La antítesis

Es posible que Pedro Sánchez pase a la historia como un político audaz y pionero, pero, desde luego, nadie podrá recordarle jamás como a un intelectual decente

Luis Herrero
MadridActualizado:

Es posible que Pedro Sánchez pase a la historia como un político audaz. Desafió a los sumos sacerdotes de su partido y se apoderó de su sancta sanctórum. Puede que le recordemos como al político que guardaba en el zurrón una vida de repuesto. Volvió del mundo de los muertos y vengó a sus asesinos.

Seguramente también merece una glosa como pionero. Ha sido el primer presidente nacido de una moción de censura. Pero, desde luego, lo que está fuera de toda duda es que nadie podrá recordarle jamás como a un intelectual decente. Aún están por ver las consecuencias políticas de su peripecia doctoral en la Universidad Camilo José Cela, pero las académicas saltan a la vista. Su borla y su grado son un fraude. Lo de menos es que los haya conseguido de forma legal. No todo lo legal es legítimo.

En las informaciones publicadas estos días en ABC hay pruebas más que suficientes para concluir que su tesis es el resultado de una gran chapuza confeccionada a base de trampas: párrafos de corta y pega, refritos, indicios de negritud, ayudas ministeriales, dirección de andar por casa y tribunal de pega.

Y todo, al final, para alumbrar un texto que ha llenado de sonrojo a los catedráticos de Economía que se han atrevido a valorarlo públicamente. Ahora sabemos que si llevaba tanto tiempo convertido en el secreto mejor guardado de la universidad española era porque se trataba de una faena de aliño tan infumable que su autor necesitaba mantenerlo en el anonimato más sepulcral para no caer en el descrédito más profundo.

Antes de tomar la decisión de exhibir en público el resultado de su raquítico esfuerzo como doctorando, el presidente evaluó con sus consejeros de cabecera el impacto mediático que podría acarrear esa decisión. ¿Qué era menos malo, descorrer el velo que ocultaba el churro académico que le convirtió en doctor o dar pábulo a la sospecha de que había sido fruto de un plagio? Después de someter el texto a las pruebas informáticas de rigor y de asegurarse que lo del plagio, aunque rozando el larguero, era más o menos defendible (que no estuvieran seguros del resultado ya es un dato muy revelador), optaron -a la fuerza ahorcan- por exhibir el bodrio y pechar con las consecuencias del bochorno.

¿Pero ya está? ¿Basta con exhibir los muñones de su indigencia intelectual para despejar la sospecha de que el jefe del PSOE ha cometido los mismos errores de fondo que han llevado a su partido a lapidar a Cristina Cifuentes y a pedir la dimisión de Pablo Casado? El discurso socialista, en ambos casos, ha sido idéntico: lo de menos es qué clase de máster hayan cursado o cual sea la importancia de su prestigio curricular. Lo fundamental no es el qué. Es el cómo.

Frente al esfuerzo de los ciudadanos del común no caben rebajas selectivas. No es de recibo que haya políticos que puedan quedarse en casa mientras el resto de los alumnos tiene la obligación de acudir a clase, o convalidar asignaturas de las que otros tienen que examinarse, o escamotear trabajos de exigencia obligatoria.

Hay que acabar con los atajos, los enchufes, los raseros diferentes y las trampas. Ese ha sido, en resumen, el argumentario del PSOE. ¿Resiste la tesis doctoral de Sánchez la comprobación de sus propias exigencias políticas? ¿Acaso ha sido fruto de un esfuerzo homologable al convencional? ¿Merecía un sobresaliente «cum laude»? ¿El tribunal que le examinó estaba a la altura de los estándares habituales? ¿No se ha beneficiado de atajos, padrinos, ayudas externas o facilidades académicas que están vedadas al resto de los mortales? ¿Cuántos pinchos de tortilla y caña ganaría si apostara que, con los papeles cambiados, Sánchez masacraría a cualquier adversario que estuviera en su pellejo?

Pincho de tortilla a que muchos. La tesis de Sánchez es la antítesis de su honradez intelectual. La síntesis es la insolvencia de su gestión presidencial. En eso sí que es todo un doctor.

Luis HerreroLuis HerreroArticulista de OpiniónLuis Herrero