Ulmo, Señor de las Aguas. Ilustración de John Howe
Ulmo, Señor de las Aguas. Ilustración de John Howe
LIBROS

Verdaderos mundos imaginarios

Los más brillantes ilustradores de la literatura fantástica crean universos donde hadas, magos y dragones resultan verosímiles. Un arte que exige una asombrosa destreza

MADRIDActualizado:

Ulmo, Señor de las Aguas, uno de los valar (seres espirituales de gran poder) que aparecen en El Silmarillion, obra póstuma de J. R. R. Tolkien, surge de las olas. Parece un pariente de Poseidón, o el mismísimo dios griego trasplantado a otro mundo. Espesa barba blanca, casco alado y cetro de seis puntas, escoge a Tuor, hombre de la Casa de Hador, como instrumento de sus designios en la lucha contra Morgoth, el Señor Oscuro que atormenta la Tierra Media. La escena, magistralmente plasmada por el canadiense John Howe (Vancouver, 1957), uno de los grandes ilustradores de la obra de Tolkien, puede admirarse arriba. A ninguno de sus fans el dibujo le parecerá el enloquecido producto de una noche de tragos y caladas. «La fantasía depende en gran parte de la suspensión de la incredulidad, de la disposición del espectador o el lector a dejar el escepticismo y la razón en la puerta y permitir que una historia, o un mundo paralelo, los barran», nos comenta Howe. «La ilustración debe lograr la misma función: invitar al público a imaginar lo que está más allá de los bordes de la página, más allá de la niebla del fondo».

Alumbrar un universo secundario «creíble» exige un auténtico arte narrativo, casi una destreza élfica, en opinión de Tolkien, que también dibujaba los mapas y las criaturas de su imaginación (El arte de El Señor de los Anillos o El arte de El Hobbit, ambos en Minotauro). «Tengo varios libros de sus ilustraciones y las encuentro muy agradables», añade Howe. «Más que las propias representaciones, bastante ingenuas -aunque aportan pistas útiles-, valoro el hecho de que realmente sentía la necesidad de hacerlas. A menudo he oído que Tolkien prefería que sus lectores no fueran influenciados por las imágenes de otros, dejando libre su imaginación, pero su trabajo crea un poderoso deseo de visualizar la Tierra Media que incluso él no pudo resistir».

Harry Potter existe

¿Por qué admiramos esas láminas que acompañan al texto? Tal vez porque nos permiten ver los paisajes de la patria de nuestra infancia, o del sitio de nuestro recreo adulto, donde las hadas, magos y dragones son «reales». Los lectores que en los años 60 gritaban eslóganes del tipo «Frodo lives» o «Gandalf for president» tienen ahora nietos que piensan que Harry Potter existe, que es factible encontrárselo en el andén 9 y 3/4 de la estación de King´s Cross en Londres. Salamandra ha dado una vuelta de tuerca y está relanzando la saga del joven mago con ilustraciones de Jim Kay (acaba de aparecer Harry Potter y la cámara secreta). Los agnósticos lo llaman escapismo, porque ven el mito como sinónimo de mentira o falsedad. Los creyentes piensan que es la única manera de que verdades trascendentes puedan expresarse de modo tangible.

A Laura Gallego (Quart de Poblet, Valencia, 1977), autora de la trilogía Memorias de Idhún (SM), sus lectores le preguntan por la ropa interior de las hadas. Sofía Rhei (1978), que publica Róndola (Minotauro), utiliza en sus talleres sobre creación de mundos imaginarios una ficha que debe cumplimentarse para construir un imperio, reino o país, que incluye razas (¿son humanoides, criaturas acuáticas, insectos..., tienen cuernos o cola, acaso bolsa marsupial?), sus habilidades o poderes, longevidad, sexualidad, hábitats, tipo de sociedad (guerrera, pacífica, artesanal, comerciante, tecnológica, errante), sistema de gobierno, vivienda típica (gruta, pantano, cabaña, nube, barco), ropa, religión, tabúes... ¿Existe desigualdad? ¿Opresión? ¿Trastornos mentales?

Fernando López Ayelo dibujando el mapa de «Róndola»
Fernando López Ayelo dibujando el mapa de «Róndola»

Licenciada en Bellas Artes, esta madrileña utiliza los dibujos en sus procesos de invención. «Hice el doctorado sobre Mervyn Peake (escritor e ilustrador británico, conocido por el personaje de Titus Groan) y seguí su ejemplo. Para los escritores las imágenes son muy importantes, una manera de pensar. En el fondo, es un proceso orgánico: los dibujos y las letras crecen al mismo tiempo».

Rhei esbozó los contornos de un continente con forma de rosquilla. Un apunte que sirvió de base a Fernando López Ayelo para realizar el mapa de forma detallada. «Siempre me ha gustado la literatura fantástica», confiesa López. «De chaval arrancaba los mapas de El Señor de los Anillos para colgarlos en las paredes de mi habitación. A algunos podría parecerles un sacrilegio», dice este ilustrador de firmas de moda y decoración que convirtió su pasión, finalmente, en trabajo. Antes de dibujar la geografía de Róndola hizo la portada de la reedición de El viaje del Anillo (Editorial de la Universidad de Granada), el ensayo de Eduardo Segura sobre la obra de Tolkien. «¿Quién no hubiera querido tener el mapa de los Goonies?», se pregunta, refiriéndose a una de las películas de culto de la década de 1980. Las acuarelas dieron paso a la ilustración digital. Y ahora está dispuesto a examinar cualquier territorio.

Mapas que seducen

Los mapas son un objeto de seducción desde que nuestros antepasados empezaron a caminar erguidos. Nos sitúan en un espacio físico y temporal, nos rescatan de la perdición mostrándonos el camino. «Todo escritor es un explorador. Cada paso lo adentra en territorio desconocido». La sentencia, del filósofo y poeta trascendentalista Ralph Waldo Emerson, está en el frontispicio de un libro magnífico que acaba de ver la luz, Trazado (Impedimenta), un atlas inspirado en clásicos de la literatura. Nos permite viajar por el Mediterráneo de Ulises o por el río Misisipi de la mano de Huckleberry Finn, ver la radiografía del Pequod y también de su presa, Moby Dick, y seguir los pasos de Ebenezer Scrooge con los fantasmas de la Navidad del pasado, del presente y del futuro. ¿Es válida la frase de Emerson para quien ha hecho los dibujos?

El Mediterráneo que imaginó Homero, dibujado por Andrew DeGraff
El Mediterráneo que imaginó Homero, dibujado por Andrew DeGraff

«Creo que sí», confiesa el autor de Trazado, Andrew DeGraff (Albany, Nueva York), ilustrador freelance que publica en el New York Times y el New York Observer. «Parte de la alegría de la ilustración es que su contenido procede de fuentes externas. Nos corresponde moldearlas y presentarlas al espectador. Dan [Daniel Harmon, autor de los textos que acompañan a los dibujos] y yo empezamos con una enorme lista de clásicos. Hay tantos libros maravillosos que fue muy difícil elegir. Obviamente para el mapeo los viajes funcionan mejor: Huckleberry Finn, La colina de Watership o La vuelta al mundo en ochenta días. Otras historias presentan posibilidades interesantes, como Esperando a Godot o La biblioteca de Babel. El proceso de selección incluyó libros básicos que conocía bien y que había leído. Dan es más erudito que yo y ayudó a mejorar la lista con títulos que tuve que revisar. Lo bueno de los clásicos es que no te puedes equivocar. El hombre invisible me pareció increíble cuando lo leí hace 15 años, y es aún mejor ahora. Algunos de los descartes fueron muy dolorosos, pero bromeamos con que hay material para una secuela».

Cada obra planteó sus propios desafíos. «Me encanta la investigación», añade DeGraff. «Si usted lee las diversas teorías sobre el viaje de Ulises, o trata de descubrir cómo era el skyline de Nueva York en 1935, hay miles de fascinantes lecciones de Historia. Los relatos basados en el mundo real son más difíciles, pero de una manera más gratificante». El ilustrador confía en que esos autores -en su opinión, «algunos de los cerebros más fascinantes con una pluma en las manos»- pudieran reconocer sus obras a través de los dibujos. «Espero que el tiempo y el amor que he puesto en Trazado anime a algunas personas a hacerse con un ejemplar de Moby Dick, o disfrutar de la narrativa de Frederick Douglass, los poemas de Emily Dickinson o los cuentos de Borges».

