Garbanzos con sepia
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Cicerón y los garbanzos

Cicerón fue un personaje clave en la Roma de su época. Se hizo muy rico siendo abogado, pero «Cicero» significa garbanzo

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¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? Esto, dicho mejor o peor en latín (Quo usque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?), es lo que la mayor parte de la gente conoce de toda la obra de este romano que aún hoy es considerado modelo de oradores, y cuyo culto lenguaje causaba no pocos dolores de cabeza a los estudiantes que tenían que traducirlo. En fin, Marco Tulio Cicerón fue un personaje clave en no pocas conjuras y conspiraciones de su época, que compartió con César, Pompeyo, Octavio, Marco Antonio… Su habilidad como abogado le permitió amasar una nada despreciable fortuna. Su problema fue, más que nada, no saber nadar y guardar la ropa. El asesinato de César le pilló desprevenido, y dudó de qué lado estar. Al final, su enemistad con Marco Antonio hizo que éste ordenara su asesinato.

Cicero es garbanzo. En Roma eran comunes los apellidos relacionados con algún vegetal: los Léntulos (de lentejas), los Fabios (de habas)… En el caso de Cicerón el apelativo parece referirse no a que su familia comerciase con garbanzos, legumbre poco apreciada por los romanos, sino a un grano en la nariz de alguno de sus ancestros; eso dice, al menos, Plutarco.

La receta de unos buenos garbanzos

Garbanzos, entonces. Por ejemplo, con sepia. Han de cocer garbanzos, previamente remojados; les va muy bien un pellizco de cominos. En una cazuela con aceite ablanden una cebolla pequeña picada, con dos dientes de ajo enteros y una hoja de laurel. Añadan medio vasito de vino blanco, separen los ajos y macháquenlos en el mortero con un puñado de almendras. Limpien las sepias, córtenlas en dados, añádanlas al guiso y rehóguenlas. Incorpórenles la pulpa, remojada, de una ñora o pimiento choricero, con unas cucharadas de buen concentrado de tomate y un poco del agua de cocción de los garbanzos. Cuando la sepia esté, mezclen todo: guiso, majado y garbanzos, y denle un hervor conjunto, a fuego suave. Quizá Cicerón tuvo ocasión de comer algo parecido; si lo probara ahora, tal vez volviera a su primera catilinaria para exclamar lo de «O tempora, o mores!» (Oh tiempos, oh costumbres…), pero en plan laudatorio.