Reunión de las nuevas Cortes, el 16 de marzo de 1936, con el diputado monárquico Ramón de Carranza presidiendo la mesa - José Díaz Casariego / Vídeo: La tensión en el Congreso el año que estalló la Guerra Civil

El intento de agresión en el Congreso tras cantarse La Internacional que empujó a España a la Guerra Civil

El «violento» episodio protagonizado el 16 marzo de 1936 por un diputado socialista que exigió al presidente de la Cámara gritar un «¡Viva la República!» era el reflejo de la creciente tensión en las últimas semanas de la Segunda República

Madrid Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

El esperpento que se vivió este martes en la primera sesión parlamentaria de la legislatura fue de traca. La presencia de los cuatro diputados en situación de prisión por su participación en el procès exaltó ayer los ánimos en el Congreso y desgarró aún más si cabe los dos bloques sobre los que pendula la política española en estos momentos. Sin embargo, aunque muchos medios de comunicación aseguraron ayer que nunca el hemiciclo había servido como marco para un enfrentamiento entre partidos el día de la constitución de Las Cortes, se equivocan.

Esperpento en el Congreso», por Pedro García Cuartango]

Portada de la sesión de apertura de las Cortes, el 17 de marzo de 1936
Portada de la sesión de apertura de las Cortes, el 17 de marzo de 1936 - ABC

ABC ha buceado en su hemeroteca para encontrar un incidente más grave y bochornoso aún, si cabe, que el protagonizado por algunos diputados en esta sesión de apertura, como los presos entrando en el Parlamento y la reacción del PP, Ciudadanos y Vox. El encuentro entre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de ERC, Oriol Junqueras, emplazándose a «hablar». O los independentistas desafiando las normas al jurar la constitución «por la libertad de los presos y exiliados políticos» y «por imperativo legal con lealtad al mandato democrático del 1 de octubre». Y, sobre todo, los golpes en las meses y en el suelo de los miembros de Vox cada vez que estos últimos tomaban la palabra.

El incidente en cuestión tuvo lugar el 16 de marzo de 1936 en la sesión de apertura tras las elecciones generales de febrero. Se puede decir que, incluso, reflejó como nunca la división en el Congreso entre republicanos y conservadores y anticipó el golpe de Estados de Franco, con el consiguiente inicio de la Guerra Civil cuatro meses después. Y es que fue tal el nivel de bronca aquel día a causa de un «¡Viva la República!» que algunos parlamentarios se negaron a pronunciar, que la expulsión del hemiciclo del portavoz adjunto de ERC, Gabriel Rufián, el pasado noviembre se quedó en nada. O la crispación que generaron las elecciones de diciembre de 2015 en la que se certificó la quiebra del bipartidismo.

Wenceslao Fernández Flórez

Retrocedamos, pues, en el tiempo. Aquel episodio « de gran violencia» fue protagonizado por un diputado socialista y el presidente del Congreso, Ramón de Carranza. Fue tal la tensión que, cuarenta años después, el conato de pelea que se produjo entre los diputados aún era recordado en esta redacción por un compañero del encargado de cubrir aquel percance en el Parlamento: el escritor y periodista Wenceslao Fernández Flórez.

No era sino un reflejo del incremento de la tensión social que se había producido en España a lo largo de la Segunda República. La opinión del Conde de Romanones, recogida por ABC aquel mismo día de marzo del 36, lo reflejaba así: «En mi larga vida parlamentaria jamás vi una sesión preparatoria a la que asistiesen más de 300 diputados. ¡Y con qué ímpetu! Estas sesiones siempre fueron de mero trámite, pero aquí ya no hay nada que hacer. Creo que debe actuarse con gran prudencia, pues ese será el único modo de que estas Cortes duren. Si no, pueden morir en cualquier momento de lo que yo llamo un “incidente imprevisto”».

El famoso político liberal y exministro de Primo de Rivera parecía anticipar la asonada del 18 de julio. De hecho, varios generales –incluido Franco– ya habían acordado sublevarse a principios del años si, como ocurrió, el Frente Popular ganaba las elecciones. Esas primeras gestiones fracasaron, pero la semilla estaba plantada cuando se celebró el pleno que nos ocupa. «Mal comienzo tuvo. Poco después de abierta la sesión, los diputados de la mayoría frentepopulista entonaron "La Internacional” puestos en pie y con el puño en alto», contaba el amigo de Fernández Flórez en 1978, según el relato que le había hecho este.

«La Marsellesa»

El diario oficial del Partido Comunista, «Mundo Obrero», se refirió a esta interpretación de su himno en el Congreso –fuera del orden del día y entre insultos al presidente Carranza de filiación monárquica– como una victoria sin precedentes: «Por primera vez en la historia del parlamentarismo español ha retumbado, con ecos de gloriosas llamadas a la lucha, el himno revolucionario del proletariado universal. El himno oficial del país libre que adorna la victoria de la gran Unión Soviética. El canto de guerra antifascista…». Según ABC, sin embargo, muchos fueron los corrillos que se formaron después en el hemiciclo calificando de «insólito» que cien diputados se hubieran atrevido a cantar, con el puño en alto y de pie, un himno que no era el oficial de la República. «A una personalidad de la Izquierda Republicana le oímos decir después –podía leerse al día siguiente– que si los diputados socialistas y comunistas persistían en cantar “La Internacional” cada vez que ocurriera un incidente en la Cámara, los republicanos contestarían entonando “La Marsellesa”».

Wenceslao Fernández Florez, en 1926
Wenceslao Fernández Florez, en 1926 - ABC

Con motivo de la inauguración de la Cámara tras las elecciones de febrero, Juan Ignacio Luca de Tena le pidió encarecidamente a Wenceslao Fernández Flórez que, dada la «solemnidad» del acto, suavizara por esta vez sus mordaces y humorísticos comentarios. Llevaba un tiempo retirado de la cabecera y no podía regresar generando la más mínima polémica en un momento crucial como aquel. Lo que no se esperaban el director de ABC y su redactor es que la tensión dentro del Parlamento llegara hasta un punto pocas veces visto.

Cuando Ramón Carranza anunció que levantaba la sesión y se puso en pie para marcharse, un diputado socialista le gritó: «Diga usted viva la República». El presidente del Congreso le respondió en voz alta: «No me da la gana». En ese momento se formó un tumulto tremendo y el mismo hombre que había exigido la proclama se lanzó corriendo para intentar agredir al presidente. A punto estuvo de hacerlo, de no haber sido protegido por el diputado de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), Dimas de Madariaga. El mismo que fue ejecutado en localidad abulense de Piedralaves poco después, en la zona republicana, nada más comenzar la guerra. Sin la intervención de este pacificador desdichado que se interpuso en el camino y frenó al socialista estaríamos hablando de la primera agresión, entre diputados, del congreso español en el siglo XX.

«¿Usted gritaría un “viva la Monarquía”?»

El mismo Carranza relataba así lo ocurrido en una carta enviada a ABC al día siguiente: «Si ese señor se hubiese dirigido a mí recordándome que la práctica era poner fin a la sesión con un “viva la República”, le habría respondido que ignoraba la costumbre. Pero si hubiera sido consciente del ritual, no habría utilizado mi derecho a presidir la sesión [como diputado de mayor edad]. Y si con la debida cortesía me hubiese expresado su deseo de que diese el “viva” que le agradaba, le habría respondido de igual manera que no lo daría a ese régimen, pero sí un “¡viva España!” que nos uniría a todos los que estamos en el salón. Así que continué de pie y volví a repetir: “No doy ese viva porque no quiero”. Y me retiré cuando me pareció conveniente, después de oír buena parte de aquel himno internacional que desconocía».

Según relataba también este diario, los pocos diputados monárquicos que permanecieron en el Congreso tras el incidente, elogiaron el gesto de Carranza, ya que entendía que «este procedió como correspondía ante una invitación tan inoportuna si tenemos en cuenta la filiación política del presidente». Una corriente de opinión a la que se sumó Romanones: «La petición al almirante Carranza podría haber sido resuelta si le hubiera preguntado a su interlocutor lo siguiente: “¿Usted gritaría viva la Monarquía?”. Estoy seguro de que así la Cámara le habría aplaudido».

Ese mismo día, el Partido Socialista denunció en el Congreso que el futuro presidente del Gobierno, Francisco Largo Caballero, había sufrido atentado en su domicilio. «Nuestro camarada fue tiroteado y algunos de los proyectiles entraron en la habitación de este», detallaba la nota de prensa. Los enfrentamientos se hicieron cada vez más habituales en el campo y en las ciudades, lo que tuvo también su reflejo en las discusiones de las Cortes, centradas en el orden público, hasta que el 12 de julio la situación se hizo insostenible. El teniente Castillo era asesinado por grupos armados de la derecha y, al día siguiente, ocurría lo mismo con José Calvo Sotelo por parte de varios grupos de izquierda. Solo hubo que esperar cinco días para que estallara la Guerra Civil.

Terminada la violenta sesión del 16 de marzo de 1936, Fernández Flórez se dirigía a la redacción de ABC impresionado por lo que acababa de presenciar, pero sin nada apuntado en su cuaderno ni la intención de escribir su crónica de ambiente. Al verle, el director le preguntó por su artículo, dando por hecho que este tendría gran interés por los rumores que le habían llegado. Sin embargo, el periodista le dijo:

No hay artículo.

Pero, hombre, Wenceslao, ¿cómo va a salir mañana ABC sin tus «Acotaciones»?

Allí tiene usted que mandar a un redactor de sucesos, no a mí.