Murieron alrededor de 250.000 personas como consecuencia de las dos explosiones
Murieron alrededor de 250.000 personas como consecuencia de las dos explosiones - abc
Segunda guerra mundial

El código Bushido y las bombas de Hiroshima y Nagasaki

Debido al indomable espíritu de los samuráis los militares norteamericanos creyeron que sólo podrían doblegar al ejército japonés si sobre territorio civil lanzaban el arma más poderosa y letal

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Plutarco

El camino del guerrero (conocido como código Bushido) era de obligado seguimiento para los samuráis, los cuales no temían morir porque estaban seguros de que volverían a reencarnarse y a tener otras vidas. Estos guerreros del antiguo Japón se caracterizaban por las siguientes virtudes: lealtad, justicia, honor y, si era necesario, inmolación. No tenían miedo al peligro y eran expertos en numerosas artes marciales.

Su muerte en batalla producía honor y riqueza a su familia. Morir en batalla no era una desgracia. Sí era una desgracia ser derrotado en combate, entonces la única salida compatible con su estricto código era el suicidio (conocido como seppuku o hara-kiri) para poder morir con honor sin ser hecho prisionero. Después de beber sake, se desabrochaba el kimono blanco (color de los difuntos en Japón), se colocaba de rodillas, redactaba un poema y con una daga de 30 cm atravesaba su abdomen hasta morir desangrado con las entrañas fuera de su cuerpo. Una vez muerto alguien conocido debía decapitarle.

La religión más seguida en Japón es el sintoísmo, y en ella se adoran los espíritus que gobiernan la naturaleza (los kamis), y a los ancestros, especialmente a su señor feudal y a la familia imperial, porque ella es la fuente y el cimiento de toda la nación japonesa. Según esta creencia el emperador es divino, es la encarnación del cielo en la tierra, por lo que se le debe una suprema lealtad y eso explica el patriotismo exacerbado de la mayoría de los japoneses.

Los americanos, desconcertados

Lo expuesto anteriormente explica por qué las tropas americanas en el Pacífico estaban totalmente desconcertadas con la forma de combatir de los japoneses, especialmente con los pilotos de la Armada Imperial denominados kamikazes (vientos divinos). Sus aviones cargados con bombas chocaban, de manera deliberada, contra los barcos americanos para hundirlos. A los kamikazes no les importaba morir, como buenos samuráis, se sacrificaban por su emperador. Ellos no necesitaban espada, porque su alma era una espada.

Avión «Zero» japonés, utilizado por los kamikazes en la II Guerra Mundial y expuesto en el Museo de la Paz de Chiran(PABLO M. DÍEZ)
Avión «Zero» japonés, utilizado por los kamikazes en la II Guerra Mundial y expuesto en el Museo de la Paz de Chiran(PABLO M. DÍEZ)

Los militares japoneses estaban convencidos de que iban a perder la Guerra del Pacífico, ya no había ninguna esperanza de éxito. Creían que los soldados americanos les iban a invadir y el único plan que les quedaba era totalmente kamikaze: los cien millones de japoneses sacrificarían sus vidas cargando contra el enemigo, peleando cuerpo a cuerpo, para obligarles a retirarse de las islas. Pensaban como los espartanos, no preguntaban cuántos son, sino dónde están. También empezaron a construir búnkeres subterráneos secretos para poder salvaguardar al emperador.

El «Proyecto Manhattan»

Por estos motivos, los militares americanos decidieron que la única forma de detener la guerra en el Pacífico era aplicar una medida muy drástica. El 7 de mayo de 1945 se habían rendido los alemanes, había terminado la Segunda Guerra Mundial en Europa. Mientras tanto, el «Proyecto Manhattan», dirigido científicamente por Oppenheimer, había llegado hasta el final.

Se había trabajado en paralelo con una generación excelente de físicos, químicos e ingenieros que habían construido dos bombas nucleares: una de uranio («Little Boy») y otra de plutonio («Fat Man»). La de plutonio se probó en el desierto de Nuevo México el 16 de julio de 1945 con el nombre en clave de Prueba Trinity. Se cuenta que ese día amaneció dos veces. La prueba superó casi todas las expectativas cuando se midió su potencia.

Fujio Torikoshi, superviviente de Hiroshima (PABLO M. DÍEZ)
Fujio Torikoshi, superviviente de Hiroshima (PABLO M. DÍEZ)

El ejército norteamericano ya había masacrado, con los bombarderos B-29, hasta 67 poblaciones civiles de Japón, causando numerosísimas bajas; pero el ejército japonés no bajaba su moral ni se planteaba rendirse. Con estas dos nuevas y mortales armas de combate disponibles, se decidió que la única forma de doblegarles era lanzar una de ellas sobre una ciudad japonesa de tamaño medio. La elegida fue Hiroshima.

