Fotografía realizada por el escritor Juan Rulfo
Fotografía realizada por el escritor Juan Rulfo - abc
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Cruce de sangres y de vientos

«Uno, por mucho que no quiera escuchar, escucha a veces cosas...que acaban por esclarecer algunas otras cosas que van pegadas a ti como una sombra»

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Por mucho que me guste Faulkner, no creo en el determinismo. Creo más bien, como creían Julien Sorel, el gran Gatsby, el Pijoaparte, que cada cual es hijo de sí mismo. Sin embargo, uno, por mucho que no quiera escuchar, escucha a veces cosas y quizá, con el tiempo, esas cosas que siempre preferiste no escuchar acaben por esclarecer algunas otras cosas que van pegadas a ti como una sombra.

Mi abuelo paterno era castellano; mi abuela paterna, del sur, de Andalucía, de Granada. Mi abuela materna era castellana; mi abuelo materno procedía del norte, de Galicia, de Orense. De modo que yo tengo dos cuartillos de sangre castellana, uno gallego y otro andaluz, cruce de sangres y de vientos que quizás -sólo quizás- explique algunas cosas.

De lo que se puede contar, diré que a mi abuela paterna se la trajo mi abuelo engañada desde su Granada natal. Él estaba haciendo el servicio militar allí, y allí le pilló la guerra. Cayó enfermo y en la enfermería lo cuidaba una joven enfermera, todavía menor de edad, guapa, abnegada y con algunos problemas familiares. Se enamoriscaron, entre vendas y balas, y él, cuando se recuperó, le dijo que por qué no lo acompañaba a su pueblo, que era de un pueblo de Sevilla. Ella lo creyó, montaron en una mula y partieron. Pero el pueblo de Sevilla nunca aparecía, o sí, a veces aparecía, entre los montes, unas casas blancas arracimadas en torno al campanario de una iglesia, y entonces él señalaba el pueblo, y le decía, para apaciguarla: «¿Ves esas casas blancas entre los montes? Pues ese es mi pueblo». Pero llegaban y pasaban de largo. Y nunca era el pueblo que decía. Y los días se sucedían montados en la mula, atravesando hacia el norte un país en plena guerra. Ella decía: «Ofú, qué lejos está tu pueblo». Y preguntaba: «¿Cuándo llegamos, chiquillo?». Él contestaba que ya, que ya quedaba poco. Y así, con los «ya queda poco», se la trajo desde Granada hasta el poblacho de Toledo, de donde nunca más ella salió, para vivir al principio en una casa/cueva horadada en la loma rocosa de un monte y en donde nació y creció mi padre entre alacranes.

En cuanto a mi abuelo materno, la otra pincelada de color en el cuadro azaroso de la genealogía, nació en Castilla pero sus antepasados provenían de Galicia, de Orense, más concretamente. Si uno busca en los archivos parroquiales las correspondientes partidas de nacimiento y defunción, descubrirá que el primer eslabón de la cadena es un Sotelo que llegó a estas tierras allá por el siglo XVIII, y que pertenecía al Santo Oficio, es decir, era un inquisidor. ¿A qué vino aquí? No se sabe. A mí me gusta pensar que vino para ajusticiar a alguna bruja, y que se enamoró de ella y la dejó encinta, comenzando así una larga lista de demonios familiares.