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La nueva ciencia ficción española

Al calor de la publicación de «Ciencia Ficción. Nueva Guía de Lectura», conviene mirar hacia el pasado y dar un salto hacia el futuro para ver que una nueva generación de autores llega con fuerza para renovar el género

La nueva ciencia ficción española

Mirar hacia las estrellas, a bordo de una nave espacial. Mirar hacia dentro del organismo humano, a bordo de una microcápsula insertada en una vena. Mirar hacia el futuro, a bordo de una compleja máquina del tiempo. La ciencia ficción no son pistolas láser y feos alienígenas; es una forma de mirar, una manera de recrear nuestro mundo y proyectarlo hacia adelante, y, en esa proyección, conocernos mejor a nosotros mismos.

Quizá por eso le venga mejor al género la etiqueta de «literatura de anticipación», una nomenclatura heredera de la narrativa de Julio Verne, el hombre que lo inventó todo. El número de aficionados a la ciencia ficción en España no es muy alto, y eso quizás explique por qué nunca ha florecido el número de escritores de ciencia ficción en nuestro país. Sin embargo, al calor de la publicación de la espléndida «Ciencia Ficción. Nueva Guía de Lectura», de Miquel Barceló (Ediciones B), conviene mirar hacia el pasado y dar un salto hacia el futuro para ver que una nueva generación de autores llega con fuerza para renovar el género.

A diferencia del mundo literario anglosajón, donde es muy común que los libros de ciencia ficción encabecen las listas de los más vendidos, en España durante muchos años el género se ha visto relegado a una esquina minúscula en las librerías. Solo establecimientos como Gigamesh en Barcelona han mantenido viva la llama –casi un rescoldo– durante años. Sin embargo, el nuevo interés del público ha hecho que el genero, a veces indistinguible de la fantasía, sea cada vez más popular.

«Los temas que hace treinta años eran solo de un grupo reducido de gente, hoy los encuentras por todas partes. Hasta Televisión Española tiene una serie de viajes en el tiempo [«El Ministerio del Tiempo»] basada en una novela de Poul Anderson, que a su vez se basa en una obra previa del gran maestro Isaac Asimov», afirma Miquel Barceló, que además de escritor, profesor, traductor y especialista en el genero es editor de Nova desde hace muchos años.

Pero el cambio en los gustos del público no es el único motivo del nuevo resurgir del género. «El alto ritmo de cambio social ha provocado que la ciencia ficción moderna prefiera situarse en un near future, un futuro cercano, en el que las cosas son casi idénticas a como son en el mundo del lector. Así que el contexto es conocido, y antes no lo era. O no lo era tanto. Los autores se arriesgaban más hace un par de décadas», continúa Barceló, recordando quizás a autores patrios como Pascual Enguidanos, autor bajo el seudónimo de George H. White de la famosa «Saga de los Aznar», que lanzaba a sus protagonistas a miles de siglos en el futuro, con sociedades casi inimaginables para nosotros, en las que, sin embargo, seguía presente el conflicto eterno, la guerra y la violencia, casi como piedras angulares de la naturaleza humana.

El futuro nos ha alcanzado, y por primera vez tenemos autores que comienzan a atraer la atención del público. Félix J. Palma, con su trilogía victoriana («El mapa del Tiempo», «El Mapa del Cielo» y «El Mapa del Caos») logró la hazaña de vender, no solo en España, sino de alcanzar la lista de más vendidos del «New York Times». Carlos Sisí, ganador del premio Minotauro 2013, consigue con su novela «Panteón» una reflexión en clave de space opera sobre la ecología, la inteligencia y la guerra. Jesús Cañadas, autor de la magnífica «Pronto será de noche», nos presenta un escenario que podría ocurrir pasado mañana: el día después de la aparición de un fenómeno indeterminado –cuya naturaleza no revelaré– millones de españoles se echan a las carreteras para huir de algo que les persigue, viviendo en un atasco perpetuo. Juan Cuadra, en «El Libro de Ivo», elucubra sobre la naturaleza de los sueños en una novela muy bien escrita que también tuvo buenas ventas en España y que aguarda continuación. También el canario Elio Quiroga, el ganador del más reciente premio Minotauro 2015 con su novela «Los que sueñan», bucea en los abismos del terror y de lo sobrenatural al mismo tiempo que nos presenta un relato de ciencia ficción, demostrando la flexibilidad del genero y su capacidad para mezclarse con otros.

Todos estos autores citados (y otros como Emilio Bueso, Marc Pastor, Ismael Martínez Biurrún) rondan la treintena y tienen claro que su futuro es permanecer dentro de las fronteras de un género que se caracteriza por borrarlas. A ellos les hemos pedido que escriban un microrrelato para ABC y que resuman qué es lo imprescindible en una historia de anticipación. Todos ellos han coincidido en algo: imaginar aquello de lo que somos capaces como especie, bueno o malo, es la clave de esa mirada que tiene que llevarnos hacia adelante, y que muchas veces es el combustible de la inventiva que termina impulsándonos en esa dirección. Pero, y quizás eso sea lo más importante, también nos recuerdan lo que no debemos ser, o lo que terminaremos siendo si no abandonamos el camino que estamos recorriendo.

Elio Quiroga:

- Miró a los ojos turquesa de la mujer que amaba y quiso parar el tiempo en aquel instante. Y construyó una máquina del tiempo para poder mirarla por siempre. El Universo se resumía en aquella mirada.

Carlos Sisí:

- El operador miró al súper cerebro. «Tenías razón», dijo con gravedad, «la única solución al problema de la raza humana, es que... no haya raza humana». El ingenio zumbó y activó la secuencia final.

Miquel Barceló:

- FUTURO. Cuando despertó, el humano, sorprendentemente, todavía estaba allí.

Jesús Cañadas:

- Cuentan que cubrió el mundo con la lentitud de la lluvia. Los padres nos trajeron al refugio y nos criaron entre filigranas de conserva y alimañas. A veces miramos al cielo de piedra y jugamos a que las estrellas siguen ahí.

Juan Cuadra:

- Habían encontrado la galaxia más lejana, el planeta más antiguo, el templo espacial original, de donde todo emababa. Pero aún así no se atrevían a entrar en él. El miedo a que dentro no hubiese nada era demasiado poderoso.

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