Siempre fui el raro, el rechazado. Me insultabais y me humillabais. Yo volvía a casa y me refugiaba en mis cuadernos de dibujos, en mis libros, en mis películas. Me inventé un mundo a mi medida (...). No quiero ser como vosotros. No quiero hablar como vosotros. Ni mirar como vosotros. Ni triunfar como vosotros. Ni oler como vosotros. Ni comer como vosotros. Ni gobernar como vosotros. Ni maltratar como vosotros». Quien esto suscribe es el artista Guillermo Martín Bermejo (Madrid, 1971), pero lo hace por boca de Lucas, un muchacho que supo bien lo que era pasarlas canutas cuando niño. Los americanos tienen un término específico para los que sufrieron malos tratos a esa edad: es «teeny hell», literalmente «infierno diminuto o adolescente», título de la exposición del artista ahora en Factoria de Arte y Desarrollo. ¿Se atreven a entrar en él?

Alguien dijo que la adolescencia es una enfermedad que se cura con los años. En su caso, es una enfermedad crónica...

Quizás sea una actitud vital. Es un referente o, mejor dicho, una forma de ser diferente y de luchar contra ciertas nociones establecidas, ciertas normas o trayectorias vitales que nos obligan determinadas sociedades, y la sociedad católica en la que vivimos, sobre todo, porque seguimos unas reglas y unos roles muy marcados todavía en España y en casi toda Europa. Más que un «peterpanismo» es una actitud contra ciertas tendencias en la vida.

Un «peterpanismo» a la contra...

Sí. Pero, sobre todo, es una manera de reivindicar la frescura que perdemos según crecemos. No se quién decía que mucha gente no perdió su infancia. Yo pertenezco a esos artistas que procuran conservarla. Pero no se trata de vivir en ella. Esto no es un ejercicio infantiloide, sino un canto al infantilismo. Invito a un redescubrimiento constante de la vida.

En cualquier caso, usted ya tiene una trayectoria. Y no se trabaja sobre la infancia de igual forma cuando se está más próxima a ella que según se va alejando...

Sin duda. Y si te das cuenta, mis dibujos también «han crecido», los personajes han evolucionado. Ellos han sido siempre una especie de compañeros de juegos. Alguien me dijo el día de la inauguración que ahora tenían otras miradas. Estoy de acuerdo.

¿Y usted?

También. Evidentemente. Porque he crecido con ellos. Ha sido en un proceso paralelo. Para el Proyecto ABC Cultural que preparé recientemente ya hablaba de eso; de personajes que han saltado de los dibujos; muchos de ellos parecen vivos. Me los encuentro en los perfiles de Facebook y en los Instagram de otros. Eso es bonito, gestos casi de retrato. Dibujos creados por mí que ahora son personas de verdad. Mi relación con ellos ahora es diferente: hablamos de tú a tú y es casi física. Esta exposición está dedicada a un chico que se llama Lucas. Ahora vive en Alemania, pero es un absoluto teeny hell, un chaval que sufrió muchísimo de maltrato infatil, con una madre dorgadicta, una trayctoria vital brutal. Él se puso en contacto conmigo, y así lo conocí, por Instagram. Y a partir de ahí, lo he retratado, lo he dibujado, y ahora mantenemos una amistad muy bonita.

«Yo dibujo como el que escribe. Y no lo hago con boceto, sino dejo que fluya la idea»

Deberiamos explicar que es un «teeny hell» y qué es este «Teeny hell» de Factoria de Arte y Desarrollo.

Esta exposición recopila muchos de mis trabajos más recientes y, algunos de ellos, aparecieron en el Proyecto ABC Cultural Antología del artista secreto (octubre de 2013). «Teeny hell» es un juego de palabras en inglés americano. Literalmente significaría «infierno diminuto», pero es la expresión que se usa para referirse a las personas que sufrieron abusos o bulling en su infancia u adolescencia. Mi teeny hell es una venganza. Más que desear concienciar sobre el tema, quiero dar voz al adolescente maltratado, para que se dirija a sus maltratadores. En la películaDéjame entrarhay una escena horrible en el que la niña vampira se los carga a todos en la piscina. Este teeny hell es esa escena. Pero a la vez, recubierto de una gran carga poética que conlleva la amistad de dos seres raros y extraños omo somos todos mis personajes y yo, personajes reales muchos de ellos. Algunos, de hecho, estuvieron aquí en la inauguración.

