El escritor albanés, azote y látigo literario del terror y la paranoia estalinista de su país, recibe el viernes el Príncipe de Asturias de las Letras
Actualizado Jueves, 22-10-09 a las 12:36
Bajo sus gastados abrigos made in China, la China anterior a la Gran Desviación Burguesa, en la plaza Skanderberg, en un otoño de Tirana, en otro otoño albanés, Ismáil y Suzana se aman, se esperan y se amparan. Un libro entre sus manos, «La hija de Agamenón», un final de tragedia griega, un coro que mira hacia otro lado y que calla, que otorga, pues le va la vida en ello: «Una tras otra fueron cortadas las amarras, lo mismo que las últimas esperanzas. Nada se opone ya al agostamiento de la vida».

¿Vida? La que a Ismaíl y Suzana el Partido les dio, la que el Partido les quitará. ¿Vida? La que durante décadas sembró con sus palabras Ismaíl Kadaré en las tierras yermas y en los paisajes sombríos del Pensamiento Único, de la Genuina Patria Socialista, del Camino Verdadero, de la Fe Inquebrantable en el Proletariado, de las masas yendo y viniendo por el Sendero Luminoso. Kadaré no ve desde su apartamento parisino su Albania, aquella tierra de las águilas que el héroe nacional Skanderberg levantó contra el Turco, aunque el río de la vida de su tierra fluya por toda su escritura.

Al autor de «El general del ejército muerto», eterno candidato al Nobel («tanto, que hay amigos que creen que ya me lo han dado», suele decir), se le muda la color de hombre serio y reflexivo en la distancia larga, pero de sonrisa fácil y buen humor en el vis a vis, cuando le mientan la bicha de la política. «Lo fundamental siempre es la obra, pero a los escritores del Este no nos causa ninguna impresión que siempre vinculen nuestros libros con la denuncia política. Y creo que la literatura no debe hacer sociología, no tiene necesariamente que dar explicaciones. La literatura es una máquina que funciona con libertad o sin ella; la dictadura es pasajera, la literatura es eterna».
Su peculiar relación con EspañaTestigo en primera persona de hasta dónde pueden llegar la paranoia y la esquizofrenia estalinistas, reflejadas en sus obras de aliento espectral y kafkiano, Kadaré vio también muy de cerca la caída del Muro, hace ahora veinte años. Tiempo vivido con «efervescencia, con ilusión y con esperanza, pero también con temor, porque sabíamos que esas dictaduras que iban a caer estaban todavía repletas de asesinos». España, país que comparte con Albania el Mediterráneo, la presencia del Islam y también los mitos nacionales de la lucha contra el Otomano, despierta en Kadaré sentimientos dispares.

Por un lado, está la España contraria al reconocimiento de Kosovo («con todo el respeto, creo que se quisieron comparar los problemas de España con los de kosovares, y no hay ninguna comparación posible, en Kosovo la limpieza étnica afectó a miles de personas»), y por otro una España mítica con la que los albaneses, en el siglo XVI e incluso antes se sintieron vinculados: «Esa relación habitaba la memoria de las baladas medievales albanesas, en las que muchos de sus personajes van o vienen a España, o incluso mueren en ella. Para aquello albaneses, España fue una especie de paradigma artístico y cultural. Incluso, Skanderberg, nuestro héroe nacional, aparece el teatro popular español, y autores como Lope de Vega sabían de su existencia. El comunismo también acabó con todo eso».

Los personajes de Kadaré, más que hacer la historia, la sufren, la padecen, para ellos la poesía no es un arma cargada de ningún futuro, y casi de ningún presente. Tampoco el escritor se hace ilusiones: «A veces se atribuyen a la literatura misiones imposibles, pero no puede cambiar el mundo. Aunque, sin ella el planeta no tendría sentido». Palabra y obra de quien dice vivir para escribir y escribir para vivir, y no ha muerto ni ha sido silenciado en el intento. Un milagro, un capricho del destino (bueno llamémosle Partido), porque lo que Kadaré tiene humana y literariamente claro es que «para cualquier régimen totalitario y paranoico el escritor, si es normal y no acomodaticio, siempre está condenado por la fatalidad de ser culpable, de ser sospechoso, sospechoso y sospechoso».

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