El vicepresidente legítimo

Esquerra se ha sentido tan atacada por Junts per Catalunya en la campaña que no está dispuesta a ceder en nada

Salvador Sostres
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Esquerra ha asistido con indignación a la campaña realizada por Carles Puigdemont. Le acusan de «cobarde» por haberse fugado cuando las cosas se pusieron feas y de haber faltado al pacto que el viernes de la DUI hizo con sus consejeros y que consistió en que el lunes siguiente –el que Puigdemont apareció por sorpresa en Bruselas– acudirían todos a sus despachos. También a Esquerra le ha dolido que el entorno del expresidente haya difundido la propaganda de que votar Junqueras es «votar 155» cuando él está pagando con la cárcel lo que Puigdemont se ahorra en Bélgica.

Los republicanos le reclaman ahora a Puigdemont que cumpla con la única promesa en que ha basado su campaña, y que regrese a España para ser investido presidente de la Generalitat. Esquerra sabe que si regresa será detenido y acomodado en Estremera, y que no podrá ser investido; y sabe igualmente que si permanece en su actual residencia por miedo a la cárcel, no podrá encarnar ninguna legitimidad presidencial ni mucho menos tomar posesión del cargo.

Ante este panorama, rechazan votar la investidura de cualquier otro candidato de Junts per Catalunya y entienden que si de lo que se trata es de restablecer al gobierno legítimo, le corresponde al exvicepresidente Junqueras ser el president si Puigdemont no puede por causa de sus malas decisiones. Contra la propaganda del «president legítim», la del «vicepresident legítim», que es quien asume las funciones del presidente cuando éste no puede.

El independentismo suma pero está dividido, tiene los escaños pero ha perdido la independencia como proyecto, porque ya la declararon y no sirvió de nada, entre otras muchas cosas porque ni ellos mismos se las creyeron.

Esquerra piensa que gran parte del voto que ha obtenido Puigdemont es emocional y que tuvo el jueves su fecha de caducidad; y está particularmente satisfecha de los buenos resultados que ha obtenido en las grandes ciudades, donde ha quedado en segunda posición, detrás de Ciudadanos, cuando en estas concentraciones urbanas su penetración era impensable hace sólo cinco años. A pesar de la decepción de haber sido la tercera fuerza, por detrás de Inés Arrimadas, y sobre todo de Puigdemont, Esquerra aspira a consolidarse como el partido mayoritario y central del catalanismo político en los próximos años. Por lo tanto, no quiere dejarse llevar por las extravagancias de Puigdemont sino más bien bajar los decibelios de una estridencia identitaria que no les ha llevado a ninguna parte y establecer complicidades con formaciones de izquierda no necesariamente independentista que les permitan una cierta transversalidad sin la que será imposible gobernar en serio en Cataluña.

Con la idea del «vicepresidente legítimo», ERC espera obtener la Presidencia de la Generalitat y devolverle la jugada a los convergentes, que en 2015 forzaron la candidatura unitaria de Junts pel Sí para no perderla, cuando era evidente que Junqueras estaba en disposición de arrebatársela.

Por su parte Junqueras, que el 4 de enero ha sido llamado a declarar ante el juez para resolver su petición de puesta en libertad, está dispuesto a hacer «un Carme Forcadell» y declarar lo que sea necesario para salir de la cárcel. En parte porque es verdad que Esquerra ha abandonado la unilateralidad como estrategia –aunque sólo sea porque ha visto que no lleva a ninguna parte– y en parte porque por muy independentista que sea, en prisión no se avanza. Con el relato –es decir, la excusa– de poder servir a Cataluña como presidente, justificará su declaración realista ante los más hiperventilados.

Junts per Catalunya pretende imponer a Elsa Artadi como candidata, cuando el circo de si Puigdemont vuelve o se queda ya no de mucho más de sí. Los republicanos se niegan a votarla e insisten en el vicepresidente legítimo como alternativa al forajido. Es difícil que pueda haber un acuerdo entre ambas formaciones: Esquerra se ha sentido tan atacada y humillada por la candidatura de Junts per Cataluña durante la campaña que no está dispuesta ceder en nada, y más si se demuestra que el «votadme para que pueda volver» era no más que una farsa electoralista, «otro fraude del gran cobarde».

Puigdemont sabe que su vida política sólo tiene sentido alrededor de la Presidencia de la Generalitat. Hasta el jueves aseguraba a propios y extraños que regresaría si ganaba, pero cuando se dio cuenta que contra todo pronóstico había ganado a Esquerra, empezó a plantear a Elsa Artadi, su directora de campaña, como candidata. El nombre de Artadi salió durante la campaña como posible presidenciable si al final Puigdemont decidía no ir a la cárcel, es decir: no volver a España.

Justo ayer, en un tono francamente poco presidencial, dijo que con su segunda posición, «España tiene un pollo de cojones», aunque en realidad tal pollo lo tiene él con su vida, entre los muchos años de cárcel o la irrelevancia total de un pobre hombre que quema sus días dando de comer a las palomas de la Grand Place.

Aunque la propaganda independentismo celebró el jueves una supuesta gran victoria, es más que probable que esta victoria no se pueda concretar. Además, a todos los partidos menos al de Puigdemont les conviene una repetición electoral: a los partidos constitucionalistas por ver si logran sumar, y a Podemos y a la CUP por ver si salen un poco de la insignificancia en la que han quedado. En una «segunda vuelta» en marzo, el efecto Puigdemont quedaría desdibujado y Esquerra no puede permitirse ser la eterna Cenicienta de una Convergència que siempre se inventa algo de última hora para ganarle.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres