La Nao Victoria, en aguas del Cantábrico, el pasado miércoles
La Nao Victoria, en aguas del Cantábrico, el pasado miércoles - ANTONIO GUTIÉRREZ ROCILLO

Un cuadro de Ferrer-Dalmau en la Nao Victoria para recordar la epopeya de Juan Sebastián Elcano

Navegamos junto al pintor de batallas en la réplica histórica donde ha documentado su próxima obra, de gran formato, encargo de la Armada Española

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Al acercarte a la réplica de la Nao Victoria no puedes dejar de pensar con prevención si ese artilugio de madera, cuerdas y clavos cuyo diseño y tecnología son de principios del siglo XVI soportará los embates del mar Cantábrico. Pero la estampa del barco es magnífica, de un tiempo en el que la épica no era un género literario ni una apostura estética, sino el abismo al borde del pan nuestro de cada día de aquellos intrépidos marinos que hemos tenido tan olvidados, a pesar de que hicieron grandes cosas.

Como el español Juan Sebastián Elcano, el primer navegante que dio la vuelta al mundo y trajo la prueba empírica de la redondez de la tierra. Desde aquel día de 1522, en el que la Nao Victoria regresó a Sevilla después de tres años de aventuras y desgracias, nada ha sido igual. Por eso, tal vez, ver a poca distancia los tres palos y el velamen recogido bajo las vergas despierta un vínculo emocionante con el leve bamboleo del barco de 26 metros de eslora (largo) y apenas 6.7 de manga (el ancho en el centro) atracado en el humilde puerto de Colindres.

Al llegar junto a la nave, ajena a la historia que representa, la madera vieja aparece llena de secretos recovecos -por los 30 años pasados a la intemperie desde su construcción para el V Centenario del Descubrimiento de América-. Y cuando das el pequeño salto al interior por la banda de estribor, la sensación es extraña, de haber llegado a una vieja fortaleza. Aun así, resulta imposible imaginar cómo cuarenta y cinco personas podrían dar la vuelta al globo sobre tan débil estructura, sin mapas, sin rutas trazadas, dibujando el mundo a medida que lo iban recorriendo.

Pensado para la vela

Cuando la tripulación de diez personas -en su mayoría voluntarios- se pone en marcha en Colindres la cubierta se llena de actividad. El pintor y el periodista que suscribe -junto con otros tres pasajeros- observan con ojos atónitos. Aprenden. La salida del puerto es lenta y hay complicaciones. El motor sufre un calentón por un fallo en la refrigeración y la Nao Victoria queda durante unos minutos sin gobierno, ante la mirada de preocupación del capitán, Ángel Rodríguez Alvariño, que lo resuelve con prontitud y la ayuda momentánea de una «zodiac» que sus hombres arrían a toda velocidad. Todo viaje en el mar es fuente de presagios y las miradas lo revelan desde el silencio e incluso desde las bromas.

Los cabos, perfectamente adujados en la cubierta, en proceso de calafateado
Los cabos, perfectamente adujados en la cubierta, en proceso de calafateado - J.G.C.

Arreglado el motor, la singladura continúa y los marineros vuelven a la actividad rutinaria, a ratos intensa, otras veces relajada. Son novatos, casi todos, y para algunos, como María, es la primera vez para escalar al palo más alto -algo que hace con temple-, porque solo lleva unos días escalando las jarcias y encaramándose a los palos y a las cofas. Los arneses que ciñen aportan la seguridad que los viejos marinos no tenían. Ellos podían caer por falta de pericia, un golpe de mar... y solo podían alcanzar, con suerte, la tabla de salvación, un madero atado a la popa de la nave al que intentaban llegar nadando, si sabían. Lo cuenta el capitán, mucho más animado a medida que avanza la tarde y el mar en calma recibe la quilla de la nao.

Muchos voluntarios son estudiantes, algunos de Náutica, como María; otros, como Irene, son estudiantes de otras áreas, como Biología. Alguno, como Carlos, tiene otra motivación: hermano de un marino que capitaneaba la nao hasta hace poco, se ha reenganchado con la esperanza de que la Victoria vuelva a dar la vuelta al mundo y le pille a bordo. Disfrutan de su estancia y llevan bien la disciplina. Comentan, porque lo saben, que es mucho más duro estar enrolado en la réplica del Galeón.

La tripulación de voluntarios comienza a desplegar las velas
La tripulación de voluntarios comienza a desplegar las velas - J.G.C.