Vuelta a los clásicos

El auge del género fantástico y de ciencia ficción -y de los dibujantes que se inspiran en él- se lleva fraguando desde hace décadas, aunque la mercadotecnia que ha potenciado fenómenos como Harry Potter y asimilados ha eclipsado a los grandes de la literatura universal. Pocos saben, por ejemplo, que la idea de una escuela de magos está copiada de la saga de Terramar, escrita por la estadounidense Ursula K. Le Guin hace casi cincuenta años. Cierto es que gracias a J. K. Rowling se está volviendo a los clásicos: Lovecraft, Wells, Verne, Dick, Poe, C. S. Lewis, Carroll...

El banquete de «Alicia a través del espejo». Ilustración de Fernando Vicente
El banquete de «Alicia a través del espejo». Ilustración de Fernando Vicente

Nórdica Libros ha publicado nuevas ediciones ilustradas de Veinte mil leguas de viaje submarino y Alicia a través del espejo. A las andanzas de la heroína de Lewis Carroll le ha dedicado su particular visión el ilustrador Fernando Vicente (Madrid, 1963), un habitual en prensa (Babelia), caricaturista, dibujante de pin-ups y de novelas para adultos, como Drácula o Cumbres borrascosas. Su trabajo para Alicia es delicioso, con escenas notables como la del banquete o la reunión de la protagonista con las flores. «La escenografía que describe el autor es muy rica. Todo está en el libro. Y cuento con un público proclive a creérselo», confiesa. Trabaja con acrílico sobre papel, de pie frente al caballete.

¿Qué plan sigue para plasmar ese mundo de alocados personajes? «Ni siquiera lo racionalizo. Leo la obra, por supuesto, para ver si puedo aportar algo más, y busco hacer una metáfora visual, no una fotografía. Le pego pósits a las páginas cuando percibo que hay una imagen superpotente. ¿La ilustración más compleja de Alicia? Probablemente la del banquete final, que me obligó a pintar muchos personajes y objetos».

Forjando dragones

Hay criaturas más inspiradoras que otras y llegan a tener sus propios y exclusivos catálogos: hadas, princesas, magos, elfos, gnomos... Pero si hay un ser imaginario que se impone, ese es el dragón. «¿Cómo no amarlos?», se pregunta John Howe, que explica en Forjar dragones (Timun Mas) su técnica para abocetar, dibujar y pintar a los gusanos escupefuego. «Los dragones son una encarnación arquetípica de la magia: criaturas que nunca han existido, pero están presentes en innumerables ciclos míticos y leyendas en todo el planeta. Son verdaderamente mágicos, en el sentido del compromiso espiritual e intelectual del ser humano con un mundo que no puede comprender o explicar. El mito es una ficción que es inherentemente verdadera. Los dragones son uno de los habitantes de ese mundo, el mito-mundo que supera al nuestro a pesar de los esfuerzos de la criptozoología para explicar sus orígenes científicamente. El arte de la fantasía es el heredero de esa magia, lenguaje y verdad que una vez solo se comunicaba; es el reino del arquetipo, que perdería sentido si el arte mismo desaparece de la faz de la tierra».

Para reforzar sus argumentos, Howe recupera unas palabras de A contrapelo (À rebours, 1884), obra del escritor francés Joris-Karl Huysmans (1848-1907): «Cuando un hombre de talento se ve obligado a vivir en una época prosaica y estúpida, el artista, incluso sin darse cuenta de ello, se siente atraído y obsesionado por la nostalgia [...]. Evoca recuerdos de seres y de cosas que no ha conocido personalmente, y llega un momento en el que se evade violentamente de la cárcel de su siglo y vaga, con toda libertad, por otra época con la cual, como última ilusión, le parece que hubiera encontrado una mayor armonía».

Los escritores e ilustradores de mundos imaginarios nos ayudan a retornar a las edades que se consumen, las civilizaciones perdidas, el tiempo muerto...

¿Qué es eso sino soñar?