Retrato de Cervantes, de Salvador Dalí
Retrato de Cervantes, de Salvador Dalí

Mi vecino Cervantes

«Por escapar de una cosa se topó con otra. Se topó con su gran obra. Encontró en Esquivias, el pueblo de su mujer, un filón de historias, anécdotas y apodos dignos de contarse»

ToledoActualizado:

Cada vez que salgo a la calle y veo, a un lado, la estatua de Astrana Marín, y al otro, frente con frente, la iglesia donde se casó Cervantes en diciembre de 1584, no puedo dejar de imaginármelo paseando del brazo de su mujer Catalina, subiendo la escalinata de piedra y avanzando por el patio principal, en donde tantas veces jugué de niño al fútbol y a las canicas. Lo imagino feliz, con esa felicidad en el semblante que provoca el alivio, pero también serio, con la cabeza llena de preocupaciones.

Se ha especulado mucho sobre las razones por las que contrajo matrimonio de una forma tan rápida. Llegado a Esquivias a mediados de septiembre, con un fin claro, el de ayudar a Juana Gaitán, viuda de su amigo Pedro Laynez, fallecido seis meses antes, con la publicación de sus obras póstumas, un Cancionero y un volumen, en verso y prosa, titulado curiosamente Ilusiones y desilusiones del amor, apenas tres meses después, el 12 de diciembre, lo encontramos casado con Catalina de Salazar y Palacios. ¿Por qué tanta prisa en casarse? Muchos opinan que se trató de un braguetazo, dado que la familia de su mujer poseía escudo de armas, numerosas fincas y bastante fortuna. Si fue así, pinchó en hueso, porque, como luego se supo, la hidalguía de Catalina se nutría de deudas heredadas, como sucedía entre los hidalgos, tan dados a la ventolera del aparentar lo que no se es. En cualquier caso, yo no creo que se casara con ella por dinero. La explicación a tanta urgencia en contraer matrimonio tiene nombre y apellidos: Ana Franca de Rojas. Pocos días antes de que Cervantes partiera hacia Esquivias, en el mismo mes de septiembre, Ana Franca daba a luz, en Madrid, a una niña llamada Isabel, hija de Cervantes. Al estar ella casada con un comerciante asturiano llamado Alonso Rodríguez, dueño de una taberna en la capital frecuentada por autores y comediantes, entre los que se encontraba Cervantes, era preciso escapar cuanto antes y, a ser posible, casarse, a fin de no levantar ningún tipo de sospechas. De modo que aprovechó su estancia en Esquivias para matar dos pájaros de un tiro y refugiarse aquí, capeando el temporal.

Y, como suele pasar, por escapar de una cosa se topó con otra. Se topó con su gran obra. Encontró en el pueblo de su mujer un filón de historias, anécdotas y apodos dignos de contarse. Historias que encontraba callejeando, pero sobre todo historias contadas en casa por su mujer y la familia de ésta, como la del tío agustino, Fray Alonso Quijada, tan aficionado a los libros de caballerías que, en sus largas caminatas con el cura Pero Pérez, éste trataba de disuadirle de su perniciosa afición, preocupado por la salud de su amigo, no se le fuera a secar el cerebro de leer tantas mentiras, pues cada día se apartaba más de San Agustín para dejarse arrastrar por las portentosas hazañas caballerescas de Don Belianís de Grecia y sus amores con la princesa Florisbella. O la historia de Pedro Cascajo, niño de la piedra (los que dejaban abandonados nada más nacer en la puerta de la iglesia), al que Cervantes no llegó a conocer dado que falleció dos años antes de su llegada a Esquivias, y que fue acogido en su casa por Juana de Ugena y Cosme Carrasco, parientes de su mujer. O la historia de ese otro niño de mirada atravesada, hijo de Vasco Ramírez, apodado el Vizcaíno, que siempre que veía a Cervantes por la calle hacía un alto en sus juegos belicosos con sus amigos y, espada de madera en alto, se lo quedaba mirando, sobre todo su mano izquierda, atrofiada e inútil, parecida a una cepa muerta del viñedo de su padre. O todas esas historias que contaban Aldonza de Cárdenas, prima de Catalina, y Juana Lorenzo, amiga de la familia, siempre metidas en casa, como si tuvieran miedo de lo que este hombre, surgido de no se sabía dónde, pudiera hacer con su joven e inocente mujercita. Además, todas aquellas visitas compartían un imbricado parentesco, que Cervantes intentaría seguir y comprender hasta que se cansara. Entonces, con la cabeza embotada de historias, lazos y apodos, se encerraría en la biblioteca de los Quijada y abriría cualquier libro de caballerías, de esos que te trasladan a mundos imposibles donde la imaginación se lanza fácil hacia su exótica presa.

