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Menéndez Pelayo y la nación hecha historia

Nadie como el insigne polígrafo para reivindicar la coherencia histórica de una cultura y una nación españolas

por fernando garcía de cortázar - Actualizado: Guardado en: Cultura

Recordemos todos con vergüenza ajena el aire de trámite de urgencia burocrática con que se despachó el centenario de la muerte de Menéndez Pelayo. Ya estamos resignados a que cualquier homenaje a quienes han sido forjadores de una conciencia nacional carezca de lo que ha venido en llamarse «olor de multitud». Pero cabía esperar que una minoría que se pretende selecta ofreciera su colaboración al indispensable cultivo de nuestra memoria nacional. Ni los poderes públicos que habrían de identificarse con las inquietudes de don Marcelino; ni los medios académicos que habrían de pensar rigurosamente la historia cultural de España; ni la muchedumbre de intelectuales a quienes debería exigirse que descubrieran los orígenes de nuestro pensamiento crítico contemporáneo, parecen haberse dado cuenta de la circunstancia tan propicia y exigente que teníamos ante nosotros. Porque en el año 2012 coincidía el desafío lanzado por el separatismo no sólo a la unidad, sino también a la idea misma de España, con la fecha en que podíamos conmemorar el primero de los grandes esfuerzos de nuestro tiempo para dar coherencia histórica y dignidad espiritual al proceso constituyente de la nación española.

Será porque el desprecio por una tradición que nos identifica es ya transversal. Será porque a nadie parece interesar la búsqueda de un principio de soberanía que no empezó ni se agota en los textos jurídicos, sino que nació como toma de conciencia de una vida tramada en el curso de los siglos. No acierto a entender cómo creen algunos responsables de la formación de nuestra ciudadanía, que podremos oponer los argumentos de las razones históricas de España a las imaginativas leyendas del delirio secesionista. No será, desde luego, con ese conformismo legalista que sólo entiende España como un Estado de derecho, olvidando que, para poder serlo, ha debido existir previamente un sentimiento de pertenencia, una convicción patriótica y la lenta sedimentación de una cultura que da origen, finalidad y carácter al edificio institucional de nuestra Carta Magna. España no existe porque así lo dice la Constitución. La Constitución existe porque la quisieron, redactaron y votaron quienes ya eran españoles.

Una vida al servicio de la nación

Menéndez Pelayo irrumpió en la escena intelectual española cuando estaba en sus inicios el régimen de la Restauración. El sentido de su obra gigantesca, iniciada con poco más de veinte años y provista de una asombrosa y precoz erudición, fue encontrar la sustancia de la cultura española y el sentido profundo de un prolongado proyecto nacional. Por su edad, Menéndez Pelayo se hallaba al margen de los conflictos armados que enfrentaron a liberales y carlistas en los dos primeros tercios del siglo XIX. Por su carácter, deseaba descubrir el modo de integrar a los españoles en una conciencia unitaria, que superara el conflicto radical entre los abanderados de un progreso sin patria y de una tradición sin actualidad. Por su formación, quería hacerlo desde el rigor de los documentos y la voluntad del estudio, alejado de hueca retórica del casticismo reaccionario y del arrogante papanatismo de los falsos europeístas.

Don Marcelino dedicó su vida entera a construir una idea de España. La pugna sangrienta de las guerras civiles había concluido, parecía entonces que definitivamente. Pero el final de la contienda bélica había de completarse con una dura labor intelectual, una empresa titánica destinada a recobrar la seguridad de los españoles en ellos mismos. Una tarea que fuera capaz de afirmar la solidez histórica de una nación, la honra de su pasado, la decencia de sus principios fundacionales, su servicio al humanismo europeo y el papel indispensable desempeñado por nuestra cultura en la formación de la conciencia de Occidente. Contra lo que afirman algunos iletrados, Menéndez Pelayo estuvo muy lejos del nacionalismo integrista, y bien que se lo reprocharon algunos intelectuales ultracatólicos que lo tuvieron por principal enemigo. Del mismo modo que denunciaron su obra quienes pretendían que España, lastrada por sus ideales católicos, había perdido el rumbo del desarrollo económico y del saber científico desde los comienzos de la era moderna.

Pedagogía patriotica

A unos y a otros respondió el intelectual santanderino , haciendo de España el país donde mejor prendió un Renacimiento humanista, que evitaba el oscurantismo protestante y brillaba al sol de la inserción de los valores de la cultura clásica en la fe y la razón del ideario católico. Su infatigable capacidad de trabajo y su actitud tolerante le permitieron exigir rigor a sus oponentes y exigirse a sí mismo el repudio del sectarismo: «Siguiendo el consejo y el ejemplo del gran Leibniz, en todo libro busco primeramente lo que puede serme útil y no lo que prefiero reprender.» Tal liberalidad no era ausencia de convicciones ni vano eclecticismo, sino pura y simple ausencia de prejuicios y, sobre todo, la voluntad de rendir un servicio asumido como causa a la que valía dedicar la vida entera: definir con precisión científica y con pasión intelectual la realidad histórica de España. La tenacidad y la hondura de aquel esfuerzo merecen nuestra atención y nuestro afecto. Pero aún más, lo que el propio don Marcelino nos habría solicitado en estas horas difíciles y vacuas: cumplir con nuestra responsabilidad intelectual, devolviendo a los españoles la seguridad de que somos ciudadanos de una gran nación, afirmada en la verdad de lo que se hizo en el pasado y sustentada en la insaciable voluntad de hacer historia juntos.

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