Placa que recuerda en la calle Barquillo el lugar donde se encontraba la Casa de Tócame Roque
Placa que recuerda en la calle Barquillo el lugar donde se encontraba la Casa de Tócame Roque - MEMORIA DE MADRID
Refranes y dichos

La casa de Tócame Roque de tantas marimorenas

Célebre por sus alborotos y riñas fue esta populosa corrala que existió en la madrileña calle del Barquillo

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La casa de Tócame Roque, recordada hoy para describir cualquiera en la que vive mucha gente y reina el desorden, las riñas y los alborotos, existió en Madrid al menos desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX.

Era una casa de vecindad «fea e insalubre», según rezan las crónicas, que habría tomado su nombre de sus propietarios, dos hermanos llamados Juan y Roque que tanto discutían sobre sus cometidos -«tócame a mí, tócame, Roque»- que la casa pasó a ser conocida con tal nombre. Así lo contó Ángel Fernández de los Ríos en su « Guía de Madrid» de 1876 y Julio Cejador en su «Fraseología» (1922-1924) aunque la leyenda cuenta que se la llamó así por la disputa de estos dos hermanos en la división de su herencia. Juan presionó tanto a su hermano Roque en el reparto, que los vecinos acabaron por burlarse de la situación y cada vez que salía de la casa se burlaban de él diciendo «Tócame Roque», lo que le hizo atrincherarse en ella por la vergüenza de la burla, según se cuenta en la web municipal Memoria de Madrid. La disputa debió remontarse al siglo XVIII pues a la casa de Tócame Roque se refiere ya en 1747 el Diario Curioso, Erudito y Comercial.

En el cruce de la calle Barquillo con la de Belén una placa recuerda el lugar donde se encontraba esta populosa corrala con barandillas de madera abiertas a un gran patio de vecindad, que se hizo famosa por haber sido inmortalizada por Ramón de la Cruz en su sainete « La Petra y la Juana o el buen casero», más conocida como «La casa de Tócame Roque», y por los mil y un alborotos que en ella se armaron.

Mesonero Romanos, que se inspiró en ella en 1836 para una de sus «Escenas matritenses», apuntaba entonces cómo la casa aún existía en la calle del Barquillo «señalada con el número 27 nuevo y es propia del señor conde de Polentinos», decía. Éste había mejorado y ampliado el inmueble que anteriormente había pertenecido a Martín Hercé.

En el Diario de Madrid del 25 de septiembre de 1804 se alertaba a quien quisiera comprar esta casa «en la calle Real del Barquillo» y «tasada en 405.256 reales» acudiera a la escribanía de D. Santiago Estepar. Un aviso de 1810 en este mismo diario describía que la casa se componía «de 69 quartos igualmente corrientes».

«Constaba solo de piso bajo, principal y bohardillas, de aquellas de tronera saliente (...). Un gran patio, empedrado de cuña y rodeado de soportales, servía de lavadero común, solana, tendedero y terturlia en verano a todo aquel pueblo en miniatura» en el que vivían unas 80 familias. La Ilustración de la Mujer continuaba en 1875 su descripción señalando que en el centro del patio había una fuente y un pozo con varias pilas para surtir de agua potable y servir para la limpieza de la comunidad y en el centro del portaón se sostenía un gran farol cuyo gasto «se pagaba a prorateo entre todos los vecinos».

Era una de «esas casas ómnibus» que existían en Madrid y donde, según Mesonero Romanos, hallaban colocación centenares de familias de diversas condiciones y semblanzas y que solían «dar quehacer a los alguaciles y caseros», sirviendo de argumento para los cuadros de pintores y poetas.

La batalla para evitar el derribo

El 23 de agosto de 1849 se ordenó en pleno municipal su derribo a fin de dar salida a la calle de Barquillo y encontrarse con la que es Fernando VI. En aquel entonces habitaban la casa de Tócame Roque unos 80 vecinos que armaban continuas marimorenas entre ellos, según relata Natalio Rivas en sus «Memorias contemporáneas» (1953).

Cuando el dueño comunicó a los inquilinos que tenían que desalojar el inmueble, éstos amenazaron con matarle. «La última batalla de los vecinos de la casa de Tócame Roque ha sido de las más ruidosas. Los inquilinos de la memorable huronera se han defendido como unos héroes antes de capitular con el casero y de resignarse a salir con los trastos al arroyo. Jamás se vio propietario alguno en aprieto tal para obligar a sus contribuyentes a hacer un mutis», contaba el diario La Época.

La tensa situación se prolongó durante meses, primero con un plazo de dos meses, luego otro de tres, hasta que el dueño acudió al jefe político José Zaragoza, quien logró finalmente desalojar el inmueble a las últimas 50 familias en septiembre de 1850.

«Madrid acaba de perder una de sus más gloriosas antigüedades; una leonera, en la que desde tiempo inmemorial se armaba cotidianamente cada zipi-zape que cantaba el misterio, y la cual sirvió de asunto para uno de los mejores sainetes de D. Ramón de la Cruz», se lamentaba La Época tras anunciar que « Ya no existe la famosa Casa de Tócame-Roque» el 18 de septiembre de 1850.

Sobre el solar de la famosa casa, el diario contaba que se iba a construir «un gran edificio». Debió ser éste al que se refería el Diario Oficial de Avisos de Madrid del 29 de julio de 1883 cuando informaba que «en la calle del Barquillo ha comenzado el derribo de la casa famosa de Tócame Roque».

Hoy no quedan restos de esta leonera vecinal, salvo en obras literarias como el famoso sainete de Ramón de la Cruz o la novela «La Casa de Tócame Roque o Un Crimen Misterioso» de Ramón Ortega y Frías.