No soy hombre orgulloso en lo tocante a la patria, pero mi mayor orgullo, el que me pone literalmente la piel de gallina, es el de la lengua, el saber que pienso, hablo y escribo con las mismas palabras con las que pensó, habló y escribió Cervantes. Cuando, al borde del camino, rodeado de campo, contemplara este cielo, usaría para describirlo palabras no muy diferentes a las mías. O a las que usó Galdós en uno de Episodios Nacionales, Bailén, al describir la Mancha como «un triste y solitario país, donde el sol está en su reino, y el hombre parece obra exclusiva del sol y del polvo», y sin cuya grandeza no se entiende la grandeza del pensamiento de Don Quijote. «La Mancha es la más fea y la menos pintoresca de todas las tierras conocidas, y el viajero que viene hoy de la costa de Levante o de Andalucía se aburre junto al ventanillo del vagón, anhelando que se acabe pronto aquella desnuda estepa, que como inmóvil y estancado mar de tierra no ofrece a sus ojos accidente, ni sorpresa, ni variedad, ni recreo alguno. Esto es lo cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su conjunto, su propia desnudez y monotonía, que, si no distraen ni suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde se precipite sin tropiezo alguno. En un país montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, don Quijote no hubiera podido existir y habría muerto en flor, tras la primera salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda. Don Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y que, sin embargo, todo él es camino: aquella tierra sin direcciones, pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna; tierras surcadas por las veredas del acaso, de la aventura, y donde todo cuanto pase ha de parecer obra de la casualidad o de los genios de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace a los cuerdos locos».

Pero a esta ahora el sol ya se retira y el horizonte es una ensalada de colores. Lila, morado, naranja, azul claro. Parece un desierto de arena con lametones de fuego. Las nubes más próximas, informes, se extienden como mantas de color blanco turbio, naranja claro y naranja intenso, con toques de morados. Al fondo, bajas, las nubes más lejanas son de un color lila. La panorámica, ahora como entonces, en verdad es hermosa. Una luz rosácea, amarillenta, que presagia frío y viento, colorea las fachadas encaladas recubriéndolas de una sombra anaranjada. De regreso, este naranja se hace cada vez más malva, colándose por las ventanas de las casas y tiñendo las paredes blancas de las habitaciones, las butacas, los visillos, los libros, el vaso de vino de Esquivias, las caras de sus habitantes, vueltas hacia la calle, observando el paso tranquilo pero ágil, característico en alguien que hace de cualquier sitio su hogar y que está aquí como podría estar en cualquier otra parte, de camino a su casa pero con ganas de estar de vuelta en Madrid o emprendiendo ya el viaje hacia Sevilla.

También me lo imagino, en ese regreso hacia su casa, caminando entre pórticos adornados con escudos de armas, sintiéndose solo y extraño, curioseándolo todo, preguntando a unos y a otros por personas vivas y muertas, así como yo pregunto a mi vecino Francisco Guardia, cada vez que salgo a la calle y me cruzo con él, cómo va la búsqueda de la mujer de Sancho Panza en los archivos parroquiales de Borox, si era por tanto esquiviana o borojeña, si se llamaba Mari, Juana o Teresa. Y me sonrío cada vez que Paco me responde que ahí van, que ya me dirá si se sabe algo nuevo y dan con ella.