Felipe VI, garantía de futuro

«Majestad, ¡todo por España!»

Don Juan renunció el 14 de mayo de 1977 en un acto privado, salvo por la presencia del Notario Mayor del Reino

Hecha su renuncia, el Conde de Barcelona saluda al Rey. Tras él, Doña María de las Mercedes y el duque de Badajoz
Hecha su renuncia, el Conde de Barcelona saluda al Rey. Tras él, Doña María de las Mercedes y el duque de Badajoz - abc
por ramón pérez-maura - Actualizado: Guardado en: Casa Real

Fue uno de los actos más desangelados de la historia de nuestra Monarquía. Y eso es mucho decir teniendo en cuenta que desde el año 789 el trono ha sido ocupado por media docena larga de dinastías diferentes. Para renuncia de tapadillo, la de Don Juan de Borbón. En la primavera de 1977 Don Juan Carlos solo tenía la legitimidad franquista, sin la que hubiera sido imposible restaurar la Monarquía en España. Pero quienes rodeaban al Rey provenían del franquismo y no querían oír hablar de legitimidad dinástica. El Conde de Barcelona había sido un apestado para Franco. Y no había que consentir su legitimación.

Todavía no se habían celebrado las primeras elecciones, por lo que faltaba un tiempo incierto hasta que el Rey pudiera tener la legitimidad constitucional surgida de las urnas el 6 de diciembre de 1978. Y Don Felipe era conocido, simplemente, como el Príncipe Felipe, no como el Príncipe de Asturias. Porque el propio Rey sabía que faltaba la legitimidad necesaria para que su hijo hiciese uso de un título a cuyo empleo público él había renunciado cuando se convirtió en sucesor de Franco con el título de Príncipe de España.

Si ahora tenemos precedentes históricos de proclamaciones anteriores en las que mirar cómo hacer la de Felipe VI, en 1977 no había ningún antecedente con el que comparar la que deseaba hacer Don Juan. Como ha contado Alfonso Ussía, hijo del conde de los Gaitanes, intendente de Don Juan, este pensó en hacerlo a bordo del Dédalo -a la sazón buque insignia de la Armada española- en las aguas de Cartagena, por las que salió de España la legitimidad dinástica que él devolvía. El Gobierno se negó. Dos hombres del partido del Gobierno, Antonio Fontán y Fernando Álvarez de Miranda, destinados a presidir el primer Senado y el primer Congreso de nuestra democracia actual, propusieron que se hiciera en el Salón del Trono del Palacio Real. El Gobierno se negó. Dos monárquicos relevantes y de ideas diferentes, Enrique Tierno Galván y Joaquín Satrústegui, propusieron que se hiciese en las Cortes franquistas en proceso de disolución. El Gobierno también se negó.

Al fin, la renuncia histórica se convirtió en un acto familiar. Del Gobierno solo asistió el ministro de Justicia, Landelino Lavilla, como Notario Mayor del Reino. Don Juan llegó de Lisboa en un «Mystère» esa misma mañana y fue recibido por los Reyes en Barajas. La ceremonia se celebró a las 13.30 horas en el salón de audiencias del Palacio de la Zarzuela. El Conde de Barcelona leyó con emoción un discurso que había ensayado reiteradamente ante el conde de los Gaitanes y su familia. Suz palabras terminaron con una conclusión que resumía lo explicado durante casi diez minutos: «En virtud de esta mi renuncia, sucede en la plenitud de los derechos dinásticos como Rey de España a mi padre, el Rey Alfonso XIII, mi hijo y heredero el Rey Don Juan Carlos I». Dicho esto, declinó los folios que había leído, giró sobre sí mismo, se cuadró ante su hijo, y antes de saludar con la inclinación de cabeza y el taconazo de rigor exclamó: «¡Majestad! ¡Por España! ¡Todo por España!».

Yo conozco a una persona que ha visto esta escena repetida en televisión decenas de veces en 37 años y todavía se le encharcan los ojos cuando vuelve a verla.

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