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Annete Bening y Julianne Moore, pareja de hecho

E. RODRÍGUEZ MARCHANTE |
Actualizado
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El cara a cara de Annette Bening y Julianne Moore en la película «Los chicos están bien», de Lisa Cholodenco, era lo más aprovechable del día, junto a tres o cuatro rayos de sol que ardillearon fugazmente entre los acristalados edificios. La película es un sonajero en un canasto lleno de serpientes de cascabel, pues trata de lo de siempre pero como pocas veces y con su venenillo. Una familia absolutamente tradicional que se compone de ellas dos, lesbianas, un hijo y una hija que cada una tuvo de la misma «ficha» de un banco de semen, y de los problemas habituales de la edad, la adolescencia, la pareja…, pero su aburguesada vida se ve descompuesta cuando los hijos quieren conocer al «donante», un simpaticote Mark Ruffalo…

La corrección y la incorrección política, social, sexual, se intercambian de una secuencia a otra ante la perplejidad del espectador más ecléctico, y los cruces de sentimientos y flujos amorosos son tan imprevisibles como provocadores, o tal vez lo contrario, previsibles y sumisos, pero el clima general es de comedia, con un sentido del humor lozano y viejo al tiempo. Ellas son la clavija y el enchufe del asunto, aunque el subidón de corriente lo produzca él, único personaje al que no adora Lisa Cholodenco, y entre todos, tan precisos y creíbles, logran convertir la excepción en regla; o mejor, el precepto, lo de siempre, en singularidad.

Benning y Moore no compiten, y hacen santamente, pues la competición de esta Berlinale no da para dos comidas. Ayer, una película turcoalemana, “Shahada”, de Burhan Qurbani, se quería parecer a un «Crash» berlinés y musulmán, con una encrucijada de personajes y dramas tremendos. Habla de la tolerancia islámica, de la segunda generación turca en Alemania, del pecado y de la penitencia, del aborto y la homosexualidad…, todo ello en secuencias rápidas y en compannía de música climática. No caen ranas del cielo como en «Magnolia», pero sí un granizo gordo y reparador.

Y completaba la competición un film ruso, de Alexei Popogrebsky, «Cómo terminé este verano», tan peculiar que convertía al de Lisa Cholodenco en un capítulo de Pocoyó. Ocurre en el Ártico…, pero ¿qué ocurre?... pues nada durante la primera hora y media que no sea ver a los dos únicos personajes en una estación meteorológica, y luego, ya metidos en “lo negro”, pues poco que no se pueda explicar en uno de esos informes psiquiátricos que se tiran al container. De todos modos, si alguien quiere disfrutar con la sobredosis documental y con el rato de intriga, está en su derecho.