Juan Ramón Jiménez
Juan Ramón Jiménez - NIETO
DOMINGOS CON HISTORIA

Juan Ramón Jiménez, el exilio del lenguaje

El poeta sufrió cuando en España no se se valoró su obra y cuando algunos fanfarrones del régimen pretendieron desahuciar su criterio moral

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Charleston, Carolina del Sur. Un poeta español separado de su patria escribe: «Lejos de España, prefiero vivir en país sin tradición, en ciudad nueva. No quiero prendarme de una tradición que no puedo comprender ni amar como la mía. Así tengo siempre y “solo” la tierra, el cielo, el mar, que son eternidad, tradición universal. Y tengo mi obra, que es mi tradición y mi eternidad, para vivir, como debo, en mi pasado, en mi vida y mi obra de España, en España, ya que fuera de España no tengo, no puedo ni debo ni quiero tener presente ni porvenir.» Pocas personas como Juan Ramón Jiménez podían definir así la impresión del exilio. No era la añoranza del paisaje inerte. No era el recuerdo de la tierra profunda y en silencio. No era la lividez ancha y prieta del cielo enmudecido. Era la agonía de la palabra puesta a los pies de las cosas. Era la belleza impune de la poesía descifrando el mundo. Era la avidez del lenguaje entrando en la materia, hablando con el espíritu inmóvil de la España perdida, comprendiendo la fuerza íntima de una patria alejada para siempre.

Juan Ramón sufre del mismo modo que lo ha vivido todo: a través de ese español destilado, de esa rara perfección lírica en que la esencia oscura del mundo podía pronunciarse. Por eso, sufre cuando en España no se valora su obra más reciente, frenándose los elogios en la escrita previa a 1936. Sufre también cuando algunos fanfarrones del régimen pretenden desahuciar su criterio moral y su actualidad literaria, amparados en la impunidad del diario «Arriba» y protegidos por el gusto chabacano de la peor poesía social o la insoportable frigidez de los sonetos neoclásicos. Sufre, sobre todo, cuando algunos miserables bien identificados asaltan su casa de Madrid y le roban libros, manuscritos y objetos personales.

El español vivo

Pero sufre, sobre todo, porque le falta escuchar el español vivo. Echa de menos el idioma fresco, actual, que le llegaba con la voz pura del pueblo que él nunca confundió con las versificaciones populistas. Teme olvidar las palabras antiguas, pero teme aún más disecar el pulso del español en la distancia opaca y en el tiempo sordo. No podía ocurrir de otra manera, porque no hubo poeta alguno como aquel Juan Ramón tan obsesionado con su labor, que la consideró un aspecto de la divinidad, la voz misma de la exactitud del mundo, incorporándose sobre la realidad gracias a la delicada orfebrería del quehacer lírico. Sin poesía no podía existir un orden verdadero en las cosas. Sin poesía el aire era un laberinto enloquecido. Generaciones enteras de escritores han rendido culto a esa forma de dignificar, como un sacerdocio estético, la tarea de la poesía: plegaria rezada al ser profundo de la tierra, palabra a través de la cual el hombre se sabe conciencia viva de la creación. Uno tras otro, los españoles que han ofrecido calidad a nuestra literatura han reconocido esa labor abnegada y fervorosa, que liberó la poesía de servidumbres circunstanciales, pero que fue capaz de hacer de la perfección lírica una forma de humanismo.

Juan Ramón frecuenta a quienes acaban de pasar el océano, a quienes desembarcan con su lenguaje intacto, con su español virgen: «¿Ir a ver a un español recién llegado ahora de España, para hablar con él? ¡Qué extraño; a lo que llega el español perdido!». Juan Ramón trata de abrevar ese lenguaje que ha cultivado durante toda su vida. Trata de preservar la voz elemental que teme extraviar en el dialectismo ajeno. Desea regresar a la ardua sencillez de su mejor oficio: «¡Qué nostaljia de mi español de niño de Moguer! ¡Qué afán de dejarlo todo claro, liso, fluido, transparente, (como Leonardo quería la pintura del cuerpo humano), redichos sonetistas arquitecturales! Pero ¿cómo arreglar todo esto mío sin libros, ni papeles, tanto perdido en España?». Se asombra al escuchar un español envidiable en un colombiano, un mexicano o un boliviano, que le parece extraño y perfecto, pero ajeno. Reconoce en Puerto Rico, Santo Domingo o Cuba palabras de su infancia, y se conmueve: «Unas veces, las palabras nuevas para mí me parecían más falsas que las otras; otras, más verdaderas más mías que las mías de… ¿cuándo?, más cerca de las mías de niño. Falsas por olvido, verdaderas por memoria.» Deja escrita su pasión y su gloria de español de raíz, de hombre entero que se sabe hacedor del idioma: «Y yo, un día, escribí un español auténtico y propio, y fui sencillo a veces y a veces complicado, corazón o cabeza, lírica o sátira; pero siempre de ‘dentro’ de España, y de los españoles, de España. Yo estaba ‘creando’ un español de España ¡mi español!».

La palabra edificante

¿Qué va a ser de él, exiliado del origen de su lengua, aislado del ritmo vivo, de lo que Octavio Paz llamó la palabra edificante? «¿Muerto para mí el español de España; muerto el otro español desterrado, muerto mi español?». Le atormenta el desdén por lo que escribe en el exilio. Un desdén ignorante y presuntuoso que mucho más tarde habrá de poner por las nubes «Animal de fondo», cuando Juan Ramón ya no puede asistir a ese elogio tardío. El premio Nobel le ensalza a la condición de español universal al final de su vida. Universal por esa lengua española corregida sin descanso, excavada sin pausa, para hallar la realidad última de todo en su sonora soledad. Para la consistencia de la Tierra en el español añorado, evocado desde el exilio más terrible. Para la densidad de ese español en el que definió el ideal de la belleza que nos lleva a comprender el mundo: «Un día/ ¿dejaré yo de verte,/ te tendrás que quedar/ sin estos asombrados ojos míos,/ que completaban tu hermosura plena/ con la insaciable plenitud de su mirada?/ Un día,/ ¡se romperá mi línea de hombre,/ me tendré que espandir/ en la naturaleza abstracta./ No seré nada para ti,/ árbol universal de hoja perenne,/ eternidad concreta!».