La llanura manchega
La llanura manchega - GTRES
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

García Pavón y la esencia de lo manchego

El escritor de Tomelloso dibuja «paisajes de soledad y desamparo, donde se hace posible el espejismo»

POR PEDRO ANTONIO GONZÁLEZ MORENO
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Que García Pavón es el autor que mejor ha sabido retratar y definir las esencias más auténticas de La Mancha, es hoy por hoy una verdad indiscutible. Habíamos leído, salpicadas a lo largo de su obra narrativa, innumerables referencias al paisaje y a la idiosincrasia manchega, y habíamos saboreado la viveza, la textura popular de su lenguaje (que llevó a Sonia García Soubriet a elaborar un Diccionario de Francisco García Pavón). Asimismo, los escenarios y personajes que aparecen en sus novelas y relatos -y no sólo los que tienen a Plinio o a Tomelloso como protagonistas- son la más atinada expresión de una identidad, reflejo de un modo de ser, de pensar, de hablar y de sentir, y en definitiva constituyen el más fiel reflejo de los singulares espacios donde esa identidad se desarrolla.

Pero sus intentos por definir el alma manchega, desde diferentes ángulos como el geográfico, el histórico o el psicológico, habían cristalizado ya en una de sus obras más tempranas, y casi desconocida, que bajo el título de «Estudios manchegos (Tres ensayos y una carta»), el autor editó por su cuenta en Jerez en el año 1951. Un libro que ha sido recientemente rescatado por Almud en su colección Biblioteca Añil literaria.

La obra reúne tres estudios y una carta dirigida a Gregorio Prieto, y en ellos, recurriendo unas veces al trazo descriptivo, y otras al discurso argumentativo, reflexiona teóricamente no sólo sobre la configuración paisajística, sino también sobre los rasgos psicológicos definidores de lo manchego. Un enfoque que, como él mismo asegura en la introducción, «resulta absolutamente nuevo en nuestra región, donde los eruditos más se dedican a la exhumación histórica que al ensayo de interpretación filosófica».

Portada de la reedición del libro de García Pavón
Portada de la reedición del libro de García Pavón

El primero de ellos, «Hacia un concepto de la personalidad manchega», aparece como un discurso pronunciado en unos juegos Florales de Daimiel, y a lo largo de él esboza una serie de rasgos caracteriológicos entre los que destacan la acromía (o falta de color) debida a razones tanto geográficas como históricas, pues La Mancha fue siempre lugar de paso o tierra de nadie durante los diversos avatares de la Reconquista. La distancia entre unos pueblos y otros, y el consiguiente aislamiento en que viven, ha contribuido a forjar otros dos de sus rasgos más singulares: por un lado, su quijotesco poder imaginativo, y por otro la timidez, que deriva en un grado mínimo de sociabilidad, aunque a este último se contrapone otro rasgo, de signo contrario, que es la proverbial campechanía manchega, o la llaneza. Una de las consecuencias esenciales de esa timidez, tanto individual como colectiva -concluye Pavón- es la falta de influencia que la región manchega ha tenido siempre con respecto al poder central: «La carencia de un equipo de manchegos con suficiente influencia política, ha hecho de nuestra región un país casi desasistido del Estado a lo largo de toda la Historia». Una lúcida observación que hoy, casi tres cuartos de siglo después, conserva aún plena vigencia.

El segundo texto, «Biología de un pueblo», es un ensayo donde se hilvanan, con claridad y precisión argumentativas, «una serie de características en la idiosincrasia tomellosense», derivadas todas ellas de la vitalidad de un pueblo joven, que se encuentra aún en esa Edad Media propia de los lugares que se fundaron con posterioridad a la Reconquista. Entre los rasgos configuradores de tal idiosincrasia se encuentran la falta de una tradición histórico-social y la ausencia de una clase aristocrática o hidalga, ya que el sustrato social tomellosero fue más bien la «agrocracia». A ello ha de añadirse la carencia de modelos «en el campo de la cultura, de la política y hasta de la santidad» (una carencia que hoy, al menos en el ámbito de la literatura y el arte, ha sido afortunadamente superada).

Asimismo postula otros rasgos característicos como la apatía política o «la fisonomía colonial» de un pueblo todavía en gestación, que permanece a la espera de su edad dorada; y finalmente la «tibieza religiosa», pues Tomelloso ha crecido siempre aferrado a la religión del trabajo, sin perder el cielo de vista pero mirando al suelo con la fe de quien sabe que el verdadero milagro viene de la tierra, del esfuerzo que hace posible cada nueva cosecha: «Tomelloso trabaja y trabaja, ni mirando a la Cruz, ni de espaldas a la Cruz, sino con la Cruz encima».

En el tercero de los ensayos, «Teoría del paisaje manchego», ofrece Pavón una visión de la llanura donde predomina más el trazo descriptivo que la argumentación ensayística. La pluma del narrador y la del pensador teórico confluyen aquí de una manera más visible, evidenciando lo que José Rivero denomina en el prólogo «la teoría de los dos cauces pavonianos», es decir, las dos orientaciones básicas de su escritura: una primeriza de naturaleza más reflexiva y ensayística, y otra más serena y madura, que habría de materializarse narrativamente «en asuntos de ficción en forma de cuentos y novelas».

Llanura infinita

La imagen que aparece en este texto es la de la llanura infinita, la de unos paisajes donde el cielo y la tierra se confunden, donde el color pardo se convierte en una tonalidad dominante, uniformadora y monótona, y donde el entorno se vuelve sordo y mudo hasta quedar envuelto en «un silencio imponente, cósmico». Paisajes de soledad y desamparo, donde se hace posible el espejismo, de ahí que una bacía, por ejemplo, pueda transformarse en yelmo con facilidad. Desde una visión próxima a la que sostuvieron algunos autores noventayochistas como Azorín o Unamuno, García Pavón apunta que entre estas desiertas e inhóspitas lindes puede experimentarse una sensación de ascetismo y espiritualidad, ya que «una sensación de inmensidad, de paz, de infinito y de silenciosa grandeza se apodera del alma».

Y finalmente, en la carta abierta a Gregorio Prieto, titulada «Disciplina de molinos», Pavón reflexiona sobre el símbolo de los molinos, verdaderos iconos de La Mancha y protagonistas de la que se ha convertido en la aventura más universal del Quijote. Pero más allá de estrechos localismos, el autor considera los molinos como un signo del espíritu español, que «gusta de intentar humanizar las quimeras». Un rasgo que es propio de nuestra alma colectiva, cuya historia puede entenderse como una sucesión de batallas contra los molinos, es decir, contra las adversidades, batallas que han llevado unas veces a nuestro país a sonados fracasos y otras veces a memorables victorias.

Salvar los molinos, como proclamó el pintor valdepeñero, sería una forma de salvar a España; y a esa Hermandad salvadora, o a esa eventual orden militar de los molinos, confiesa Pavón que estaría dispuesto a adherirse. Una orden redentora cuyo uniforme sería -concluye el autor al final de su carta- «un hábito blanco con cruz de aspas pardas en el pecho».