La explosión de «Little Boy»

El 6 de agosto de 1945 a las 08:15, «Little Boy» explotó a 600 metros de altura, para producir bastante más daño que si hubiera explotado al colisionar contra el suelo. La onda expansiva se desplazó a 1600 km/h (444 m/s), más rápido que el sonido, y abarcó casi toda la ciudad en pocos segundos. Se fundió todo el cristal en un radio de 1 km (las botellas de cristal, los cristales de las ventanas y de las gafas) y se desintegraron los pájaros que volaban cerca. Pocos segundos después se creó una onda de compresión, opuesta a la onda expansiva inicial, debido a la zona de baja presión en el epicentro de la explosión.

Fotografías aéreas de Hiroshima, antes (arriba) y después (abajo) de la explosión (EFE)
Fotografías aéreas de Hiroshima, antes (arriba) y después (abajo) de la explosión (EFE)

En un radio de un kilómetro, el 90% de los edificios de la ciudad habían sido aplastados. Unas setenta mil personas murieron incineradas por la explosión. La ciudad ardía por sus cuatro costados. Las llamas tardaron más de doce horas en extinguirse. En total se estima que más de ciento cincuenta mil personas desaparecieron de la faz de la tierra. Debido a la elevada tasa de radiactividad, durante más de 50 años no pudo cultivarse nada en la ciudad.

La ciudad que se salvó gracias a las nubes

Después de ver la catástrofe producida en Hiroshima, los japoneses no aceptaban el rendimiento incondicional, su principal obsesión era que Hirohito, el emperador de Japón y su divinidad, quedara a salvo. Por ese motivo no se rendían. Estaban dispuestos a sacrificarse hasta el holocausto final.

Nuevamente la maquinaria militar norteamericana se puso en marcha y tres días después, el 9 de agosto de 1945, eligieron un nuevo objetivo, la ciudad de Kokura, para arrojar sobre ella la otra bomba elaborada en el proyecto Manhattan, la bomba de plutonio. El destino quiso que Kokura estuviera cubierta de nubes y se decidió lanzar «Fat Man» sobre Nagasaki, el objetivo fijado como secundario.

Momento posterior a la explosión en Nagasaki (EFE)
Momento posterior a la explosión en Nagasaki (EFE)

Se estima que murieron cerca de un cuarto de millón de civiles debido a las dos explosiones y sus posteriores secuelas. El azar quiso que se produjera la sorprendente carambola trágica: algunos ciudadanos de Hiroshima había huido a Nagasaki para refugiarse, y allí sufrieron un segundo bombardeo letal. Además, los servicios de inteligencia americanos intoxicaron a la población mundial, pasando la información falsa de que se disponía de más bombas nucleares preparadas para la devastación si el ejército del Imperio del Sol Naciente no se rendía.

Rendición con una única condición

Como consecuencia de estas dos demostraciones tan aplastantes y crueles del poderío nuclear norteamericano, el ejército japonés se rindió con una única condición: preservar al emperador y su familia de todo juicio posterior. El 15 de agosto, Hirohito anunció su capitulación, que implicaba modificaciones de la constitución, ocupación de su territorio con bases militares norteamericanas y la prohibición de tener ejército, entre otras condiciones.

El 2 de septiembre (hace 70 años) se firmó la rendición sobre la cubierta acorazado de la Marina de Guerra norteamericana USS Missouri. Como ya dijo Cayo Julio César: «La guerra otorga a los conquistadores el derecho de imponer a los vencidos las condiciones que quieran».

Los representantes de Japón en el USS Missouri antes de firmar la rendición (U.S. NATIONAL ARCHIVES)
Los representantes de Japón en el USS Missouri antes de firmar la rendición (U.S. NATIONAL ARCHIVES)

Tras la derrota de Japón, que puso fin a la Segunda Guerra Mundial, muchos soldados japoneses prefirieron morir antes que aceptar la rendición. Pusieron fin a sus vidas usando el método tradicional del código Bushido. Otros, en cambio, nunca aceptaron esta derrota y algunos nunca tuvieron noticias de ella. En 1974 un soldado japonés se entregó al ejército indonesio, había estado oculto en la selva durante casi 30 años. En 1991, en Tailandia, se entregó otro soldado japonés, ya casi anciano. Había pasado 46 años escondido en la jungla. Nunca llegó a asimilar del todo que su país había sido derrotado. Su mente no era capaz de entender lo sucedido. Ya lo dijo Virgilio: «¡Guerras, odiosas guerras!».