El capitán relata mil anécdotas, como que las cofas que coronan los palos mayor y trinquete (los dos más grandes) se llamaban carajos y de ahí viene la expresión «vete al carajo», porque «los oficiales castigaban a los marineros enviándolos ahí arriba, donde hace más frío, más viento y se marea uno mucho más». Poco a poco, la hermosa costa cantábria se va quedando pequeña y se agrisa por la popa, a medida que el bamboleo de las olas del mar abierto se hace mucho más evidente.

Hay que imaginar los 120 metros cuadrados útiles en los que 15 personas no se sienten solas llevando a 45 hombres y varias vacas, cerdos y gallinas que embarcaron en 1519 y daban alimento en las primeras semanas. Las bodegas iban cerradas, llenas hasta los topes de alimentos y repuestos, además de armas y mercancías. Los marineros dormían en cubierta y solo tenían mantas impregnadas en cera para protegerse de la lluvia y la nieve patagónica. La cubierta es baja y en cuanto alguna ola supera los dos metros entra el mar por los imbornales. Así dieron la vuelta al mundo. Mirando siempre al oeste y hallando el paso al mar del Sur, el que acababa de ver Núñez de Balboa. Lo llamaron Pacífico. Y todavía se llama.

Antonio Gutiérrez Rocillo
Antonio Gutiérrez Rocillo

El pintor Augusto Ferrer-Dalmau ha venido a la Nao para aprenderlo todo. Las sensaciones, los sonidos, los volúmenes del barco. Las texturas, la visión frágil y sin embargo durísima de aquel mar que estaba siendo conquistado. Invitado por la Fundación Nao Victoria, toma apuntes febrilmente en un cuaderno, por momentos, o hace fotos de detalles, y luego sigue disfrutando del espectáculo de la historia surcando nuestro presente.

Hoy dormiremos en la bodega, donde unos camastros en literas se pegan al perímetro interior del casco. Dormir en la Nao significa oír durante la noche el mar rompiendo contra la tabla, a pocos centímetros de tu rostro, y sentir el bamboleo incesante, a veces mareante, con un calor y una ventilación escasa que estaba en el diseño original y la réplica respetó. Pero la experiencia es única. Una noche aquí cuesta 150 o 200 euros.

El mar nocturno adquiere una textura de mercurio bajo la luz de la luna. A las 4 de la mañana, a unas 25 millas de la costa, las estrellas envuelven el piélago sin luces. A las 6 la claridad las apaga como un soplido. Al poco amanece. No se ve ni una nave alrededor. Así vieron el mar hace 500 años.

El pintor, trabajando en sus apuntes junto a los cabos
El pintor, trabajando en sus apuntes junto a los cabos - J.G.C.

Pronto los voluntarios se encaraman a los palos y despliegan una a una las velas. Se espera viento, pero el mar continúa en calma. Sale el sol y aparecen unas moscas atolondradas. No han llegado tan lejos volando, sino que habitan en la madera. Son polizones. Los barcos tenían sus propia flora y fauna. El capitán explica: «También tenemos que tener cuidado porque de vez en cuando aparece un escarabajito xilófago y tenemos que aplicar tratamiento». No puedes dejar de pensar en la broma (taredo navalis), el molusco que devoraba las maderas en los largos viajes oceánicos de los siglos XVI, XVII y XVIII. Algunos barcos de la armada de Magallanes acabaron seriamente dañados por la broma -vaya nombre-, entre otras cosas.

Acabada la maniobra de desplegar las velas, comienza a soplar la brisa tímidamente. La nave se mueve. El empuje del viento sobre el aparejo clava la quilla en las olas y se nota mucho menos bamboleo que navegando con el motor. Los pasajeros tiramos de móvil, frenéticos, para inmortalizar el espectáculo con la pinta y el sonido de una máquina del tiempo.

Dos de los pasajeros del viaje
Dos de los pasajeros del viaje - J.G.C.

El pintor Augusto Ferrer-Dalmau lucha contra sí mismo y contra el reloj para captarlo todo, hasta encontrar el lugar exacto donde pondrá en su cuadro a Juan Sebastián Elcano, capitán de la Nao Victoria y navegante español, en su trasiego del mundo, ya nunca más plano.

El barco sigue una gira por el norte y es tan fotogénico que participa también en rodajes y festivales de grandes veleros, los Tall Ship. La Nao Victoria es mucho más dura de lo que parecía en puerto. «Es como un hierro», dice con orgullo el capitán, ya de regreso hacia San Vicente de La Barquera.

Como viajero a bordo, sientes que lo que dice es cierto. Pero el mar es el mar, siempre lo ha sido. Por eso no puedes olvidar los incontables naufragios hispánicos en los mares del mundo. Cada minuto de estas hermosas velas desplegadas es un homenaje a aquellos hombres intrépidos, a su valor y a su desgracia.