¿Es siempre así: hay un referente real tras cada dibujo?

Yo dibujo como el que escribe. Y no lo hago con boceto, sino que siempre es una intervención directa sobre el soporte. La idea va fluyendo y el dibujo va saliendo. A veces funciona y a veces no. Pero sí, siempre hay una anclaje con lo real. Para mí es importante que aunque el resultado sea muy fantasioso, los referentes sean reales.

Le pregunto ahora por el «teeny», el juego de palabras con el término «diminuto» en inglés. Su relación con las escalas, en definitiva.

Si te digo la verdad, eso ha respondido siempre a una cuestión práctica. Yo he trabajado mucho como asistente en galerías y acababa agotado de mover cuadros enormes. Y no me he parado de mudarme, por lo que tenía que hacer de mi obra algo transportable. Karin Sutter, que es mi galerista en Basilea, me llama «el artista portátil». Yo he montado exposiciones en las que llevaba todas las obras en una cajita negra. Luego la abría y se desplegaba todo un mundo. Es como cuando abres uno de esos libros infantiles tridimensionales y ante ti se genera todo un mundo.

Hablaba antes de la influencia católica...

Que, ojo, no tiene por qué ser negativa. Y es un referente que no podemos evitar. Yo disfruto mucho de algunas de las cuestiones de su folklore, que además reivindico, como las tallas de madera. Otras, obviamente, están desfasadas y no tienen ningún sentido en pleno siglo XXI.

Lo que yo quería subrayar es si, con el tiempo, no ha ido creando los ídolos de cierto cristianismo pagano: sus propios santos, sus propios retablos y altares...

Quizás sí. Pero lo mío, más que rituales, han sido juegos. De niño me encantaba eso de construir pequeños mundo con mi hermana. Siempre había personajes, siempre había paisajes, siempre había argumentos. Y siempre en pequeña escala. Nos podíamos pasar horas en la habitación.Y yo tengo muchos referentes del arte clásico. Patinir es más evidente en mi obra que la influencia de cierto tipo de arte contemporáneo. Carga y aire de obra religiosa hay en mi trabajo. La pieza del loser, con sus pequeñas bombillas, podría ser un santito con sus velas.

Ha compuesto un texto para esta exposición en el que arremete cotra esos maltratadores (a los que no quiere parecerse) y enumera a aquellos referentes a los que desea imitar. ¿Qué tienen en común Georges Miles Tommy y Annika o Alexander Motier, entre otros muchos?

Que se evaden. Ese texto es una invitación a evadirnos de la realidad. Ahí están muchos de mis referentes, no ilustrativos, pero sí literarios. Esa capacidad para desaparecer que invocamos cuando somos niños desaparece de nosotros en la edad adulta.

¿Existe entonces un Guillermo Martín Bermejo escritor?

Lo que hago es una especie de diario. Es como escribir poesía pero con otros símbolos. Estos objetos, estas figuras, son los versos.Y pocos dibujos tienen una idea muy cerrada. Van construyéndose solos. A veces comienzo con una cara; otras, con un cuerpo. Entonces las formas me piden ponerle a eso una camiseta... La argamasa de todo son mis propias experiencias.

«Yo soy decadentista. Soy viscontiano cien por cien. Soy Stefan Zweig»

¿Pero hay más textos suyos en un cajón? Más de los que hemos ido puntualmente conociendo...

Generalmente, los dibujos vienen a ilustrar unos textos. Lo que yo hago son textos a partir de dibujos y textos que luego complementan a unos dibujos. Justo lo contrario. Yo escribo para intentar entender a posteriori mi propia obra. A veces me pregunto por qué he dibujado esto o aquello.

Hay un hilo rojo que aparece una y otra vez en estas piezas.

El hilo rojo aparecía ya en unos bordados anteriores. En ellos, como en algunas de estas obras, eran los hilos de la marioneta. Son además extensiones de las obras. Volvemos a la religión y recuerdo las vestimentas de muchos de los santos o vírgenes, que prolongan la figura de las imágenes. Aquí sucede más o menos igual. Pero puede ser sangre, pueden ser muchas cosas. Sin embargo, no sé muy bien por qué ha ido evolucionando en la obra y se ha convertido en un referente.

«Me inventé un mundo a mi medida». ¿No teme la superpoblación? O, peor, la extinción: No hay mujeres en él.

Se extinguirá. Es fin de raza. Y la suya es una decadencia brutal. Pero es que yo soy decadentista. Soy viscontiano cien por cien. Soy Stefan Zweig. Y eso es algo que yo reivindico. Son referentes europeos que creo que la propia Europa ha perdido en pos de postulados más globalizados. Pero esa literatura vital o de descubrimiento, la del Jakob Wassermann de El caso Maurizius o Etzel Andergast, dos libros que no se han vuelto a traducir, es fundamental para mí. Patrick Modiano, que ahora es Nobel; ese tipo de vagar o de relaciones que no te llevan a ninguna parte, son básicos para mí. A mis personajes ya les ha pasado algo. Nunca te ofrezco una escena, sino las consecuencias o los preliminares.

Ese decadentismo, ¿se traduce en los materiales? Porque muchas de estas obras parecen frágiles, para no durar.

Las de esta exposición, desde luego. Absolutamente. Se pueden conservar y tienen un grado de perdurabilidad. Pero están hechas para desaparecer. Por otro lado, yo soy muy «regalero», y me gusta ese hecho. No soy capaz de darle importancia a mis piezas como para guardarlas. Ya las he dibujado y ya se van. Por eso, lo de la superpoblación que mencionabas antes, es imposible. Nunca se quedan conmigo hasta el final...

La muestra se acompaña de una «playlist» y un listado de películas sobre marginados e inadaptados en el cine. Es usted un artista muy «sensorial», que explica también con imágenes visuales y bandas sonoras.

Creo que sí. De hecho mis materiales básicos son el lápiz y el papel, muy directos. Era Matisse el que recordaba que el dibujo era la forma de expresión más directa porque llegaba directa del alma o el corazón a la mano y al papel. No es habitual incluir estos listados en mis expos. Es la primera vez que lo hago, pero sí que es cierto que la música es importante para mí y siempre dibujo con ella. Y el cine, me ha influido mucho.

Hacía algunos años que no exponía en Madrid, aunque le hemos ido viendo en proyectos puntuales: La Dominación Mundial, su participación en el «Kink 21» de Paco y Manolo...

Hasta ahora trabajaba como asistente en la galería Heinrich Ehrhardt. Falleció mi madre, y he decidido retirarme y centrarme más en mi obra plástica. Para mí, la idea de la galería clásica no tiene sentido. Mi relación con mi última galería, Arana/Poveda, no funcionó y, ahora, si aparezco aquí, es por que Factoria no es una galería al uso, sino un lugar en el que ocurren cosas, algo que me interesa más y que creo que es el futuro de los espacios expositivos. Me interesa mucho más participar en acciones como la de Paco y Manolo que, en el fondo, es una invitación en una revista pero que es tambien mostrar una exposición en pequeñito y sobre otro soporte. Los formatos ahora están mucho más abiertos. En Facebook o en Instagram ocurren cosas más interesantes.

«Esto no es un ejercicio infantiloide, sino un canto al infantilismo»

¿Y ahora qué?

Pues tengo entre manos un proyecto muy bonito con Los Interventores en Málaga, con los que voy a crear un mundo sin barbas. Una amiga de Javier Hirschfeld ha escrito un libro muy interesante sobre las barbas en el mundo del arte, pero ella las tiene fobia. De esta manera, ellos me han propuesto recrear personajes históricos, un Durero, un Da Vinci, pero sin el vello facial. Eso es para ya, para enero, para Art & Breakfast. Y seguiré dibujando. Para mí es una necesidad fisiológica, como comer o respirar. No lo puedo evitar.